I PARTE
Harold Meyerson
Los Estados Unidos de Trump no inspiran más que miedo
Al igual que con el propio Trump, nuestras relaciones se basan ahora en la sumisión de los demás a nuestro poder, no en la admiración por nuestro carácter.
En Canadá nos abuchean, lo cual no es un efecto secundario involuntario de la política de Donald Trump, sino más bien su objetivo. Durante el fin de semana, cuando se jugaron en Canadá partidos de la NBA [baloncesto] y la NHL [hockey] entre equipos canadienses y norteamericanos, la interpretación de nuestro himno nacional se recibió con un coro de abucheos.
Los canadienses entendieron que la razón ostensible de la amenaza de Trump de imponer un arancel a los productos canadienses -detener el flujo de fentanilo- era absurda, ya que la cantidad de fentanilo que, según nuestro gobierno, pasó la frontera entre los Estados Unidos y Canadá el año pasado fue de unos 20 kilos, que no sólo cabían en una maleta, sino que estaban por debajo del límite (23 kilos) de una bolsa pesada. Los canadienses comprendieron que la verdadera razón por la que Trump les amenazaba con imponer aranceles consistía en que quería afirmar su propio dominio, y secundariamente el de los Estados Unidos, sobre un país al que creía que había que abrirle los ojos respecto a cualquier idea que pudiera albergar de disfrutar de algún tipo de asociación con los Estados Unidos, y con él mismo.
De los muchos cambios desgarradores que Trump le está infligiendo a nuestro país, sin duda uno de los más fundamentales es el de nuestra posición en el mundo. La noción misma de disponer de aliados, de países que creen estar de algún modo alineados junto a nosotros porque somos todos democracias liberales que a veces nos ayudamos mutuamente, se está viendo rápidamente substituida por una jerarquía de poder. Hay adversarios a los que nos esforzamos por superar -China y Rusia, principalmente-, pero cuando se trata de países que han estado de nuestro lado, con los que tenemos alianzas duraderas, también nos esforzamos por superarlos. Las alianzas unen a las naciones, por así decirlo, horizontalmente; la visión de Trump de las relaciones internacionales, por el contrario, es vertical, siempre y cuando nosotros y él estemos en la cima.
Los Estados Unidos, por supuesto, ha sido la potencia preeminente del mundo desde 1945, y en el mejor de los casos, aunque ni mucho menos siempre, ese poder se ha ejercido de una manera que combina el interés propio con la ayuda a otros países. Mucho antes de 1945, muchos habitantes de otros países consideraban a los Estados Unidos no sólo materialmente superior, sino también políticamente menos opresivo. Ese era ciertamente el caso de los liberales y socialistas europeos que llegaron aquí tras las fracasadas revoluciones de 1848, y de las decenas de millones de refugiados de los diversos imperios europeos hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial.
A partir de la presidencia de Franklin Roosevelt, la mejor política exterior norteamericanos combinó el interés nacional inteligente con la ayuda a otras democracias, y a pueblos que se enfrentaban a crisis como la hambruna masiva y la subordinación fascista (y sí, por supuesto, la política exterior norteamericana no en su mejor momento ha abusado a menudo salvajemente de la gente en tierras extranjeras con golpes de Estado [Irán, Guatemala, Chile] y guerras [Vietnam, la ocupación iraquí], etc.).
Ese lado «en el mejor de los casos» de las interacciones de los Estados Unidos con el mundo es el que Trump está decidido a liquidar. El cierre de USAID y el fin de las iniciativas del Departamento de Estado para promover la democracia y los derechos humanos no son más que el comienzo de los esfuerzos de Trump por reubicar nuestro lugar entre las naciones, no sobre la base de nuestras acciones democráticas o humanitarias, sino basándonos únicamente en el cálculo de poder. La Norteamérica de Trump es una nación que debe inspirar miedo, no amor.
Y en este caso, sobre todo, lo personal es político y viceversa. Esta necesidad de inspirar miedo, más que admiración o afecto, es un perfecto reflejo de la personalidad de Trump. Se pueden llenar bibliotecas enteras con relatos sobre las transacciones de Trump, sus proclamas de victoria y sus humillaciones. Pero, ¿hemos leído alguna vez algo acerca de amistades suyas duraderas basadas en su propia personalidad y no en su poder? Al carecer de una personalidad que pueda inspirar siquiera una pequeñísima dosis de amor y afabilidad, sólo conoce relaciones basadas en un desequilibrio de poder, asegurándose de que ese desequilibrio se inclina de su lado.
Puesto que así es como ve el mundo él, también será así en el caso de los Estados Unidos. Parece incapaz de entender que los Estados Unidos, a pesar de todos sus defectos, han servido de inspiración al mundo por sus atributos positivos, por su democracia y su generosidad, ya que él no tiene ninguna consideración por ninguna de estas cosas. El país al que Lincoln calificó como última esperanza de la humanidad es, para Trump, incomprensible.
Esto explica su alta estima por William McKinley, que se apoderó de las Filipinas y supervisó una guerra brutal contra los filipinos que buscaban la independencia, o mismo que su correspondiente desprecio, por ejemplo, por Franklin Roosevelt, alguien que creía que iba en nuestro propio interés ilustrado recuperar Europa de manos de Hitler, pero que no sometió a tierras liberadas como Francia, o Bélgica, o los Países Bajos, o Noruega al dominio colonial estadounidense o al reembolso de las deudas contraídas por nuestros esfuerzos para derrotar a los nazis. En el mundo de la postguerra, la mayoría de los habitantes de esos países tenían buena opinión de los Estados Unidos cuando Roosevelt moldeó sus medidas políticas, y no es así como los filipinos consideraban a los Estados Unidos cuando McKinley los moldeó.
Pero esto es historia, una rama del conocimiento empírico por la que Trump no tiene ningún interés o poca aptitud, y cuyas lecciones no se ajustan a sus necesidades inseguras y narcisistas. Las relaciones basadas en el afecto genuino y la alta estima le son ajenas, y ahora que vuelve a ser presidente, intenta que sean también algo ajeno a nuestro país.
Esta necesidad de inspirar miedo e infligir dolor a los demás no se limita únicamente a Trump; también es la base emocional del movimiento MAGA. A escala nacional, queda más claro cada día que «humillar a los progresistas» es lo que motiva a las legiones de Trump, más profundamente que la promulgación de cualquier política que realmente les beneficie. Son las deportaciones, los despidos y el indulto de Trump a los insurrectos del 6 de enero lo que ha dominado su primera quincena en la Casa Blanca. «Yo soy tu castigo» se destaca aún más claramente hoy como vínculo emocional suyo con sus seguidores, cuyo odio a los progresistas (basado en gran parte en la capacidad de los medios de derecha para definir a los progresistas de maneras calculadas para engendrar aún más odio) se está traduciendo ahora en un torbellino de medidas políticas.
En cuanto al mundo en general, si antaño buscamos ser ese faro de luz en la colina, ahora somos el matón de la colina. Norteamérica, trumpificada.










