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Cultura agraria y patrimonio de los pueblos campesinos

Roger Heli Díaz Guillen
Chiapa de Corzo, Chiapas
Como efecto de la tercera transformación de México (la Revolución Mexicana), las fincas y latifundios sufrieron la rebelión campesina e indígena, que se tradujo en una transformación en la composición social de poblaciones reconocidas en el derecho mexicano, como ejidos, comunidades, nuevos centros de población ejidal y colonias agrícolas, que revolucionó las formas de producción y relación del hombre con la tierra e incidió en el cambio de la estructura feudal latifundista y posesión de tierras en pocas manos, surgiendo nuevos actores que hoy identificamos como sujetos de derechos agrario.
Toda transformación social de una nación hasta antes del siglo XX, emanaba de una revolución alimentada de rebeliones que sumaban un clamor de cambio de la sociedad civil, como sucedió en nuestro país en un incipiente capitalismo donde el campo y su riqueza fueron materia y objeto para su crecimiento económico.
Esta afirmación no busca disentir si la Revolución Mexicana fue una Transformación, “una Revolución interrumpida” o “Revolución escindida”, como lo sostienen Adolfo Gilly y Bertha Ulloa, respectivamente; o simplemente una rebelión como lo sostiene Ramón Eduardo Ruiz; aunque sí se delimita en el reconocimiento y observancia de un cambio estructural en la tenencia de la tierra, derechos agrarios, sujetos agrarios y formas de organización para la producción.
El campo mexicano, el mundo rural, la propiedad social, su biodiversidad y su riqueza cultural, son patrimonio que se sostiene en México en 99 millones, 858 mil, 804 hectáreas que corresponden en propiedad a 32 mil 82 ejidos y comunidades agrarias e indígenas, que representan el 50.81% de las 196 millones, 537 mil 500 hectáreas de superficie nacional, donde se localiza la riqueza biodiversa del país y los paisajes culturales rurales que forman parte del patrimonio de los pueblos campesinos e indígenas; además del territorio donde se sustenta gran parte el potencial agroalimentario, que representa el espacio estratégico para el impulsar el desarrollo económico del país.
La cuarta transformación, como continuidad de la Revolución Mexicana, tiene como reto la revalorización de la cultura agraria más allá del derecho agrario, asumiendo el compromiso del respeto al ejercicio autonómico de los diversos pueblos agrarios, basado en la convergencia de los mundos rural y urbano.
Muchos factores han incidido a la transformación cultural que ha impactado en el deterioro de la cosmovisión campesina, por lo que hoy se hace necesario pensar y redimensionar el quehacer en los ejidos y comunidades, que abone a una nueva ciudadanía campesina e indígena en el marco de un reordenamiento normativo y territorial, que busque mejoras en los esquemas organizativos y de gestión, atendiendo el interés común, respeto y protección sostenible y sustentable de los patrimonios culturales territoriales, materiales, naturales e inmateriales que hoy se encuentran olvidados y/o poco atendidos.
Pensar en la intervención y acción cultural en el mundo agrario, contribuirá sin lugar a dudas a un mejor vivir y convivir. Cultura es cultivar. Caminemos juntos en este propósito.

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