El valor del arte
Lilia Ma. Calderón/Las Margaritas, Chiapas [email protected]
El valor es un concepto profundamente ambivalente. Trae a la mente ideas de valores éticos y sociales, así como juicios de valor y valores económicos.
Si se visualiza con la teoría del valor de Marx, se presupone sin duda el carácter de mercancía del arte. A fin de cuentas, la mercancía es el lugar donde se cristaliza el valor; este requiere conformidad con la forma de la mercancía, de la misma manera que las mercancías se caracterizan por su valor. Entonces, desde el punto de vista del valor, se debería considerar las obras de arte como un tipo de mercancía más. Ahora, las obras de arte adquieren efectivamente la forma de mercancía desde el momento en que circulan en el mercado del arte, o más precisamente, en sus distintos segmentos, como el mercado comercial, el mercado del conocimiento, etc. En sí mismas no son ni mercancías ni valores, sino meros productos del trabajo, pero una vez que se venden en una subasta, una vez que son intercambiadas (por dinero, honorarios o reconocimiento simbólico) se transmutan en objetos de valor, es decir, en mercancías. Lo que se revela en este intercambio es la dimensión social de estas obras individuales o productos del trabajo, un proceso que es equivalente a su transformación en mercancías.
Aun así, puede haber ciertas situaciones (como cuando un artista desarrolla sus ideas en el taller o cuando alguien mira una obra en una exposición) en las que la forma-mercancía del arte no está en primer plano. Tales situaciones permiten que otras cualidades salgan a la luz: estéticas, propias del medio o cognitivas. Al final, uno de los privilegios del arte es que puede mantener una actitud crítica frente a su carácter comercial y adoptar medidas para contrarrestarlo.
En el Arte, el proceso individual de producción no se oculta, sino que se revela bajo una gran variedad de formas. El valor de estas obras no se basa en absoluto en la transformación del trabajo individual en trabajo social y en la subsiguiente negación de ese proceso; por el contrario, estas obras enfatizan la presencia del trabajo individual, lo que curiosamente no disminuye su carácter fetichista ni dificulta la capacidad del público para fetichizarlos. A diferencia de la mercancía marxista, la mercancía artística evidentemente responde al deseo, tan extendido en la era de la autorrealización, de lo individual, lo concreto o incluso el trabajo no alienado no sólo es posible, sino que además está contenido en el propio objeto de valor. Es decir, ofrece la promesa, tan crucial para los inconformistas creativos, de que el arte es el único dominio donde es posible el trabajo libre.
A diferencia de otras mercancías, las obras de arte son singularidades que sólo el artista tiene la potestad de fabricar, lo que le otorga el privilegio del monopolio. No hay en ninguna parte algo equivalente a lo que ofrece a la venta; por lo tanto, tomará medidas para garantizar la rareza de su producto, como limitar la circulación de un producto múltiple. La singularidad y la rareza son factores que contribuyen a que su obra lleve el sello de un trabajo individual.










