El uso de la palabra
Dr. Raúl Vázquez Espinosa
Para Tania Ramos Pérez
En cierto libro de Ricardo Piglia puede recuperar una idea sugestiva sobre aquel oscuro personaje que llamamos “lector”. Entenderlo bajo la luz de sus representaciones. Pero, no bajo los símbolos que le dan materialidad, sino de las experiencias de lectura, sus modos, sus complejidades. Son experiencias en apariencia antípodas, pero que bien mirado desdibujan sus fronteras. Es decir, qué lazos unen al lector por placer con el lector técnico; o que hilos entrelazan al lector profesional (médicos o ingenieros) del lector que lo hace por obligación.
La lectura es una de las actividades más humanas que nosotros mismos hemos inventado. Independientemente del formato, libros físicos, digitales; revistas o cualquier soporte, el lector sigue ahí, atento, entre la fauna digital y la espesura del papel. Pero, se trata de entender al lector desde su posibilidad filosófica, es decir, dar ciertos criterios para su interpretación.
No es difícil para quien ha vivido entre libros identificar a esos personajes que reconocemos como parte de una cierta comunidad lectora. La modernidad nos ha legado experiencias de lectura que, a primera vista, parecen contradictorias, pero que rompen sus propias fronteras, dialogan y se retroalimentan. Directamente de la modernidad emergió el lector hedonista. Aquel que tiene como moralidad estética el gusto por el gusto mismo; casi siempre enfocado en la literatura y sus márgenes, este lector es parte del mundo liberal. Autónomo, crítico y sensible, es, a primera vista, hijo del ocio, pero también del poco tiempo libre que nos deja la división del trabajo. Precisamente por ello, su lectura representa una pequeña conquista frente al tiempo productivo. Lee porque quiere, porque encuentra placer en hacerlo y porque, durante unas horas o unos minutos, puede sustraerse de la obligación de que toda actividad tenga una utilidad inmediata. El lector hedonista no necesariamente busca aprender una lección ni encontrar respuestas. Su relación con el libro nace de una forma particular del deseo. Lee por la belleza de una frase, por la intensidad de una historia, por el estremecimiento que provoca una imagen o, sencillamente, por el placer de permanecer dentro de otro mundo. Puede abandonar un libro cuando deja de seducirlo y volver obsesivamente a otro porque encuentra en sus páginas una experiencia que desea repetir. Su biblioteca, más que un programa de formación es una cartografía de sus afectos.
El lector hedonista mantiene, además, una relación paradójica con la forma de producción capitalista. Surge en una sociedad que organiza la vida alrededor del trabajo, la productividad y el consumo, pero encuentra en la lectura un espacio parcialmente sustraído de esas exigencias. Su placer lector depende del tiempo libre que la propia división del trabajo produce y restringe: lee en los márgenes de la jornada laboral. El lector hedonista encarna, así, una antinomia de la modernidad. Es hijo del capitalismo y de la división racional del tiempo que éste impone, pero encuentra en la lectura una forma íntima de sustraerse a la lógica de la productividad.
La modernidad es el proceso histórico mediante el cual la vida económica y social de Occidente se organiza crecientemente bajo criterios de racionalidad, cálculo, disciplina y especialización, encontrando en el capitalismo moderno una de sus expresiones fundamentales, nos dice Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo. En la lógica de esa racionalización, la lectura también habría de especializarse y volverse racional. En este sentido, podemos hablar de una lectura profesional, determinada por la disciplinariedad mediante la cual cada profesión delimita, organiza y jerarquiza sus propios contenidos. Hay disciplinas que exigen una lectura constante, exhaustiva y programática; no se lee únicamente por placer o curiosidad, sino porque leer constituye una condición para pertenecer, comprender y actuar dentro de un determinado campo del conocimiento. De este mismo modo, la academia ha especializado progresivamente sus líneas de investigación y, con ellas, sus prácticas lectoras. El investigador lee en abundancia sobre un territorio cada vez más delimitado y hace de sus temas habituales su propio tránsito lector. La especialización produce profundidad, pero también fronteras: se conoce cada vez más de un espacio cada vez más específico. La lectura adquiere entonces una función instrumental y acumulativa; permite dominar un lenguaje, reconocer una tradición, actualizar conocimientos y participar legítimamente de una comunidad profesional.
En este punto, los caminos de las Humanidades y las Ciencias Médicas, pese a sus evidentes diferencias, llegan a encontrarse. Ambas comparten el rasgo de una lectura que puede volverse casi endogámica: el filósofo lee filosofía; el historiador, historiografía; el médico, literatura médica especializada; el investigador, aquello que corresponde a su línea de investigación. Se conforman así comunidades lectoras que producen sus propios lenguajes, referencias, autoridades y circuitos de legitimación. La especialización moderna no sólo divide el trabajo, también divide y organiza aquello que leemos.
