8 de enero, 1994.
Hace 32 años, el popular ‘Quincho’ dejó este mundo y pasó a otro plano, ese al que un día todos hemos de llegar.
Grande, como pocos.
La poesía de Joaquín Vázquez Aguilar dejó una huella imborrable en las letras chiapanecas y es casi inconcebible que hoy, muchos no conozcan ni su vida, ni su obra. Particularmente, las nuevas generaciones que tal vez, no conozcan ni su nombre.
Urge que las autoridades competentes hagan algo y pronto, para rescatar y dar a conocer una de las grandezas literarias que le dan lustre a la cultura en Chiapas.
Hoy, en memoria del inolvidable Quincho, me permito compartir una breve biografía y uno de sus poemas. Este material fue publicado en circulodepoesia.com el 10 de octubre de 2018:
Autodenominado como poeta capusvobense, debido a su origen, Joaquín Vásquez Aguilar, también conocido como Quincho, nació el 15 de agosto de 1947 en Cabeza de Toro, municipio de Tonalá, Chiapas.
Perteneciente a una familia pescadora, en compañía de su padre y hermanos recorrió los manglares y esteros de la zona, compartiendo así las labores de la pesca, aunque, hay testimonios que resguardan las aptitudes de Joaquín como pescador y su preferencia por el estudio y la literatura.
“Joaquín no pescó mucho porque a él más le gustaba estudiar; agarraba cualquier revista, cualquier periódico y le gustaba estudiar. Le dije a mi papá: Joaquín es bueno”.
Fue desde la primaria que Joaquín obtiene el gusto por leer y memorizar toda clase de textos; sin embargo, la falta al acceso de una continuación educativa en la localidad de Cabeza de Toro (1960), provocó que el joven escritor se mudara a la capital del estado para así continuar con los estudios de secundaria, fue en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas (ICACH) donde dio el salto que lo orillaría hacia los mares poéticos, con la ayuda del maestro Luis Alaminos, Andrés Fábregas Roca -editor de la revista ICACH- y Daniel Robles Sasso, entonces rector del ICACH. Cabe destacar que en la secundaria sus compañeros ya se referían a él como escritor.
El destino poético que a Joaquín le deparó se vio definido por Luis Alaminos, quien le recomendó grandes poetas contemporáneos de la lengua española, tales como Federico García Lorca, César Vallejo, Miguel Hernández, Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Reynaldo Velásquez; más tarde, diría que sus piedras angulares serían César Vallejo, Juan Rulfo y Jaime Sabines. Así también, inició su formación como actor siendo parte del grupo teatral de la escuela “El surco”, mismo que fue dirigido por el maestro Alaminos.
Vásquez Aguilar escribió poesía, relato, ensayo y artículos, destacando notablemente en el ámbito poético. Publica sus primeros poemas a la edad de 23 años en la revista del ICACH; su obra poética comprende de los volúmenes Cuerpo adentro (1978), Aves (1989 y 1994), Vértebras (1982), Casa (1984), Joaquín Vásquez Aguilar [sic] (antología poética, 1985), Cuaderno perdido (1989), Erguido a penas (1991), Feminario (1992), Antología personal (1993) y Pequeño Paraíso Perdido (póstumo, 1996).
Joaquín Vásquez Aguilar fallece en los primeros días de enero de 1994, dejando entre sus cosas un volumen de poesía que acababa de escribir, el cual intituló Pequeño paraíso perdido, mismo que fue publicado bajo la dirección editorial del maestro Luis Alaminos con el sello de la Universidad Autónoma de Chiapas y el Colegio de Bachilleres en 1996.
Ulises Sánchez Villalobos, Yadira Rojas León y José Antonio Alfonzo Pulido
Recado de Familia
en memoria del viejo Emeterio, mi padre
I
desde el manglar me preguntaron las iguanas
por ti
los bagres del estero también me preguntaron
el viento y sus gaviotas
tu canoa
tu atarraya
mamá me preguntó por ti
y yo tuve que hacer este recado
y ponerlo en el pico de la garza más blanca
a ver si en la blancura te encontraba
y lo amarré a la tristeza del pez más profundo
a ver en qué rincón del agua te encontraba
y se lo dije a la lluvia en su gota más secreta
y al salitre en su yodo más recóndito
y al más fino pliegue del vestido negro
de mamá y las hermanas
padre
que estamos esperando
alguna brisa tuya entre las ramas de los mangos
algún indicio de tu nombre en el polvo del patio
algo que nos diga cómo te va
don Emeterio
cómo la vas pasando allá
en esa oscuridad que brilla
al otro lado de nuestras lágrimas










