EL HIPSTERBÓREO
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Hay imágenes que nos ayudan a pensar en la condición humana y el sentido del fracaso. Hubo alguna vez un famélico coyote que, una y otra vez, compraba artefactos para alcanzar al correcaminos, pero siempre terminaba destruido por su propio dispositivo. Detrás de esa persecución se oculta una representación inquietante del fracaso, el consumo y la imposibilidad de encontrar sentido en una existencia organizada alrededor de deseos que nunca se satisfacen.
ACME es mucho más que una empresa de productos extravagantes; es el gran supermercado de las promesas. El coyote encuentra siempre el artefacto necesario para satisfacer su deseo: cohetes, trampas, catapultas, explosivos, pegamentos, redes y toda clase de objetos. El siempre confía en que el siguiente producto será diferente; que el próximo intento será el definitivo. Cada fracaso lo conduce a una nueva compra y ésta deviene en un nuevo fracaso.
La relación del coyote con ACME puede interpretarse como una metáfora del consumismo contemporáneo. El mercado no necesita que las personas alcancen finalmente aquello que desean; necesita que continúen deseando. La insatisfacción es económicamente más productiva, porque los consumidores siempre estarán depositando sus esperanzas en la próxima compra.
La tragicomedia del flacucho personaje consiste precisamente en que consume para alcanzar una felicidad que el consumo mismo le impide lograr. Compra compulsivamente herramientas para resolver un deseo que quizá nunca habría existido sin esa obsesión. La mercancía siempre aparece como solución, pero termina convirtiéndose en parte del problema.
El coyote encarna una forma alienación; en su obsesión quizá dejó de preguntarse por qué persigue al correcaminos. El sentido de la persecución quedó en segundo plano; el principal sentido para él es comprar. En ese falso absolutismo, el coyote se empodera temporalmente diseñando sus planes y adquiriendo los productos a sabiendas de que no logrará el cometido.
Su vida quedó reducida a un círculo interminable: el deseo, el consumo, la esperanza de comerse al ave, el inminente fracaso, la frustración y un nuevo deseo. Este círculo muestra una de las características centrales de la sociedad de consumo: la producción permanente de necesidades. El Coyote no aprende de sus fracasos porque el sistema siempre le ofrece una nueva posibilidad.
Tristemente, el coyote parece necesitar su propio fracaso. Si algún día atrapara al ave, ¿qué ocurriría después? La persecución perdería su razón de ser. Paradójicamente, el fracaso garantiza la continuidad de su proyecto y de su vida. Mientras no consiga aquello que busca, todavía puede perseguirlo.
Este entramado recrea una dimensión cercana al pensamiento de Albert Camus: el absurdo. El coyote está atrapado en una tarea aparentemente interminable, repetitiva y destinada al fracaso. Su mundo carece de una explicación racional: las leyes físicas parecen funcionar contra él, sus planes se derrumban sistemáticamente y, sin embargo, como Sísifo, vuelve a comenzar.
Sísifo no necesita comprar la piedra; el coyote, en cambio, la compra eternamente como parte de su propio castigo. El personaje no es solamente víctima de las circunstancias; participa activamente en la reproducción de su propia frustración. El fracaso dejó de ser una experiencia de aprendizaje y se transformó en un mecanismo de repetición.
Su tragedia no consiste únicamente en fracasar, sino en no poder transformar su relación con aquello que desea. Por eso el personaje puede leerse desde la perspectiva de la alienación moderna. No es dueño de su deseo: está dominado por él. No fracasa porque sus dispositivos sean defectuosos, lo hace porque convirtió el objetivo en una obsesión y ésta en identidad.
Quizá esa sea una de las ironías más profundas de la serie: el coyote trabaja obsesivamente para alcanzar a alguien que simplemente continúa viviendo. En esta oposición puede reconocerse una crítica a la existencia contemporánea: mientras el individuo se encuentra atrapado en la búsqueda permanente de éxito, productividad, reconocimiento y satisfacción, puede terminar olvidando la pregunta fundamental: ¿para qué estoy viviendo?
Si dejara de perseguir al Correcaminos, el coyote tendría que enfrentarse a un vacío mucho más inquietante: descubrir quién es cuando ya no tiene nada que perseguir. ACME es una metáfora del capitalismo de consumo: un sistema que ofrece infinitas herramientas para resolver problemas, pero que no nos motiva a cuestionar el origen de nuestros deseos.
Quizá los seres humanos somos coyotes que necesitamos aplicaciones para ser más productivos, objetos para ser más felices, cursos para ser más competitivos, dispositivos para comunicarnos mejor y mercancías para construir una identidad; pero pocas veces nos preguntamos si realmente necesitamos correr detrás de aquello que deseamos todo el tiempo.










