Jorge Éver González Domínguez/Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
En la voz del autor
Este libro nos introduce en el encuentro fortuito y al candor real de plasmar los labios, el tacto de las manos y el calor del abrazo.
La intimidad se descubre bajo el fuego terrestre, se entreteje en una encarnación del sentir sobre el tiempo y provista de encuentros y desencuentros; desde el vaivén del viento, donde trastoca un mundo de frenesí entre sábanas y enarbola el calor del alma en el interior de lo nocturno.
Existen sentimientos de compaginación y señales unidas en su conjunto. El autor alude a los deseos de la carne, donde arden las infinitas locuras fortuitas con el velo ardiente de la pasión; hay un romance implícito y un idilio presente. Construye páginas de vehemencia, al hurtar la piel y arrullar caricias con un timón de besos en el firmamento de las osadías discretas.
Se muestra una luz en el umbral arcaico de la luna, ahí donde emerge de las sombras, cerca de los silencios, en el desierto opaco, entre distancias de pupilas y con el sello indeleble del recuerdo.
Aquí los sueños taciturnos pierden su color, olvidan el tiempo y trastocan el fuego, en una amalgama de labios y un fervor palpable, en un cúmulo de recuerdos perpetuados donde se alberga la esperanza en cada lienzo de sus pasos.
Hay a veces espacios aromáticos donde es incierta la voz de la vid, en eclipses aferrados, en corazones extraviados, en suspiros que incendian el papel entre los deleites de la aurora.
Se dejan ver las manos bordadas de terciopelo, al irradiar jazmines de encaje en su regazo, entre cortinas de lágrimas, sobre labios lisonjeros y en un delirio de misterio y tempestades de la pasión.
Luis Alberto Ballinas demuestra un romance, desde la semilla hasta llegar a los frutos robados. La luna siente y atraviesa otros linderos al devorar el alimento carcomido por la sensación. Irradia ilusiones en su linterna crepuscular, remanso de silencios que abre el misterio de su cielo.
El autor alude al sonido de los labios de la musa, en un eco respirable, en el placer que envuelve su paz, en el fuego cercenado y en las hojas encendidas, estrofas llameantes como una luz en medio del propio desierto.
Existen alusiones al dibujo de pistilos matizados en la noche, al plasmar el ritmo terrenal y sellar el día entre las mieles del pecado, haciendo parpadear un romance candente desde la propia oscuridad y en cada rincón del universo.
El poeta se deja introducir en un océano de soledades, entre los brazos de la sombra y las siluetas del perpetuo brillo del sol. Describe al sauce efímero en instantes doblegados, en momentos a solas y en la cercanía de los aires de la tierra.
Las miradas penetran la figura de su aliento y despojan las ansias de iluminación. En una sonrisa de descanso y en un mundo del jamás, la sangre recobra sus ojos vivos y desfallece entre el aliento del faro de la vida.
Ilustra minutos eternos, sombras del viento y pausas del aire. Se desliza en el espejo de la luna, en los cabellos soñados de su inspiración, en la epidermis de su voz y en el esbozo de su sonrisa. El eco de su nombre enciende el corazón amortajado; tiemblan sus ojos que soslayan fijamente entre los paisajes.
El poemario produce una brisa instantánea, en el sentir espontáneo de su morada. Despierta con una eterna adoración hacia las ilusiones diáfanas, con palabras que arden de manera singular. Conmueve con el remanso de la noche crepuscular y nombre una voz inasible, como susurros al viento que florecen en la noche, entre sonrisas y miramientos entrelazados. Surge así un idilio con la luna, extraviando semblantes y floreciendo en un tránsito perpetuo, entre insomnios sutiles y madrugadas ardientes con aroma a violetas, en una vigilia donde se pierden las horas hasta llegar al sueño.
El autor describe la piel de su amada en un terco camino, cuando su voz duerme en un tiempo detenido, con palabras que anuncian su ser y en pausas de silencios.
Cada pronunciación produce un devorar de miradas, un remanso de sonrisas y un atisbo de delirios en la inmensa noche. Puedo decir que estos poemas están cargados de emoción y de sensibilidad, presentadas desde las profundidades de su yo interior; en un arte que transmite inspiración, el autor seduce con las palabras y permite conocer la intensidad de las emociones vividas al interpretar los sentimientos que emergen de su voz poética.
Ramón Siliceo Arango










