Cerro Cuchumaá, patrimonio en riesgo

El Informador

María de Guadalupe Zepeda Martínez

Los agentes de deterioro que asolan nuestro patrimonio cultural son muchos y variados, y deterioran y/o destruyen el bien cultural en su materia. Los más frecuentes son la luz directa del sol, la temperatura, la humedad, el calor, el viento y los ataques biológicos de bacterias y hongos, entre otros.

Pero también existen otros agentes producidos por el ser humano, por causas sociales o políticas no menos agresivas y destructivas, que igualmente conducen a pérdidas irreparables del patrimonio cultural y natural, material e inmaterial.

Este es el caso de la destrucción por detonaciones de dinamita que se realizaron en las faldas del cerro Cuchumaá, zona arqueológica y sitio ceremonial yumano de la zona fronteriza de Tecate, en Baja California, y Tecate Peak, en California, Estados Unidos, a raíz de las obras del muro fronterizo entre ambos países.

En una nota de La Jornada de Baja California del 5 de abril del presente año se informó que la montaña sagrada del pueblo kumiai, zona compartida por Baja California y California, por donde se realizan las obras fronterizas entre México y Estados Unidos, había sido dinamitada.

A pesar de tratarse de una región cultural compartida entre ambos países y de tener un valor cultural común, no se consideró dicho valor ante la presión política. Tecate Peak, reconocido por Estados Unidos desde 1992 con su inscripción en el Registro Nacional de Sitios Históricos, mientras que en el lado mexicano está protegido por la Ley Federal sobre Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos, fue igualmente afectado por las explosiones.

La consecuente destrucción del patrimonio compartido se ha registrado como daño a la tierra, los acuíferos y el medio ambiente, que constituyen la envolvente cultural del pueblo kumiai y de su patrimonio intangible.

El cerro Cuchumaá constituye un paisaje sagrado vivo del pueblo kumeyaay, cuyas prácticas ceremoniales, espirituales y de sanación, son anteriores a cualquier frontera política y continúan hasta el presente. Para este pueblo, el cerro no es un sitio arqueológico ni un vestigio del pasado: es un centro espiritual activo, un lugar de cantos, iniciación y transmisión de conocimiento ancestral. Su significado trasciende la categoría de monumento o recurso natural; es un territorio donde convergen la memoria, la espiritualidad y la identidad de un pueblo originario, cuya presencia en la región se remonta a miles de años.

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