Perita Cernas / Diario de Chiapas
O sea, necesitamos hablar urgentemente de esto, porque mi cerebro acaba de colapsar.
El otro día estaba pensando en Kim Kardashian, en cómo su feed de Instagram tiene una paleta de colores perfectamente curada —beige, taupe, cemento pulido—, y de pronto me di cuenta de algo terrorífico: nos estamos comportando con la literatura de Chiapas exactamente igual que con un feed de Instagram.
O sea, sí. La consumimos como un aesthetic.
Cuando la gente piensa en la cultura chiapaneca, se imagina un textil bordado precioso, una foto en San Cristóbal con filtro cálido o una taza de café orgánico de especialidad. Todo súper visual, súper para la rejilla de Pinterest. Pero en el momento en que les dices: Oye, ¿ya leíste Balún Canán de Rosario Castellanos o la poesía maya tsotsil contemporánea de Enriqueta Lunez?, se produce un silencio absoluto. Un silencio de 404 Not Found.
Y es que hay una indiferencia sistemática y casi estética hacia las letras del sur. Es una locura.
Para entender por qué esto es una tragedia nivel diseño de producción, imagínense la literatura como una paleta de pantones. La literatura centralista —la que se produce y premia desde las grandes capitales— suele ser un pantone superurbano, lleno de neurosis de departamento y crisis existenciales en cafeterías. Pero la literatura de Chiapas es una escala de colores completamente distinta. No es “pintoresca”, es densa, compleja y salvajemente humana.
Tomemos a Rosario Castellanos. Rosario no escribió “estampas folclóricas para turistas”. Rosario agarró las dinámicas de poder, el racismo estructural, la culpa de clase y el dolor femenino, y los diseccionó con la precisión de un cirujano plástico. Sus textos son literalmente un plano arquitectónico de las fisuras sociales de México. Y aun así, la gente prefiere quedarse con la versión reducida de “ay, la escritora de Comitán”. Perdona, Rosario estaba jugando en la Champions League de la literatura universal y la tratamos como un recuerdo de tienda de regalos.
O hablemos de Jaime Sabines. Todo el mundo sube frases de Los amorosos a X cuando les rompen el corazón, pero casi nadie explora la crudeza absoluta de Algo sobre la muerte del mayor Sabines. Hay una indiferencia selectiva: nos gusta el Sabines “romántico e digerible”, pero ignoramos la raíz chiapaneca que le daba ese peso telúrico, terrenal y desgarrador a su poesía.
Y la cosa se pone más crítica con la literatura indígena actual. Autores y autoras que están escribiendo en tsotsil, tseltal o zoque no están haciendo “artesanía con palabras”. Están haciendo vanguardia pura. Estirando la lengua, reinterpretando la memoria y creando formas narrativas que el español ni siquiera puede procesar bien a la primera. Pero como no encaja en el algoritmo de lo que el mercado literario considera “vendible”, lo archivamos en la carpeta de “cultura local”.
La indiferencia no es solo no leer; es despojar a las letras chiapanecas de su dimensión intelectual y dejarlas en puro adorno. Es ver una catedral de palabras y solo fijarse en si el color de la fachada combina con tus zapatos. Me parece una falta de respeto al diseño conceptual de la existencia humana.
Así que por favor, dejemos de consumir Chiapas solo con los ojos. Hay que leerlo. Porque sus libros no son souvenirs: son terremotos.










