Contra Trump, miedo o resistencia

II PARTE

Harold Meyerson

Un plan de resistencia

Cuando llegue abril, será el momento de celebrar -y renovar- la revuelta de 1775 en los Estados Unidos contra los monarcas usurpadores.

Este 19 de abril se cumple el 250 aniversario de las batallas de Lexington y Concord, que iniciaron la Revolución Norteamericana y su guerra contra el poder monárquico. Llega en un momento en que quienes se oponen a que el presidente Trump ejerza poderes que van mucho más allá de los que la Constitución asigna a los presidentes están atónitos por la velocidad y el alcance de sus acciones, e inseguros acerca de cómo pueden siquiera empezar a contrarrestarlos.

Pero una movilización que celebre la revuelta fundacional de los Estados Unidos contra la autoridad arbitraria les brinda una oportunidad estelar para demostrar lo profundamente antinorteamericano que es Trump.

El 19 de abril hará exactamente un cuarto de milenio desde que los milicianos antirrealistas de Massachusetts se negaron a dispersarse cuando se lo ordenaron las tropas británicas. Se disparó un tiro, y las tropas siguieron disparando, matando a ocho de aquellos resistentes norteamericanos. Más tarde, ese mismo día, los milicianos devolvieron el fuego, matando a varios soldados británicos. Había comenzado la Revolución. Años después, Ralph Waldo Emerson situaría la importancia de aquella escaramuza en la perspectiva histórica adecuada:

By the rude bridge that arched the flood,

Their flag to April’s breeze unfurled,

Here once embattled farmers stood

And fired the shot heard round the world.

(Por el tosco puente que arquea la corriente,

Desplegada su bandera a la brisa de abril,

Aquí antaño se plantaron los granjeros sitiados

disparando el tiro que en todo el mundo resonó.)

Este año, y hasta ahora, todos los tiros vienen de la Casa Blanca, del hombre que quiso ser rey. Es hora de que los pequeños demócratas lancen sus propias andanadas, tan alto, tan insistentemente y en tal número que también resuenen por todo el mundo. El mundo ha estado esperando impaciente a oírlos.

El aniversario de nuestra revolución presenta a los pequeños demócratas de hoy, cuyas filas no se limitan en absoluto a los demócratas con mayúsculas, la oportunidad de renovar la lucha contra la presunción monárquica. A Donald Trump se le eligió para ser presidente, y no un emperador que gobierne sin control en casa y se apodere de nuevas retrocolonias en el exterior.

Fue contra el gobierno monárquico contra el que los patriotas de 1775 se levantaron para oponerse a él, al que los autores de la Declaración de Independencia culparon de los abusos que condujeron a la Revolución, y cuyo regreso trataron de bloquear los autores de la Constitución confiriendo poderes fundamentales a los poderes no ejecutivos del Gobierno, creando el sistema de controles y equilibrios dentro del cual han operado todos los anteriores presidentes norteamericanos.

Trump ejerce el poder como si no importaran en absoluto esos otros poderes ni la propia Constitución, como si las causas e inquietudes que animaron a los fundadores de la nación debieran subordinarse a su necesidad de ejercer el poder no sólo sobre sus críticos, sino sobre cualquier posible fuente de poder rival. Esto resulta evidente en sus repetidas apropiaciones de la autoridad constitucional explícita del Congreso para establecer, abolir, financiar y desfinanciar las agencias federales y sus proyectos, y en su negativa a tratar como socios a países aliados desde hace mucho tiempo a los Estados Unidos, a menos que se sometan a sus caprichos.

