Procuro contemplar el árbol de limón todas las mañanas. Admiro su capacidad de resiliencia. Lo he salvado de ser podado en más de una ocasión. La primera vez fue cuando conocí la casa que ahora habito. Su dueño, la estaba remodelando, me comentó que lo tiraría. Yo le pedí conservarlo. A pesar de estar chueco, porque creció debajo de las escaleras del patio trasero, da los limones más jugosos que he probado.
Con el paso de los años, comenzó a secarse más de una parte que estaba sostenida con un alambre grueso. Opinaron que era mejor tirarlo. Me opuse. “Está sufriendo, no lo ves”. Y por mi mente pasaron muchas personas que transitan dolorosos tratamientos para recuperar su salud o que no se vea más afectada. Pensé también en mi madre. Sus años en cama y su cuerpo deteriorándose cada día. Y recordé su sonrisa, sus ganas de vivir, de abrazarse a este plano.
El árbol de limón merecía vivir, porque sentí que me lo pedía. Lo levantaron sosteniéndolo con cables para que aguantara su peso, porque a pesar de estar aparentemente tan desmejorado hizo sudar a quienes le devolvieron su dignidad. Y aquí sigue, dando jugosos limones.
Me llama la atención que algunos maduran en su rama, jamás caen. Pienso que es una analogía de nosotras, nosotros, cuando pensamos que aún nos falta experiencia para dar el siguiente paso. También me causa curiosidad cuando limones pequeñitos, de menos de medio centímetro de circunferencia, caen al suelo. ¿En qué momento decidieron soltarse al vacío sintiéndose listos para su misión? Y entonces viene la pregunta ¿Para qué son útiles los limones? ¿Para quitarle la sed a los humanos? Sonaría egoísta de nuestra parte o para recordarnos que debemos conectarnos con la inteligencia intuitiva para saber el momento exacto de iniciar una nueva etapa. O para ser la base de una nube cuando pase encima de él. O para colgarle un calzón, cuando no da frutos, y de la vergüenza comenzará a darlos, recordándonos que avergonzarnos puede ser un fructífero inicio.
Contemplar un limonero viejo y aferrado a compartirse es hallar razones para admirar a la naturaleza, porque resiste dando lo mejor de sí. Las limonadas más exquisitas las he probado en la casa, he compartido sus frutos porque son tantos que guardarlos solo para mí se pudrirían. Recuerdo que hace años escribí un cuento titulado “El Limonero”. Se trataba de una viejecita que cuidaba con esmero a uno. Su nieto, enviado por el abuelo que le extrañaba que su esposa pasara tantas horas en esa área de la casa, descubrió que sus ramas tapaban un hoyito por donde veía a los trabajadores del taller mecánico vecino. El secreto jamás fue revelado y la sonrisa de la abuela se conservó intacta.
Por eso, ahora que tengo un limonero en el patio y que da al traspatio de los bomberos, me viene a la mente si no fue ese cuento una premonición. Aunque no tengo tantos años, ni nieto, mis gatos podrían maullar para ronronear lo que creen ver, pero no les crea a los gatos, suelen ser más fantasiosos que sus humanos.
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