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Chayito, la chiapaneca de todos los tiempos

Roberto Fuentes Cañizales
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
Hija de don Cesar Castellanos -que contaba con estudios de ingeniería en los Estados Unidos- y de doña Adriana Figueroa, mujer humilde y amorosa dedicada al hogar, Rosario Castellanos nació el 25 de mayo de 1925 y llega a Comitán de Domínguez siendo una niña, ahí tiene un contacto con el contexto de su época y las realidades del mundo ladino y el indígena. Además, vivió una situación dolorosa, pues sus padres esperaban la llegada de un heredero varón, para perpetuar el apellido y hacerse cargo de los negocios familiares.
Ella vivió relegada, se escondía en la biblioteca familiar y escudriñaba bajo el escritorio los libros que se ponían a su alcance, asunto prohibido en su época a las mujeres y más, a las niñas. Cuando llegó su hermanito, todo empeoró y el niño acaparaba las atenciones de la familia. Pero el destino le deparó una desagradable sorpresa a la familia, pues el niño muere a los 7 años y con esto, sus padres vivieron un dolor insoportable. El abandono fue total y solo su nana se preocupaba por Rosario, la consolaba y le enseñaba costumbres, tradiciones y algunas palabras de su idioma.
Con 16 años regresa al DF, donde termina sus estudios de secundaria y preparatoria. En 1944 ingresa a la Facultad de Leyes y pronto solicita el cambio a la de Filosofía. Ahí conoce a muchos de los que después serían grandes exponentes de las letras nacionales.
Hoy tenemos la suerte de disfrutar la obra de Rosario Castellanos, ubicarnos en el contexto real de su época y poder analizar sus reformadoras propuestas de liberación femenina que en esos años, resultaban un claro insulto a lo establecido tanto social, como políticamente. Su obra literaria transcendió y aun es considerada como una de las figuras más destacadas de la literatura nacional y universal. Obras que expresan el sentir del mundo indígena y del mestizaje chiapaneco.
El desamor con Ricardo Guerra le avivó el gusto por el arte. Después se casarían en 1957 y vendría su hijo Gabriel. Esto forjó esa indomable alma y la producción literaria de Rosario tomó el giro de un amor fracasado, no correspondido y lleno de infidelidades que la obligó a vivir en el filo de la angustia, de la soledad, con la añoranza de su gran amor. Esto originó que se dedicara de lleno a su carrera profesional y cultural: fue Redactora del Instituto Nacional Indigenista y Jefa de Información y Prensa de la UNAM, donde desarrolló tareas académicas, asimismo en USA y en Israel.
En 1952, ingresó al Ateneo de Ciencias y Artes de Chiapas y luego fue becaria del Centro Mexicano de Escritores. Obtuvo el Premio Chiapas 1957 en Arte, el Xavier Villaurrutia 1960, El Sor Juana Inés de la Cruz en 1962 y el Carlos Trouyet de Letras 1967; ese mismo año fue declarada la Mujer del Año. Para 1968, luego del divorcio, se siente libre del tormento y en 1972, recibe el Premio de Letras Elías Sourasky.
Poetisa y escritora de exquisita sensibilidad, dejó poemas, poesías, cuentos, novelas, ensayos, obras de teatro y prólogos; también textos para trabajos colectivos y colaboró en infinidad de revistas y periódicos estatales, nacionales y latinoamericanos. Destacan sus obras: Balún Canán, Oficio de tinieblas y Ciudad Real, traducidas a muchos idiomas.
En 1971 es embajadora de México en Israel, donde el 7 de agosto de 1974 muere de manera trágica. El mundo entero se vistió de luto, pues la chiapaneca más destacada: la Mujer Universal de todos los tiempos, había muerto.
Chayito, Dios ha de estar disfrutando de su presencia, pero tenga la seguridad que mientras exista un lector apasionado, usted siempre vivirá en su corazón.

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