Antaño tuxtleco
Jorge Alberto Rincón Acebo [email protected]
Antes de existir estas calles, imaginémoslo como tierra modificada para habitar.
Exploraremos las riberas del Sabinal, rememorando cuando nuestros ancestros acudían a bañarse y pescar. Previo a los puentes.
La parte más baja del valle es el rio Sabinal o Quistimpak. Sus afluentes son nueve arroyos (Potinaspak, Blanco, San Roque, Sope, Pojpón, Santana, Salado, Penipak y Jamaipak), destacando el San Roque, que dividía la ciudad al oriente, descendiendo del Mactumatza hasta desembocar en el norte, en el Sabinal.
Los puentes unieron barrios apartados, se debía vadear buscando la menor corriente para acudir al centro (de Cuarta a Cuarta calle).
Para comunicar a finales del siglo XIX, se construyeron puentes sobre el arroyo san Roque. ¡Imagínatelo! Como un estrecho dentro de la ciudad, hoy sus uniones son ocultas por el concreto. Así surgió el ubicado en Calle Real (hoy Avenida Central Oriente) y 7ª. Oriente. Más al norte, el Madariaga (edificado durante el gobierno de Rafael Pimentel 1897-1899) dando paso al barrio La Pimienta, al Parque Madero y, al sur, el Puente Colón.
Espacios cargados de cotidianeidad, inextinguibles a circunstancias atemporales.
Consecuencias no valoradas. El andar por la senda citadina de casas de bajaré, constituido de caña de maíz entrelazado con zacate y lodo -barro, cieno o lama, son sus otros nombres- compuesto por restos animales y vegetales. La vida sustentada por lo antaño, vivo. Contemos impidiendo diluirse en el tiempo ignorado, olvidado por la desmemoria.
¡Démosle a ese Tuxtla calidez del calor de hogar! Con un cuarto grande tanto estancia, dormitorio y hogar. Con piso firme o apisonado por el constante deambular. Cargado de vida, de sobrevivencia salpicada de sublimes singularidades, sin diferenciar año, siglo o milenio, hasta bien entrado el siglo de coloniaje.
El pueblo batallador fue, es y seguirá siendo igual, en la era de la civilización de la inteligencia artificial. Mas ahora, perpetuemos recuerdos dieciochescos, decimonónicos y del siglo veinte. Espero transmitir el sabor, calor y olor singulares.
La alegría de la niñez, juventud y la edad entrada en años. Otorgándole la oportunidad de leerlo con avidez, así como los infantes de ambos sexos que acudieron a la escuela de la maestra Madariaga en 1898.
Salón único de adobe, donde se transformaban las letras en historias, alternando con cuentas y trigonometría.
Otorgándole oportunidad a la niña de trascender la ignorancia, a través de los signos gráficos, capturando pensamientos transformados en letras y palabras.
Recordar la posibilidad de transmitir a descendientes, de trascender. La oportunidad de los niños de caminar por propio pie hasta la escuela, sin temor en el trayecto al hogar.
Vivenciar los sentidos, otorgándoles trascendencia integradora humanística.