Entretejida con estas experiencias lectoras coexiste otra cuya raíz se encuentra en la Edad Media cristiana, aunque se nutre, también, de la tradición clásica y mantiene afinidades con las prácticas de estudio desarrolladas en las culturas judía e islámica. En “En el viñedo del texto”, Iván Illich narra la profunda transformación que experimentó la lectura al pasar de ser una actividad comunitaria, corporal y sonora a convertirse, progresivamente, en una práctica escolástica. No se trató, únicamente, de un cambio en la manera de leer, sino de una modificación decisiva en la relación entre el lector, el libro y el conocimiento. La página dejó de ser una partitura destinada a la voz y comenzó a organizarse visualmente como un texto dispuesto para el análisis, la consulta y el razonamiento lógico. Illich presenta a Hugo de San Víctor como una de las figuras representativas de aquella lectura monástica que constituía, antes que una actividad aislada, una auténtica forma de vida. Leer era una disciplina que ordenaba la existencia, orientaba las acciones cotidianas y comprometía por igual la inteligencia, la memoria, la conducta y el cuerpo. Hugo vivía entre libros, entregado al estudio como quien sigue un camino hacia la sabiduría. Esta concepción puede guardar cierta semejanza con la figura del Rosh Yeshivá, quien dirige un yeshivá, espacio dedicado al estudio intensivo de la Torá, el Talmud y la ley judía. El Rosh Yeshivá vive para el estudio, pero su aprendizaje no se limita a los textos sagrados, comprende también la tradición oral, los comentarios y las interpretaciones que, a través de los siglos, han acompañado y enriquecido esos libros.
La lectura representada por Hugo de San Víctor y, desde otra tradición, por el Rosh Yeshivá, es una práctica de estudio que conserva un componente físico dentro del acto intelectual. La voz y el cuerpo participan en la apropiación del mensaje contenido en el libro. Se lee en voz alta, se repiten las palabras, se escucha su resonancia y se acompaña el ritmo de las frases con el movimiento corporal. La lectura no ocurre únicamente en la mente. Se pronuncia, se escucha, se memoriza y, en cierto sentido, se incorpora. Illich recuerda que el lector monástico comprendía las líneas siguiendo su ritmo y pensaba las palabras como si las colocara en su boca para masticarlas. El texto se hacía voz y, por medio de la voz, se volvía parte del cuerpo y de la memoria.
A esta dimensión corporal se suma la vocación exhaustiva del estudio. Para Hugo de San Víctor, ninguna lectura debía considerarse inútil o indigna de atención, porque incluso aquello que en un primer momento parece insignificante puede revelar posteriormente su relación con el conjunto del conocimiento. De ahí la conocida exhortación recogida en el “Didascalicon”: “Apréndelo todo, más tarde verás que nada es superfluo. El conocimiento limitado no es agradable”. Leer supone, entonces, cultivar una disposición abierta ante el saber, reconocer que ningún conocimiento está completamente aislado y que su sentido puede aparecer cuando se relaciona con otros saberes. El “Didascalicon” conserva así las huellas de una concepción en la que el estudio, la lectura, la memoria y la conducta forman una unidad. Leer es actualizarse ontológicamente mediante lo leído.
Sin embargo, esta lectura monástica comenzó a modificarse con el surgimiento de la escolástica y de las universidades medievales. El libro adquirió una organización cada vez más visual y funcional. Su diseño se construyó por medio de divisiones, índices, glosas, títulos y recursos destinados a localizar, clasificar y confrontar ideas. La lectura dejó, paulatinamente, de ser una práctica comunitaria vinculada con la formación espiritual para convertirse en un instrumento especializado de producción y transmisión del conocimiento. En el ámbito universitario, leer significó estudiar sistemáticamente una materia, comentar autoridades, formular problemas, discutir argumentos y dominar un campo específico. Esto significó al nacimiento de la lectura profesional de la que hablé más arriba, propia de profesores, estudiantes, teólogos, juristas y filósofos, cuya tarea ya no consistía en incorporar el texto a la vida, sino en analizarlo, enseñarlo y convertirlo en fundamento de una disciplina.
Esta transición implicó una ganancia intelectual decisiva, pues hizo posibles la investigación sistemática, la discusión académica y la especialización del saber; pero, también, produjo una separación entre quienes ejercían profesionalmente la lectura y el resto de la comunidad. Como afirma Iván Illich, “la lectura escolástica se convierte entonces en una tarea profesional para especialistas”. Desde ese momento, leer dejó de ser únicamente una forma compartida de habitar el mundo y comenzó a constituirse también como un oficio universitario. Entre la voz del lector monástico y la mirada analítica del escolástico se abre una de las transformaciones fundamentales de la cultura occidental.
El tránsito de la lectura como forma de vida a la lectura como profesión del conocimiento. La modernidad nos ha impuesto sus formas de lectura, modos y conductas que atienden una racionalización profunda de la manera en que internalizamos el conocimiento mediante ese objeto que aún llamamos libro. Entre el lector hedonista y capitalista y el lector profesional moderno queda entre la exclusión y la periferia la lectura como forma de vida. Esa lectura como forma de vida, para la modernidad capitalista, está resguardada en los límites los espacios límite, en esos lugares que está fuera de la lógica moderna. Sin embargo, quien lee siempre rompe esas fronteras, cabe, para el siglo que viene ir tras la búsqueda de otras formas de lectura que nos hagan cada vez más humanos.










