14 de octubre de 1948
Se inicia el uso del término charrismo sindical
Dr. Gilberto de los Santos Cruz
La situación de la clase obrera mexicana durante el sexenio presidido por Miguel Alemán Valdez había resentido notoriamente la pérdida del poder adquisitivo de su salario, la devaluación del peso en 1948 de 4.85 a 8.65 con respecto al dólar, así como el alza desmedida en los precios de los artículos de primera necesidad crearon un clima de malestar en amplios sectores de nuestra nación. En México se bautizó como charrismo sindical al fenómeno de la alianza entre los líderes sindicales y el aparato gubernamental y patronal, en recuerdo de un caso paradigmático de supeditación y entreguismo de la lucha obrera por parte de sus dirigentes.
Básicamente charrismo sindical es la antítesis de la independencia de los trabajadores para decidir sobre sus propios intereses.
Durante el sexenio de Miguel Alemán (1946-1952) se buscó impulsar desde el gobierno, un proceso de industrialización con la ayuda de la iniciativa privada nacional y extranjera. Para ello fue necesario garantizar un panorama de «estabilidad» para los inversionistas, lo que significaba controlar las demandas de los trabajadores en general.
El mecanismo ideal para ello fue el corporativismo, que impulsado desde el gobierno «izquierdista» del general Lázaro Cárdenas del Río, supeditó el movimiento obrero a la estructura burocrática del grupo hegemónico en el poder, mismo que a la larga conformaría el Partido Revolucionario Institucional.
Así pues, dentro del programa de industrialización alemanista, no tenían cabida los sindicatos independientes, mismos que representaban un obstáculo para la clase política y económica en ascenso. Tal fue el caso de los sindicatos de la minería, del petróleo y del ferrocarril, que rompiendo con la sumisión de la ya para entonces corrompida Confederación de Trabajadores de México (CTM), intentaron formar hacia 1948 una agrupación sindical distinta.
Luis Gómez Z. y Valentín Campa Salazar del Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana (STFRM) impulsaron decididamente esta iniciativa. Sin embargo, el entonces Secretario General del mismo sindicato, Jesús Díaz de León (apodado «el charro» por su afición al jaripeo y los caballos), leal al gobierno, demandó a los primeros por un desfalco de 200 mil pesos, como una estrategia de desprestigio y hostigamiento hacia ellos y sus seguidores. Ante tal situación los comités Ejecutivo General y General de Vigilancia y Fiscalización suspendieron a Díaz de León.
Al poco tiempo, comenzaron las detenciones; miembros del ejército y la policía ocuparon las oficinas del sindicato en la capital, y el 26 de octubre Luis Gómez Z. es encarcelado. Un día después, en medio del hostigamiento y la persecución, Díaz de León es reinstalado como Secretario General, y casi inmediatamente comienzan a constituirse con la ayuda del gobierno, comités seccionales «charros» afines a éste.
El 21 de agosto de 1948 el Sindicato Ferrocarrilero organizó una nutrida manifestación que culminó con un mitin en el zócalo de la Ciudad de México donde los oradores impugnaron la política general del Gobierno de Alemán Valdez.
El 14 de octubre golpeadores, matraqueros, hampones y sobre todo miembros de las fuerzas de seguridad pública del Estado invadieron con lujo de violencia las oficinas sindicales de los trabajadores ferrocarrileros con la finalidad de reponer al charro Díaz de León en la Dirigencia Sindical.
En consecuencia, a partir del apoyo irrestricto que el régimen Alemanista prestó a Jesús Díaz de León, se empezó a denominar charros a todos aquellos dirigentes sindicales o movimientos que cuentan con el respaldo del gobierno en turno, así mismo el término charrismo se ha convertido en sinónimo de corrupción sindical.
El charrismo sindical es un concepto que surgió en México durante el año 1948 y que en realidad es una de las formas del corporativismo político que ha servido como sistema de control para sostener y reproducir regímenes políticos autoritarios y corruptos. El corporativismo en México ha servido, además, para apuntalar la relación “Metalegal” entre patrones, gobierno y sindicatos, donde la acumulación de la riqueza y la distribución del poder se llevan a cabo a costa del lamentable empobrecimiento de los trabajadores.
Desde aquella fecha “charro”, “charrismo” y “charrazos” forman parte de la jerga -del lenguaje- de la vida cotidiana de los sindicatos. El rasgo político esencial del charrismo es la conjunción del corporativismo y el autoritarismo gubernamental. Por ello, desde aquella época ha sido muy raro aquel movimiento sindical que busca “auténticamente” reivindicar banderas de lucha laboral que valgan la pena. Cuando algún dirigente se ha tratado de salir del guacal le aplican todo el rigor de la ley por cualquier forma de equivocación pública que haya cometido. Si por alguna razón hicieron crecer un movimiento opositor al régimen, en su justo momento les hicieron llegar órdenes de aprehensión y algunos llegan a ser encarcelados directamente -sin mediar proceso legal alguno-. Muchos han sido cruelmente torturados. En casi toda la historia del México independiente las más justas luchas sindicales fueron sofocadas a lodo y sangre. Las bayonetas y el charrismo se impusieron a la razón y a la justicia.
Para asegurar la lealtad del sindicalismo charro al régimen en turno se les han otorgado posiciones políticas, tanto en el Congreso de la Unión, los congresos locales, los ayuntamientos y los gobiernos de los estados, pero sobre todo el régimen ha permitido que algunos de sus dirigentes -los mejor preparados académicamente- desarrollaran una carrera política mezclada con la administración pública que les ha permitido hacerse cargo desde hace varios lustros de subsecretarías, direcciones generales, direcciones de área, jefaturas de departamento. No obstante, lo anterior su mayor fuente de financiamiento ha sido el cobro de cuotas sindicales, el manejo de cajas de ahorro, programas de vivienda, capacitación y becas que generalmente sólo llegan a los más allegados del círculo personal del líder charro. La mayoría de los dirigentes “charros” son de un origen muy humilde y precaria formación académica, pero al cabo de unos meses de dirigir a sus agremiados se vuelven “burros de oro” cuya característica principal es que los hace ciegos y sordos de las demandas de sus compañeros de gremio, pero lo peor es que se vuelven serviles y déspotas.









