Francisco Félix Durán / Diario de Chiapas
En África Central existe un país llamado Chad, en donde al igual que otras naciones que integran este continente, el aborto es castigado penalmente y aún se acostumbra la ablación femenina (mutilación genital), ambas acciones son impulsadas por una sociedad mayoritariamente islámica provocando que las mujeres busquen alternativas clandestinas para liberarse de estas imposiciones y salvaguardar la integridad de sus hijas.
Esta es la historia de Lingui, los Lazos Sagrados, escrito y dirigido por el chadiano Mahamat-Saleh Harún, quien nos cuenta sobre Amina, una madre soltera que se dedica a vender calentadores artesanales, pero su cotidianidad se ve interrumpida cuando descubre que su hija María está embarazada.
La protagonista no desea que su descendiente repita su vida, ella es mal vista por su comunidad debido a que fue madre fuera del matrimonio y es obligada a rezar diariamente para expiar su culpa, razón suficiente para que su familia le diera la espalda con la idea de que debería sentirse afortunada si recibe una propuesta matrimonial.
Es así como Amina decide apoyar a su hija para que aborte, pero los costos en una clínica y de manera secreta ascienden a un millón de francos de África Central, que equivalen a poco más de 30 mil pesos mexicanos y en sitios clandestinos las condiciones son realmente insalubres, en ambos sitios no existen garantías sobre su vida.
En su búsqueda, descubren que son las mismas parteras las que realizan los abortos, además de llevar a cabo ablaciones femeninas o bien en secrecía, fingir que las ejecutan por un costo extra a petición de las madres para evitar la mutilación de las niñas sin que lo sepa el padre.
En Chad, el aborto estaba completamente prohibido en el país hasta el 2017, cuando fue despenalizado solo en las siguientes situaciones excepcionales: violación o agresión sexual, incesto, riesgo para la salud física o mental de la madre y riesgo para la vida de la madre o del feto. Practicarlo o someterse a un aborto fuera de la ley conlleva de 5 a 10 años de prisión.
Por otra parte, este país tiene muy arraigada la mutilación genital femenina, el 38% de las mujeres y niñas de entre 15 y 49 años han sido sometidas a este procedimiento. Según las creencias y tradiciones sirve para disminuir y controlar el placer sexual, además de formar parte de un ritual para el matrimonio y es una forma de garantizar el honor y futuro socioeconómico de las mujeres.
Lamentablemente, aunque esta historia se desarrolla en otro continente, tiene similitudes con algunos países de Latinoamérica, en donde aún se lucha por la libertad sexual.










