Cuando el abuso se disfraza de chiste

Cuando el abuso se disfraza de chiste

Sumidero

Edgar Hernández Ramírez

Hay bromas que incomodan porque desafían al poder, cuestionan prejuicios o exhiben la hipocresía social. Y hay otras que producen risa a costa de quien tiene menos posibilidades de defenderse. Cuando un creador de contenido convierte a niños o adolescentes en protagonistas de insinuaciones sexuales, contactos corporales o frases de doble sentido, ya no estamos ante una irreverencia liberadora. Estamos frente a una pedagogía de la normalización: se enseña a mirar la vulnerabilidad como espectáculo y a interpretar la transgresión como picardía.

La coartada suele llegar antes que la crítica. “Es humor”, “sólo estaban jugando”, “ahora todos se ofenden”, “la malicia está en quien lo ve”. Sin embargo, el humor no borra el significado de una conducta, apenas cambia el marco desde el cual el público la recibe. Una escena que fuera de cámara generaría preocupación puede volverse tolerable si se acompaña de carcajadas, música, gesticulaciones exageradas y edición festiva. La risa funciona entonces como anestesia moral.

Esto es lo que la psicología social denomina desensibilización. La repetición disminuye gradualmente la respuesta de alarma. Lo que ayer parecía inadmisible hoy provoca una sonrisa y mañana se vuelve parte del paisaje. Nadie sostiene seriamente que observar un video convierte automáticamente al espectador en abusador. El problema es más complejo: ese contenido construye un entorno cultural en el que la sexualización de menores pierde gravedad, la indignación se ridiculiza y quienes ya poseen conductas invasivas encuentran una atmósfera más permisiva.

Desde la teoría del aprendizaje social de Albert Bandura, las personas no aprenden únicamente mediante instrucciones directas; también observan qué comportamientos reciben premios y cuáles son castigados. Cuando un adulto sexualiza a un adolescente y obtiene miles de reproducciones, aplausos, contratos o notoriedad, la audiencia recibe una lección. La transgresión da fama, el escándalo genera tráfico, el cuerpo del menor se convierte en mercancía narrativa.

La situación es todavía más delicada porque la “broma” sexual puede funcionar como instrumento para tantear límites. En numerosos procesos de “grooming” (manipulación y acoso que ejerce un adulto hacia un menor de edad, generalmente a través de internet), el acercamiento no comienza con una agresión evidente, sino con insinuaciones ambiguas, preguntas íntimas, roces aparentemente accidentales o chistes que permiten medir la reacción del menor y de quienes lo rodean. Si alguien protesta, el adulto retrocede y responde que sólo jugaba. Si nadie objeta, el límite se desplaza un poco más.

No significa que toda persona que cuente un chiste sexual sea necesariamente un agresor; significa que el humor proporciona a los agresores una coartada extraordinariamente útil. Permite introducir contenidos inapropiados, probar resistencias y convertir la vigilancia de los adultos en supuesta exageración. “No seas malpensado” es una frase que ha protegido demasiadas conductas abusivas.

La broma como coartada para cruzar fronteras

El problema central radica en la desigualdad de poder. Un menor puede sonreír, participar o imitar una coreografía y, aun así, no comprender plenamente la exposición a la que está siendo sometido. Mucho menos cuando frente a él existe un adulto con experiencia, fama, control de la cámara, capacidad de edición y una comunidad de seguidores. El consentimiento no puede reducirse a que el adolescente no haya dicho “no” durante una grabación. También exige condiciones para comprender, decidir y retirarse sin presión, miedo o deseo de agradar.

La sexualización lo despoja además de su condición de sujeto. Ya no interesa lo que piensa, siente o necesita; importa su cuerpo como remate. Su inocencia se vuelve motivo de burla y su posible comprensión del doble sentido se usa para presentarlo como “despierto”, “provocador” o responsable de la escena. Es una trampa perversa: si no entiende, causa gracia; si entiende, se le atribuye malicia. En ambos casos, el adulto queda absuelto.

Esa lógica reproduce la culpabilización de las víctimas. “Él se acercó”, “ella se dejó”, “se estaba riendo”, “ya sabía lo que hacía”. Se ignora que muchos menores responden a situaciones incómodas con risa nerviosa, congelamiento, obediencia o adaptación. No todas las resistencias son visibles ni toda participación aparente equivale a consentimiento libre.

El impacto tampoco termina en quienes aparecen en pantalla. Niñas, niños y adolescentes consumen esos materiales mientras construyen sus nociones sobre el cuerpo, la intimidad y los límites. Al observar que los adultos celebran una invasión sexualizada pueden concluir que incomodarse es exagerado, que negarse arruina la diversión o que el contacto invasivo se vuelve legítimo cuando alguien sonríe. Aprenden también que el adulto popular tiene permiso para cruzar fronteras que otro no podría cruzar.

Para quienes han sufrido abuso, esta clase de humor puede ser especialmente devastadora. Si la sociedad se ríe de escenas semejantes a las que les provocaron miedo, ¿qué razones tendrían para confiar en que serán escuchados? El silencio no sólo se produce mediante amenazas, también se fabrica con burlas, descrédito y trivialización.

Cuando surge la crítica, los defensores del contenido suelen invocar la libertad de expresión y denunciar una supuesta “cultura de la censura”. Es una maniobra eficaz porque cambia al protagonista del debate. El adulto cuestionado aparece como víctima de la intolerancia, mientras el menor sexualizado desaparece nuevamente. Ya no se discuten los límites éticos, sino el presunto derecho del creador a no enfrentar consecuencias.

Pero la libertad de expresión no incluye el derecho a recibir aplausos, patrocinios o inmunidad crítica. Una sociedad democrática puede rechazar la censura gubernamental y, al mismo tiempo, exigir responsabilidad a quienes monetizan imágenes de menores. Criticar no es prohibir; señalar no es perseguir; y pedir que se proteja la dignidad infantil no es puritanismo.

La pregunta fundamental no es si el creador “tenía malas intenciones”. Las intenciones privadas son difíciles de probar y no agotan la responsabilidad. Importa qué representación construyó, qué desigualdad explotó y qué mensaje puso en circulación. El daño cultural no depende exclusivamente de que alguien se reconozca como victimario, también surge cuando una práctica invasiva se presenta como normal, divertida y socialmente premiada.

Una sociedad que ríe mientras un menor es cosificado no está demostrando apertura mental, está mostrando hasta qué punto aprendió a confundir la transgresión con talento y el silencio con consentimiento.

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