Perita Cernas / Diario de Chiapas
¡Hola, mis girls hermosas, —lectores— devoradoras de libros y hambrientas de conocimiento! A ver, acomódense en su rincón de lectura favorito porque hoy venimos a platicar de algo monumental. Hoy toca hablar de la grandísima Rosario Castellanos, porque lo que esta señora hizo en 1950 fue, literalmente, romper el algoritmo de la filosofía mexicana.
Ponlos en situación. Imaginen la escena. México, 1950. Universidad Nacional Autónoma de México. En esa época, los pensadores ultra respetables del grupo El Hiperión estaban obsesionados con la mítica pregunta: «¿Qué es el ser mexicano?». Estudiaban el trauma del mestizaje y la identidad nacional… pero para ellos, ese «mexicano» genérico era, por defecto, un señor con bigote. Y de repente llega Rosario, con sus recién cumplidos 25 años y un amor feroz por las letras, a decirles: «Oigan, perdón que interrumpa su fiesta intelectual, pero en todo esto que llaman Cultura… a nosotras nos dejaron completamente fuera del servidor».
Así nace su tesis de maestría: Sobre cultura femenina. Y no solo aprueba con honores, sino que coloca la primera piedra del feminismo filosófico moderno en nuestro país. O sea, una genialidad absoluta.
Lo fascinante de este texto es ver cómo Rosario desarma a los vacas sagradas europeas que todos leían en la época —como Schopenhauer o Georg Simmel—. Estos señores decían cosas como que las mujeres no creamos cultura porque nuestra energía vital ya está ocupada en la biología, creando vida. Y Rosario, en lugar de solo hacer berrinche, se echa un análisis estructural pasadísimo y dice: «A ver, la Cultura —con C mayúscula— ha sido definida por los hombres como aquello que trasciende a la muerte. Si a la mujer se la encierra en el plano meramente biológico, es obvio que queda relegada a ser una receptora inerte».
Si una mexicana en 1950 quería escribir, pintar o pensar, el sistema la veía como una anomalía. Tenías dos caminos: o la muerte intelectual entre el té y la casa impecable, o convertirte en una «rarez» pagando un costo carísimo de soledad. Rosario demostró que esto no era