¿Vuelven a registrarse hoy entre nosotros los agravios contra los que se levantó por primera vez esta nación, que llevaron a los Minutemen [“hombres del minuto”, apodo de los primeros combatientes contra los británicos] a Lexington Green? La Declaración promulgada el 4 de julio de 1776 responsabilizaba al rey Jorge de «una larga serie de abusos y usurpaciones». El Rey, decía, «ha negado su Asentimiento a las Leyes» (es decir, se negó a reconocer las leyes aprobadas por las asambleas legislativas de las colonias). Era responsable, proseguía, «de quitarnos nuestras Cartas, abolir nuestras Leyes más valiosas y alterar fundamentalmente las Formas de nuestros Gobiernos». Estas transferencias de poder de las asambleas legislativas de las colonias a la Corona fueron el centro de los argumentos de los Fundadores en favor de la revolución.

Se hacen hoy eco del intento de Trump de detener todas las subvenciones y asignaciones asignadas por el Congreso (ahora bloqueadas por los tribunales) y sus esfuerzos por abolir y desfinanciar los departamentos y agencias creados y financiados por el Congreso. Fue precisamente el temor de los Fundadores a que un presidente intentara algún día ese gobierno unipersonal lo que llevó a James Madison y a sus colegas a redactar una Constitución que prohibiera expresamente tales acciones.

Aunque el compromiso de los patriotas de 1775 con la idea de un régimen democrático constituye un modelo estelar para los patriotas de hoy, no estoy sugiriendo, por supuesto, una insurrección armada o una versión contemporánea de la resistencia violenta de los patriotas. Lo que estoy sugiriendo es que se celebren protestas pacíficas masivas en todas las ciudades y pueblos el 19 de abril, con multitudes de norteamericanos que celebren el levantamiento antimonárquico de 1775, y prometan lealtad a esa herencia protestando y denunciando el gobierno cada vez más autocrático de Donald Trump. No se requiere ningún atuendo especial, pero sería bueno tener algunos pífanos y tambores, algunos sombreros de tres picos, y, si queremos ser fieles a nuestra herencia patriótica, tal vez algunas quemas en efigie, ese tipo de cosas. Con un incremento gradual de acciones hasta el 19 de abril, los acontecimientos de ese día pueden proporcionar lo que puede ser nuestra mejor oportunidad de explicar cuán profundamente antinorteamericana es en realidad la conducta de Trump.

Los oponentes de Trump en general, y los demócratas en particular, se han quedado tan sorprendidos por los ataques iniciales de Trump contra el orden constitucional y los valores norteamericanos de larga tradición que aún no han encontrado una forma de responder colectivamente. Al parecer, algunos demócratas temen que atacar a Trump no hará sino ampliar la brecha que se ha abierto entre su partido y los votantes de clase trabajadora que formaban antaño su base. Una de las razones de ese distanciamiento es que son esos votantes los que han experimentado las desventajas de la globalización -la deslocalización de industrias, el aumento de una mano de obra global que presiona a la baja sus salarios- contra las que los demócratas, otrora sus defensores, no lograron protegerlos. Un fuerte sentimiento de identidad nacional -y no sólo entre los nativistas- agobia a las clases trabajadoras de la mayoría de las naciones, incluida la nuestra.

Los activistas que han estado luchando por averiguar cómo organizar una resistencia eficaz al aluvión de acaparamiento de poder de Trump representan una panoplia de causas y circunscripciones, lo que a veces obscurece (tanto para ellos como para los demás) el hecho de su compromiso común con un orden democrático. Ese compromiso común debería ser el objetivo y el centro de la protesta el 19 de abril; su mensaje debería consistir en manifestarse para honrar y restaurar la herencia claramente antiautocrática de los Estados Unidos. Con ello podría incluso iniciarse un proceso de reconexión con aquellos norteamericanos de clase trabajadora que apoyaron a Trump por razones económicas mientras veían a los demócratas como gente de ideología ajena.

En lo que a ideologías se refiere, la del 19 de abril es la menos ajena y la más norteamericana que se pueda imaginar. Al igual que los Minutemen lucharon por crear los que se convertirían en valores definitorios de los Estados Unidos, la Resistencia puede luchar por recuperarlos.

Compartir:

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *