I PARTE
Wolfgang Streeck
La masacre israelí en Gaza es un desastre y no sólo para los atormentados reclusos de la prisión al aire libre en la que llevan dieciséis años encarcelados por una despiadada potencia ocupante. Estados Unidos en particular, pero también Alemania, quedarán asociados para siempre a los ojos de la opinión pública mundial con la implacable matanza de miles de hombres, mujeres y niños inocentes. Una masacre que ha contado y cuenta con el inquebrantable apoyo material y diplomático de ambos países.
Dos meses y medio después de que comenzara el baño de sangre, Estados Unidos vetó una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, que habría dado a quienes aún vivían en Gaza la esperanza de sobrevivir en el infierno de los incesantes bombardeos que asolan su patria. En aquel momento —tras el levantamiento de Hamás y su ataque letal contra varios kibutz cercanos al Muro de Gaza— habían muerto en torno a 21.000 gazatíes, entre ellos 8700 niños y 4400 mujeres, habiendo resultado heridas más de 50.000 personas, frente a los 121 soldados israelíes muertos, una quinta parte de los cuales fueron víctimas de fuego amigo o de accidentes de tráfico. De acuerdo con sus propias cifras, desde el comienzo de la guerra la aviación israelí ha identificado y bombardeado 22.000 objetivos “terroristas”, es decir, ha efectuado más de trescientos ataques diarios, repetidos día tras día, sobre una superficie poco mayor que la mitad de la superficie del municipio de Madrid.
A finales de 2023, el 90 por 100 de los aproximadamente 2,3 millones de habitantes de la Franja de Gaza han perdido sus hogares, perseguidos implacablemente por el ejército israelí, que ha operado de norte a sur y de sur a norte del Franja, incluso en zonas supuestamente seguras indicadas por Israel, que tras estas indicaciones han sido a continuación repetidamente bombardeadas. La población muere de hambre, carece de atención médica y se halla privada de combustibles y de electricidad sin que existan indicios de que la carnicería vaya a terminar pronto. Estados Unidos justificó su veto al llamamiento del Consejo de Seguridad a un alto el fuego inmediato aduciendo que era “poco realista”. Mientras tanto, el gobierno alemán, encabezado por su feminista ministra de Asuntos Exteriores Annalena Baerbock, se pronunció a favor de “pausas humanitarias” como alternativa a la paz, pausas tras las cuales las matanzas masivas deberían continuar hasta que “Hamás”, preparado para morir gracias a una comida gratuita de la UNRWA, sea finalmente “erradicado”.
Resulta realmente aterrador que en el interminable flujo de informes y comentarios sobre la guerra de Gaza apenas se mencione que Israel es una potencia nuclear y no precisamente una dotada con un pequeño arsenal de armas atómicas. Israel está fuertemente armado y no sólo convencionalmente. En total, el país gasta más del 4,5 por 100 de su PIB en sus fuerzas armadas (2022), cifra que no incluye la consistente ayuda militar adicional procedente especialmente de Estados Unidos y Alemania. Antes del último ataque contra Gaza, el número de cabezas nucleares israelíes se estimaba entre las ochenta y las cuatrocientas. Y lo que es más importante, Israel posee toda la gama de sistemas de vectores para lanzar sus cabezas nucleares, entre los que destaca el denominado Trident, que le dota de capacidad de lanzamiento desde tierra, mar y aire. Se dice que los misiles nucleares terrestres de Israel están almacenados en silos lo suficientemente profundos como para resistir un ataque nuclear, lo cual los hace adecuados no sólo para lanzar un primer ataque, sino también para lanzar un segundo. Para el uso de armas nucleares desde el aire, el ejército israelí mantiene una flota de al menos treinta y seis de sus doscientos veinticuatro aviones de combate y dispone de amplias capacidades de reabastecimiento aéreo.
