La voluntad algorítmica en la comunicación política

La voluntad algorítmica en la comunicación política

EL HIPSTERBÓREO

Luis Fernando Bolaños Gordillo

El entusiasmo generalizado impide ver en su totalidad el peso de los algoritmos y las inteligencias artificiales; la ausencia de un análisis profundo propicia que se les vea como herramientas que hacen más eficientes las tareas humanas y no como amenazas a la cognición. Como procesadoras de la subjetividad y los deseos, estas tecnologías son las joyas de la corona del colonialismo digital.

Los algoritmos adquirieron una dimensión nunca antes vista en la comunicación política al ser los componentes básicos para crear y entrenar inteligencias artificiales que analizan datos y tendencias de los ciudadanos; sirven, además, para construir las imágenes, los microtextos y la reputación digital de políticos que agonizan cognitivamente en su ser y estar en el mundo digital.

Es impresionante apreciar cómo la información que la gente proporciona durante su navegación por la internet o en sus interacciones en las redes sociodigitales, es sistematizada por plataformas que crean y posicionan a personajes que, en apariencia, coinciden icónica y discursivamente con lo que se considera fundamental para el desarrollo del país.

La voluntad de poder de quienes están en ese ámbito: gobernantes, legisladores, asesores, community managers, etc., está a expensas de una voluntad algorítmica propiedad de unos cuantos que, pese a las innovaciones tecnológicas, aún no tiene la capacidad de dar significados profundos a la prevalencia de significantes artificiales.

Los lemas de campaña, las plataformas ideológicas de cada instancia política, los discursos de los actos oficiales o el devenir de la función pública, son convertidos en productos comunicacionales perfeccionados por las inteligencias artificiales; la parte cognitiva y creativa de estas tareas quedó atrás, llevándose consigo de paso el concepto tradicional del poder.

Tras la subjetivación algorítmica, las inteligencias artificiales entrenadas para efectos electorales o de ingeniería de la imagen, sirven para que los políticos sean exhibidos de mil y un formas: amantes de la naturaleza, defensores de las minorías, simpatizantes de los feminismos, portavoces de los excluidos, etc. Pero ese aparecer no es genuino, obedece al orden simbólico prevaleciente en el big data.

En el mundo de la enunciación algorítmica los políticos y la manipulación de la subjetividad alimentan al big data, son mercancías distintivas de un sistema de producción en serie. Deleuze y Guattari afirmaron en El Antiedipo, que “la diferenciación no está entre el sujeto y la subjetividad, sino entre la subjetividad y los procesos de subjetivación, entre el sujeto y la producción de subjetividades”.

Las inteligencias artificiales son instituidas como imprescindibles para optimizar tiempo y recursos, porque procesan cantidades infinitas de información compleja que las herramientas tradicionales de gestión de datos son incapaces de almacenar o analizar eficientemente. Quienes están en ese ámbito ya no crean los contenidos, es la tecnología entrenada la que enuncia los posts y mide su impacto.

En esta sustitución cognitiva, dichas tecnologías diversifican los contenidos de tal forma que garantizan perspectivas y estrategias para atraer la atención de la gente; los comunicadores políticos son ya espectadores del devenir de una automatización que tarde o temprano los desplazará definitivamente. La digitalización de la comunicación política impuso un orden mecanicista que convirtió a la democracia y a las plataformas políticas en mercancías dignas de un espectáculo.

Hacer política o gobernar ya no es un acto autonómico, es algorítmico; los políticos ya no son fruto de su trayectoria, prestigio, conocimiento o experiencia, son el artificio siempre inacabado que emana del big data. Esto no es una oportunidad para que gobiernos y ciudadanos fortalezcan sus vínculos sociales, es el desplazamiento cognitivo de todas las partes de la comunicación política.

No estamos comprendiendo o adaptándonos conscientemente a estos cambios vertiginosos; el colonialismo digital impuesto por el big data, las redes sociodigitales, las inteligencias artificiales, el machine learning o la computación cuántica no tiene límites. A estas alturas es pertinente cuestionar si aún es posible retomar el control de estas herramientas, porque nuestra relación con el mundo digital es de dependencia y subalternidad,

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