Canto a Chiapas, del Dr. Enoch Cancino

Hernán León Velasco
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
Hay poemas que nacen como si el mundo respirara a través de un solo hombre. Canto a Chiapas pertenece a esa estirpe: una palabra que se enciende cuando el joven Enoch Cancino -estudiante de medicina, exiliado momentáneo en la vastedad de la Ciudad de México- descubre que la patria no es un territorio, sino una herida luminosa en la conciencia. El poema es un regreso: el canto más íntimo de la tierra llamando al hijo que se aleja para aprender a curar cuerpos, sin saber que primero tendrá que curar el alma.
Desde el primer verso, Chiapas es lanzado al infinito: “en el cosmos, como una flor al viento”. La metáfora no es ornamento: es revelación. Cancino confronta la grandeza del universo con la humildad de su origen; convierte a Chiapas en célula cósmica, en esencia que vibra más allá del tiempo. Así, el poema tiende un puente entre lo telúrico y lo sideral: Chiapas es un territorio, pero también es una forma de ser y estar en el mundo.
El joven poeta-médico descubre que su tierra no se explica por la historia, sino por la emoción. Chiapas “nació” en él con el beso de la madre, creció con los cuentos del abuelo y se hizo leyenda en la voz de la primera novia. La tierra se vuelve biografía, genealogía afectiva, sangre que canta. No es casual: en ese tiempo de tránsito hacia la capital, Enoch Cancino buscaba, como todo estudiante que parte, un origen que sobreviviera al desarraigo. En la nostalgia -esa enfermedad del exilio, ese temblor que sólo los verdaderos poetas saben nombrar- entendió que Chiapas también era dolor, lágrima contenida, suspiro reprimido. La belleza de su tierra estaba hecha de luz, sí, pero también de la sombra antigua que habita al indígena crucificado en sus caminos.
El poema avanza como un cuerpo que despierta: revela que Chiapas no es sólo paisaje, sino pulsación emocional. Es callejón, olor a lluvia, fiesta de barrio, marimba que desafía al aire. Cancino reúne lo sagrado y lo popular, lo íntimo y lo colectivo, para construir un mito vivo. Su voz, aún joven, ya comprende que la tierra es un organismo que sufre: tiene sed de horizontes, anhela compartir su canto, cargar sus dolores, pronunciar su ternura.
Luego entonces, aparece la plegaria final: el poeta promete volver, como un suspiro al viento o un recuerdo al alma. En ese regreso imaginado está la clave del poema. El estudiante, lejos de casa, no sólo añora la geografía; añora la identidad. Quiere volver para ser “uno más” entre las veredas, para convertirse en nota perdida en la marimba eterna, para morir besando la tierra que lo creó. Ese deseo de retorno absoluto, casi ritual, es el punto donde la voz de Enoch Cancino se hermana con la tradición épica y mística de nuestra tierra: Chiapas no es un lugar, es un destino.
Canto a Chiapas es, en su raíz, un acto de amor y de reconocimiento. Es el poema de un joven que, al partir, descubre que la verdadera patria es aquello que nos duele y nos da vida al mismo tiempo. En su nostalgia, Enoch Cancino nos devuelve la lección más profunda: uno es hijo de la tierra que lo nombra. Y Chiapas, en su voz, deja de ser un territorio para convertirse en un cosmos íntimo: una flor al viento que sigue brotando en la memoria de todos nosotros.

Chiapas es en el cosmos
lo que una flor al viento.
Es célula infinita
que sufre, llora y sangra…

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