Israel también dispone de seis submarinos de la clase Dolphin, de fabricación alemana, que los expertos consideran capaces de disparar misiles de crucero con armamento nuclear desde la propia estación de inmersión. Los misiles tienen un alcance estimado de 1500 kilómetros y ofrecen a Israel opciones de práctica invulnerabilidad en el caso de una guerra nuclear. En general, cabe suponer que Israel dispone de toda la gama de recursos nucleares existentes, que incluye el uso táctico de armas atómicas en el campo de batalla, el bombardeo aéreo de bases y centros logísticos militares enemigos y el lanzamiento de ataques misilísticos contra ciudades como, por ejemplo, Teherán.
No sabemos exactamente cómo se convirtió Israel en una potencia nuclear. Probablemente lo hizo poco a poco, paso a paso. Desde luego, no falta ciencia nuclear en Israel. Es posible que Estados Unidos haya ayudado, unos gobiernos más que otros, al igual que han podido hacerlo los amigos estadounidenses de Israel involucrados en la producción de armas nucleares en lo más profundo del complejo militar-industrial estadounidense. Al igual que otras potencias nucleares que han aceptado serlo, Estados Unidos está comprometido con la no proliferación y, de hecho, tiene un gran interés nacional en ella, al igual que lo tienen Rusia y China. El espionaje puede haber sido otro factor, si recordamos a Jonathan Pollard, analista de defensa estadounidense y espía israelí, que se libró por los pelos de ser condenado a muerte en Estados Unidos tras ser descubierto en 1987. A pesar de los incesantes esfuerzos israelíes por conseguir su extradición, por los que Israel asumió un daño considerable en sus relaciones con Estados Unidos, Pollard tuvo que pasar 28 años en prisión antes de que fuese indultado por el gobierno saliente de Obama y ello contra la resistencia del estamento militar estadounidense.
En cuanto a la adquisición de armamento atómico por parte de Israel, también Alemania parece haber jugado su papel en lo referido a su flota de submarinos. La misteriosa afirmación efectuada por Merkel en 2008 de que la seguridad de Israel es la raison d’État de Alemania, recibida con entusiasmo en Israel y repetida literalmente cada día durante estas últimas semanas por el gobierno y los medios de comunicación alemanes adeptos al Estado, quizá deba leerse en este contexto. Como se ha mencionado, hasta ahora se han entregado seis submarinos, fabricados por Thyssen-Krupp entre 1992 y 2021. De los tres primeros submarinos, Alemania pagó dos; el coste del tercero fue compartido, oficialmente como penitencia por la implicación de empresas alemanas en el desarrollo de armas iraquíes de destrucción masiva, que, como se demostró más tarde, nunca existieron. (Alemania contribuyó con alrededor del 40 por 100 del coste de los tres submarinos siguientes encargados en 2008, cuyo coste ascendió a 900 millones de euros).
Si los submarinos israelíes de construcción alemana estuvieran equipados con misiles nucleares, no sólo lo sabría Thyssen-Krupp, sino también el gobierno alemán y por supuesto el gobierno estadounidense, que habría hecho la vista gorda ante la violación por Alemania de las obligaciones asumidas en virtud del Tratado de No Proliferación Nuclear aprobado en 1968. Desde 2016 hasta unos meses antes de la guerra de Gaza, otros tres submarinos de fabricación alemana, también subvencionados por Alemania, habían sido objeto de discusión entre ambos gobiernos. Esta vez surgieron dudas en Israel sobre si estos eran realmente necesarios. La adquisición se vio envuelta también en un escándalo de corrupción, porque Thyssen-Krupp había contratado a un primo de Netanyahu, el principal partidario de la adquisición por el lado israelí, como abogado para que se ocupara de su representación en el país. Como el asunto fue investigado por la Fiscalía israelí, ello propició el consabido conflicto entre el gobierno de Netanyahu y la justicia israelí. En 2017 la parte alemana se vio obligada a aplazar su decisión hasta que se aclararan las acusaciones de corrupción presentadas en Israel. El contrato para los tres submarinos se firmó finalmente en enero de 2022. Del precio estimado de 3 millardos de euros, Alemania se hará cargo de al menos 540 millones.










