Ceci Montoya León

Jorge Éver González Domínguez / Chiapa de Corzo, Chiapas [email protected]

Ocozocoautla de Espinosa, Chiapas. 1973.
Docente de nivel medio superior y Doctorante en Educación.
Coautora del libro Aportaciones teórico-prácticas a la bioculturalidad para la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas.
Publicó en Colectividad con Nichim Otanil, de Los Altos de Chiapas, un artículo que fue traducido en Tsotsil, Lacandón y Ch’ol.
Autora del libro Crónicas de Ocozocoautla “Corazón Zoque”.
Ganadora del premio C.N.T.E Nacional, con la investigación: Plantas medicinales escolares. Conferencista sobre la cultura Zoque, fotógrafa y expositora documental y de Naturaleza, promotora cultural, coordinadora del grupo cultural Ponzoquí.
Realiza publicaciones para un diario de Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Las letras y su vida
“No recuerdo una fecha precisa cuando encuentro las letras, pero fue desde la infancia, siempre me gustó estar rodeada de libros y hubo un instante en la adolescencia que se convirtió en una urgencia, lo sentí como un desbordamiento del alma en que la realidad ya no bastaba y tuve que inventarme letras y palabras para sostener el mundo en una libreta envuelta de encaje rosa. Las letras vinieron a mí como lluvia sobre tierra sedienta; desde entonces escribo para que algo florezca.
Todo aquel que escribe deja huellas, y las huellas orientan o confunden. La palabra no es inocente, construye realidades. Considero que la crónica tiene un pulso social, un deber con la memoria y la poesía, aunque hable desde la intimidad, lleva consigo la respiración de su tiempo. Escribir es también un modo de cuidar al otro, de tender un puente entre lo humano y lo invisible. Sí, la poesía tiene responsabilidad social: la de no callar.
Escribo para no desbordarme. Escribir ha sido mi forma de respirar cuando el mundo pesa demasiado. También me ha servido para comprender al otro, para reconocerme en su herida, en su risa, en su tiempo. Para entender que el dolor también tiene rima, prosa y que la esperanza es un oficio manual.
Escribir me ha enseñado que la memoria no muere si se convierte en letras, que rescata tradiciones, cultura, oralidad.
Las letras ofrecen eternidad. Lo demás pasa; las letras permanecen. Te permiten dialogar con los muertos, conversar con los que aún no nacen. Ninguna otra actividad abre tantas puertas al alma ni tantos túneles hacia lo invisible.
Las letras te devuelven el alma cuando el mundo intenta cobrártela con prisa”.
El aprendizaje
“He aprendido que los pueblos sobreviven no sólo por su pan, sino por sus canciones, sus mitos, sus historias. Que detrás de cada danza, de cada libro, hay una forma de resistencia frente al olvido.
Y que la poesía -esa hermana pequeña de la historia- también documenta los latidos de los pueblos.
He aprendido que escribir es una gran responsabilidad que se trabaja en colectivo, con la certeza de sentir que uno pertenece a un río más grande, al río de quienes sueñan mientras escriben.
Me enseñaron la humildad del asombro. A mirar el mundo con ojos de niño y con voz de anciano. A entender que pensar y sentir no son opuestos, sino amantes que se necesitan. A comprender que cada historia es una forma de conocimiento”.

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