Perita Cernas
- Un paseo en bicicleta se convierte en la puerta de entrada a una de las preguntas más antiguas de la humanidad: ¿qué son los sueños?
Mi padre y yo solíamos pasear, yo montada sobre mi pequeña bicicleta morada y él corriendo a mi lado. Lo hacíamos cada fin de semana, a veces por la mañana, o bien, en la tarde, prefería esa hora porque me molestaba que me despertara, quería dormir lo más que pudiera, porque todos los días me despertaba a las 5 am, me hartó tanto esa situación que ahora me despierto a las 9 am y no me interesa. En cambio, él nunca se ha fastidiado de sus rutinas. En una de esas tardes, se le ocurrió que nos quedaríamos dando vueltas en un parque que tiene árboles inmensos, con follajes exuberantes y sombras impresionantes. No era precisamente un ambiente perturbador, pero la mente es el verdadero motor de la vida misma. De la nada me preguntó:
—¿Sabías que nadie ha logrado entender lo que es un sueño?
—¿Qué? —su pregunta me tomó por sorpresa, aunque constantemente sosteníamos conversaciones sobre ciencia, esta no me parecía encaminada a la típica plática de reflexión—. No, no lo sabía.
Y cómo iba a saberlo, quizás tenía nueve años y mis habilidades de investigación florecieron a los doce. Esa pregunta retórica me resonó tanto, que aún continúa rondando como fantasma mi mente.
—Hay diversas teorías, unas mejores que otras, algunos creen que solo son creaciones de la mente con los datos que acumulamos en el día, esos rostros aparentemente desconocidos, son de personas que vimos, pero que no nos importó, más al subconsciente sí, la mente archiva detalles.
Yo lo escuchaba con curiosidad casi mórbida, porque desde muy pequeña he soñado demasiado, de más ciertamente, y claro que deseaba saber más.
—Pero, las ideas que más me deslumbran, son la de los creyentes, no hablo de religiosos, ya sabes, se le llama creyente al que cree solo porque sí, sin bases científicas —volteó a verme, como queriendo que confirmara que ya sabía algo que él me había enseñado.
—Sí, papi, lo sé —dije con seguridad.
—Los creyentes dicen que podrían ser portales a otras dimensiones, o bien, que son puertas, para que podamos viajar y visitar otros tiempos, personas que no están vivas o que nos visiten.
Comenzó a asustarme tanto que decidí pedalear más rápido, fruncí el ceño y apreté el manubrio, él también corrió. Creí que, si llegábamos pronto con mi mamá, el miedo se esfumaría. Él comenzó a reírse, me invitó mi Gatorade de siempre y nos fuimos.
Con los años entendí que la pregunta de mi padre abría un campo entero de estudio que sigue siendo un misterio. Los sueños han fascinado tanto a filósofos como a científicos. Sigmund Freud publicó en 1899 La interpretación de los sueños, donde afirmaba que son la «vía regia» hacia el inconsciente, un escenario donde se expresan deseos reprimidos. Su contemporáneo Carl Gustav Jung difería: pensaba que los sueños no eran solo residuos de deseos, sino mensajes simbólicos del inconsciente colectivo, un espacio compartido de imágenes. Décadas después, la neurociencia cambió el rumbo. En 1953, los investigadores Nathaniel Kleitman y Eugene Aserinsky descubrieron la fase REM (Rapid Eye Movement), un momento del sueño en el que los ojos se mueven velozmente y la actividad cerebral se parece a la vigilia. Desde entonces, se supo que en esa fase ocurren los sueños más vívidos. En 1977, los psiquiatras Allan Hobson y Robert McCarley propusieron la teoría de la activación-síntesis: los sueños serían un intento del cerebro por darle sentido a señales eléctricas aleatorias producidas en el tronco encefálico. Es decir, no tendrían un mensaje profundo, sino que serían una especie de narración improvisada. Sin embargo, investigadores como Rosalind Cartwright en los años noventa defendieron que los sueños ayudan a procesar emociones y experiencias dolorosas, casi como una terapia nocturna.
Hoy sabemos que el hipocampo —estructura clave para la memoria— participa activamente durante el sueño REM, lo que sugiere que soñar es fundamental para consolidar recuerdos. También se ha demostrado, gracias a estudios de Matthew Walker en la Universidad de California, que soñar ayuda a regular las emociones, reduciendo la carga negativa de los recuerdos.
Entonces, ¿qué son los sueños? Aún no hay consenso. Para algunos, siguen siendo un teatro del inconsciente. Para otros, un laboratorio donde el cerebro reorganiza información. Y todavía hay quienes, como mi padre aquella tarde, prefieren pensar que son portales misteriosos, ventanas a lo desconocido. Yo, que sueño demasiado, continúo investigando y disfrutando de ellos. A veces me pregunto qué habría pasado si mi papá no se le hubiera ocurrido cuestionarme y asustarme esa tarde. Tal vez no habría seguido su invitación invisible a perseguir preguntas que nadie ha respondido del todo.










