Violencia de género =Violencia simbólica

Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas. [email protected]

Toda violencia de género es violencia simbólica, en tanto implica relaciones de poder desiguales histórica y culturalmente establecidas entre hombres y mujeres. Tienen su origen en pautas culturales, prácticas, estereotipos y representaciones que construyen los cuerpos de una manera determinada, inscribiendo en ellos unas significaciones culturales y sociales; esta construcción social del cuerpo por la cual atraviesa todo ejercicio de dominación simbólica, se da en una interrelación entre aspectos como la etnia, el sexo, la lengua y la religión.
Frente a los casos de violencia física o material, existe un agresor que se puede identificar, apresar en el mejor de los casos y, cuya corporalidad, a veces, da sensación de avance o de estar erradicando la violencia hacia las mujeres, una vez se supere la impunidad. Pero en el caso de la violencia simbólica, es la cultura el sujeto enunciador de la violencia, que no encuentra materialidad alguna en su desarrollo y en su invisibilidad y justamente, sostiene su función ideológica de dominación.
Existe una violencia más sutil y perversa que se sostiene en el lenguaje y en las representaciones culturales que, al naturalizarse e invisibilizarse, dan garantía de éxito en tanto no se cuestiona lo que no se puede ver. Es la imposibilidad misma de ser identificada, la que sostiene su función ideológica y poder simbólico; la violencia simbólica es la que asegura la dominación y la que justifica y legitima la violencia estructural y la violencia directa.
La violencia simbólica se entiende como aquellos mensajes, valores, iconos, signos, que transmiten y reproducen relaciones de dominación, desigualdad y discriminación en las relaciones sociales que se establecen entre las personas y naturalizan la subordinación de la mujer en la sociedad.
Entre los diversos mecanismos de legitimación e institucionalización de la violencia simbólica y de la violencia basada en género, se encuentran las representaciones culturales y sociales de los cuerpos sexuados, el lenguaje como agencia, acto prolongado o una representación con efectos, probablemente en los cuerpos sexuados que encarnan las relaciones de poder entre los sexos y que se logran expresar en la identidad de género; y los mecanismos psíquicos del poder, que facilitan la sujeción a los procesos de dominación y la naturalización de la reproducción de la ideología de dominio.
La dominación masculina tiene todas las condiciones para su pleno ejercicio. La preeminencia universalmente reconocida a los hombres, se afirma en la objetividad de las estructuras sociales y de las actividades productivas y reproductivas, y se basa en una división sexual del trabajo de producción y reproducción biológica y social que confiere al hombre la mejor parte, así como los esquemas inmanentes a todos los hábitos.

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