Manuel Villarrubia Zuñiga / Esquivias, España
El caso era dramático, era preocupante, la desgracia se estaba cebando en él.
La recomendación de su mujer le llevó a acudir al médico de familia. Era algo alarmante su conducta y ante una inminente depresión que se avecinaba, el doctor Villalta le remitió al especialista: el psicólogo.
-“¿Usted cree que este es motivo para que acuda a mi consulta?”, le preguntó Piojoski -el psicólogo que le atendió- y que le miraba con sorpresa.
–“Estoy seco doctor, no sé qué me pasa, pero como no se me pase, mi mujer me amenaza que va a pasar de mí. Es así de sencillo, pasan de mí todos… hasta mi perro, es un traidor, me ladra, se burla de mí”.
-“Amigo, váyase de copas con sus amigos. Tengo que lidiar con peores pacientes que usted. Ya no solo tenemos a gente que se creen Napoleón Bonaparte, ahora tenemos tipos que se auto perciben como hormigas y otros bichos raros. Debería haber estudiado veterinaria, mejor que medicina”.
–“¿No puede recomendarme algo?”.
-“Señor, no tener inspiración literaria no es motivo para acudir al médico”.
JM había decidido quitarse del medio: sería un suicidio romántico y dramático. Ni siquiera leyendo el Quijote recuperaba su ironía literaria. No sabía qué tema tratar, ni qué libro plagiar, también la IA pasaba de sus requerimientos y claro, le daba vergüenza aparecer por la Escuela de Escritores o por el bar de La Chute.
Bombonela le sugirió que fuera a visitar la Casa-Museo de Cervantes en Esquivias para recuperar la musa perdida, que le diera el aire y de paso que comprara unas buenas botellas de aceite toledano.
La vivienda del ilustre escritor era un edificio blanco, su estructura le recordaba a un gran y misterioso navío. Cuando accedió al interior, le recibió un vestíbulo con vitrinas repletas de reproducciones de la novela más famosa de la historia. Eso le deprimió más… más que ofrecer un consuelo benévolo.
-“¿Qué le pasa señor, se encuentra mal?”, preguntó solicita la mujer que atendía a los curiosos interesados en la figura y la historia de Cervantes.
–“¿Pasarme? jajaja estoy seco, la inspiración se marchó con otro -dijo con desesperado sarcasmo- Gracias, ¿señorita…?
-“Me llamo Susana, le voy a enseñar el lugar. Piense en lo difícil que era la vida en aquella época. Quizás comprenda lo afortunado que es ahora si ve los medios materiales que tenía la gente de aquel siglo. Mire, suba conmigo… vea en estas habitaciones cómo se desarrollaba la vida de una familia. Mire al fondo, ese era el lugar donde escribía Cervantes. Nada de medios como la luz artificial, solo disponían de las velas para leer fuera del horario solar. Pero deje de tocar los utensilios ¿qué busca? Creo que comprendo la necesidad que tiene, acompáñeme voy a enseñarle algo”.
Bajaron a la bodega, detrás de una tinaja de grandes dimensiones había un saco viejo de cuero. Susana sonreía con clemencia, veía a un hombre desesperado. La experiencia de haber recibido a muchos y variados personajes le otorgaba la psicología vital necesaria para ayudar a un peregrino sin camino.
-“La leyenda afirma que fueron del escritor, creo que los necesita”, le dijo Susana orgullosa de ofrecer un regalo a un escritor sin inspiración.
El regalo que le hizo a JM, la sugerencia, obró el efecto al momento: en un instante sintió cómo el espíritu de Cervantes acudía en su auxilio. Mil ideas se agolparon en su cabeza, estaba en condiciones de abordar cualquier proyecto literario por descabellado que pudiera parecer.
Se marchó sin apenas despedirse. Susana había acabado con las visitas y fue a tomar un café con las amigas habituales. Ellas rieron del placebo psicológico que había administrado al agobiado visitante. La ingenuidad de JM.
-“Pero ¿cómo es posible que ese hombre no se diera cuenta de que era un engaño? Preguntaron incrédulas.
–“¿Y quién dice que no pueda ser verdad? A veces siento pasos en la soledad de esa casa…”.
-“¡Pero si eran unos zapatos viejos olvidados por un albañil!”, aclaró una de ellas.
Para el desesperado escritor, fueron… Los zapatos de Cervantes.
Cuento dedicado a Susana. Profesional de calidad y amabilidad en el trato humano a cuantos acuden a la Casa–Museo de Cervantes en Esquivias, Toledo, buscando las inexplicables genialidades de “El Manco de Lepanto”.










