La crónica hablará por Chiapas


El cuchillo

Marco A. Orozco Zuarth

En la mesa seguía el cuchillo, con restos de jitomate en el filo. Parecía inofensivo, pero ella recordaba lo que él dijo al dejarlo allí: “la próxima, no va a ser el jitomate”.

No lo pensó más. Tomó a su hija de la mano, metió en una bolsa unas mudas, una foto doblada y salió sin cerrar la puerta. La madrugada olía a tierra mojada, como si la lluvia quisiera borrar sus huellas.

El autobús iba casi vacío. La niña dormía recostada en sus piernas. Ella miraba por la ventana, esperando que la carretera la arrancara de esa casa.

En cada retén, la imagen del cuchillo brillaba en su cabeza. No el de la mesa, sino todos: los que habían callado a vecinas, a primas, a desconocidas cuyos nombres terminaban en la nota roja.

Bajó en una ciudad desconocida. Caminó entre puestos de ropa barata y miradas que no preguntaban. Se sentó en una banqueta, con la niña dormida y sacó de la bolsa la foto: el rostro de su madre la observaba desde otro tiempo.

Cerró los ojos un instante. Y entonces lo sintió: el cuchillo ya no estaba en la mesa. Viajaba con ellas, escondido en sus recuerdos, esperando.

Apretó la bolsa contra el pecho, como si pudiera contenerlo. Como si aún quedara un lugar donde ese filo no pudiera alcanzarlas.

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