Apuntes para una filosofía hecha desde la intemperie: Mario Payeras entre nosotros
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Mario Payeras fue un filósofo, poeta, naturalista y guerrillero guatemalteco que pasó sus últimos años de vida entre nosotros. Afincado en Copoya, dedicó sus días a investigar las rutas migratorias del halcón, la tierra tropical de nuestra latitud (la de la flor y el granizo), la geografía del polen y la poética belleza del naranjo. Hace muchos años, el poeta Iván Cruz Osorio nos hizo notar la presencia de nuestra tradición intelectual latinoamericana. Más allá de la polémica sobre la supuesta falta de originalidad del pensamiento latinoamericano y de los arrebatos de George Kubler, quien nos definió como una colonia cultural, Cruz Osorio nos impulsó a volver la mirada hacia nuestra propia historia intelectual. Mario Payeras fue una de las figuras decisivas en ese retorno a los orígenes.
Escritor sin género fijo, a medio camino entre el pensador sistemático, el biólogo heterodoxo y el poeta borgeano, Payeras es un referente que permite acercarnos a nosotros mismos con la autoridad de quien ha vivido, amado, sufrido y estado entre nosotros; vecino y chiapaneco sin serlo de nacimiento, pero sí de modo existencial. Su obra ofrece claves para pensar Chiapas que, a mi juicio, constituyen una base reflexiva indispensable para nuestro siglo. No es una experiencia filosófica ajena, sino cercana, nacida desde nuestra propia latitud y consciente de nuestros modos de pensamiento, pero también de la naturaleza, la historia, el territorio, la cultura y la comunidad. Mario Payeras caminó Chiapas con nosotros y nos dejó claves que, como él dijo alguna vez, permiten recuperar el mundo.
Para comenzar, Payeras nos brinda un marco para comprender a Chiapas como un territorio que piensa. Aquí, la naturaleza no es paisaje decorativo, ni esencia fija, ni discurso poético aislado. Es montaña viva, selva atravesada por el capitalismo progresista y extractivista, río que recuerda su historia milenaria, milpa que sostiene la relación natural con nuestra humanidad. Vincular a Payeras con Chiapas implica reconocer que el pensamiento nace del territorio y no sólo de la abstracción académica. La filosofía surge desde la tierra habitada, desde los caminos, desde la selva marcada por su historia contradictoria de belleza y despojo. En este sentido, la selva chiapaneca y la montaña son sujetos históricos.
En los textos de Mario Payeras (“Latitud de la flor y el granizo” y “Fragmentos sobre la poesía, las ballenas y la música”), la naturaleza aparece como espacio de experiencia, duelo, trabajo y resistencia, no como decorado ni como recurso exclusivamente literario. La lluvia, el polvo, la tierra, el frío, el maíz y el monte no son metáforas abstractas, sino condiciones materiales de la vida, sujetos históricos que cargan sobre sí circunstancias que los han determinado.
Así, lo que se busca es una filosofía que parta de la tierra habitada, no del concepto puro, la idea abstracta o el discurso desligado del mundo. Se trata de asumir la relación entre el medio y nosotros como sujetos históricos que reflexionamos y vivimos desde el territorio mismo. Payeras no piensa “desde fuera” del espacio que narra: piensa desde la montaña, el camino, la intemperie. Puede decirse que la filosofía desde Chiapas nace en la intemperie, atravesada por el lugar bajo todas sus condiciones extremas. Esto recuerda al filósofo de los caminos del bosque, cuyos senderos del pensamiento se adentran en la profundidad del ser; sin embargo, a diferencia de Heidegger, Payeras sitúa el ser en el territorio. La actividad de pensamiento no puede desvincularse de la cultura, la lengua y la historia, pero tampoco de la resistencia, del memorial de agravios y de la lucha en esta tierra que tantas veces es herida.
En este horizonte, el territorio no es fondo geográfico, sino condición de posibilidad para el pensamiento. Esto abre la ruta hacia una filosofía situada donde pensar es también habitar y desplazarse. Pero no sólo “situada” en el sentido académico, sino como vivencia profunda: situarse desde la naturaleza de Chiapas y pensar desde ella. Del mismo modo que en Payeras la naturaleza es actor, en Chiapas la selva Lacandona, los Altos, la Sierra y la Frontera Sur son sujetos históricos. Son lugares atravesados por despojos, resistencias, migraciones y luchas comunitarias. La filosofía desde Chiapas no puede separarse de esta geografía doliente y resistente. Y el cuerpo que camina en Payeras es el mismo cuerpo que en Chiapas siembra, migra, resiste, enferma y, en suma, habita. Aquí, la relación entre naturaleza y cuerpo es directa, hambre, lluvia, sequía y frío atraviesan el pensamiento. Por ello, una filosofía chiapaneca no es contemplativa, sino corporal y vulnerable. El cuerpo piensa desde sus circunstancias históricas, sociales, culturales y de resistencia.
En Chiapas, la intemperie no es metáfora. Es choza, camino, escuela, parcela que depende del temporal. Como en Payeras, la intemperie deviene categoría filosófica. Pensar desde Chiapas implica hacerlo sin garantías, sin seguridades, sin promesas de estabilidad. Pensamos como resistencia, como pregunta y también como respuesta. Es decir, no basta emplear los modos tradicionales del pensamiento. Aquí el pensamiento no tiene el camino asegurado; avanza a contracorriente. Quien piensa forma parte del propio territorio chiapaneco. Ese cuerpo está expuesto al frío, al hambre, al cansancio, a la enfermedad y al trabajo precario. Se piensa desde ahí, desde esas experiencias límite. Nuestra filosofía es nuestra vida misma hecha lenguaje. Por eso no hay separación moderna entre sujeto racional y entorno. El cuerpo piensa porque sufre, resiste, camina y habita Chiapas. La filosofía de Chiapas es encarnada, no mero acto del espíritu.
Por otra parte, la tensión entre naturaleza y dominio presente en Payeras se reproduce con fuerza en Chiapas: minería, monocultivos, hidroeléctricas, despojo de tierras, turismo extractivo. La filosofía desde Chiapas, como en Payeras, emerge como crítica profunda al proyecto moderno que convierte la tierra en mercancía. Aquí la tierra guarda memoria, es naturaleza viva con cicatrices profundas. La selva, los ríos y los cerros son archivos vivos de dolor y dignidad. La naturaleza no sólo sostiene la vida: recuerda lo que el Estado moderno intenta olvidar. En Chiapas, la crisis ambiental y la crisis social son inseparables; la devastación de la selva es también devastación de comunidades indígenas y campesinas. Como en Payeras, no hay ecología sin filosofía política. La filosofía desde Chiapas se vuelve respuesta ética ante una doble emergencia: ambiental y humana. Frente a la filosofía de escritorio, Chiapas exige una filosofía que piense desde la milpa, el cafetal, el río, la asamblea comunitaria y el camino de terracería. Igual que en Payeras, el pensamiento se legitima cuando brota del trabajo y la intemperie, no desde la comodidad institucional ni desde la virtualidad del conocimiento inerte. Relacionar a Payeras con Chiapas obliga a afirmar que aquí se requiere con urgencia una filosofía ecológica, no en sentido técnico, sino histórico y comunitario: una filosofía que piense la vida, la tierra, la comunidad, el agua y la dignidad como una trama inseparable. Chiapas no puede pensarse sin su naturaleza, ni la naturaleza separada de su conflicto social.
En síntesis, frente a la abstracción, se trata de pensar desde el polvo, la lluvia y el hambre; situarnos desde la intemperie, envueltos en los materiales mismos de la existencia humana, elementos de lo que somos como encarnación y pensamiento. Pensar desde Chiapas es reconocer que no vivimos desligados. En nuestra filosofía no hay naturaleza idealizada: hay polvo, sequía, lodo, frío y carencia. Esto permite confrontar una filosofía arraigada en las condiciones concretas de existencia frente a la abstracción tecnocrática neoliberal. La abstracción no se niega, pero queda incorporada en un cuerpo que, a su vez, pertenece al territorio histórico que somos.










