Texto EN LA CIUDAD/Perita Cernas
Michel Foucault nació en Poitiers, Francia, en 1926. Estudió filosofía, trabajó en instituciones psiquiátricas y desarrolló una obra que atravesó temas como la locura, las prisiones, la sexualidad, la medicina y el conocimiento. Murió en París en 1984, víctima de una enfermedad relacionada con el sida.
Pero reducirlo a una lista de temas sería perder lo interesante. Foucault no estaba simplemente interesado en el poder. Quería descubrir cómo funciona cuando deja de parecer poder.
Su gran pregunta era cómo determinadas sociedades construyen aquello que consideramos normal, verdadero, racional o aceptable. Para él, el poder no vive únicamente en un presidente, un gobierno o una institución. También puede encontrarse en una escuela, un hospital, una cárcel, una familia o incluso en la manera en que aprendemos a observarnos a nosotros mismos.
En Vigilar y castigar, publicado en 1975, estudia la transformación de los sistemas de castigo y desarrolla una de sus imágenes más famosas: el panóptico. Una estructura en la que el prisionero puede sentirse observado incluso cuando nadie lo está mirando. La idea es aterradoramente sencilla: llega un momento en que ya no necesitas que alguien te vigile porque has aprendido a vigilarte tú mismo.
Y entonces aparece Hélène Cixous. Nacida en Orán, Argelia, en 1937, Cixous creció entre lenguas, culturas y tensiones coloniales. Se convirtió en escritora, filósofa, dramaturga y una de las figuras fundamentales del pensamiento feminista francés. Fue profesora en la Universidad París VIII y participó en la creación del Centre universitaire expérimental de Vincennes, un espacio educativo particularmente innovador después de Mayo del 68.
Foucault preguntó cómo el poder produce sujetos, Cixous cuestionó qué ocurre cuando ese sujeto ha sido definido históricamente desde una perspectiva masculina. Su propuesta más famosa es la escritura femenina, la écriture féminine: una forma de escritura que busca escapar de estructuras lingüísticas y culturales que durante siglos han privilegiado una experiencia masculina como si fuera universal.
En La risa de la Medusa, publicado en 1975, Cixous invita a las mujeres a escribir, pero no únicamente en el sentido de producir literatura. Escribir significa recuperar el cuerpo, el deseo, la imaginación y una voz que durante mucho tiempo había sido narrada por otros.
Y aquí es donde ambos pensadores se vuelven fascinantes juntos. Foucault nos obliga a mirar las estructuras que nos producen. Cixous nos invita a preguntarnos qué podemos hacer con aquello que hemos heredado. Él desmonta la maquinaria. Ella busca otra manera de hablar dentro de ella.
Para empezar con Foucault, elegiría Vigilar y castigar. No porque sea necesariamente su libro más sencillo, sino porque después de leerlo empiezas a sospechar de cosas bastante ordinarias: los horarios, las reglas, las instituciones, las calificaciones y hasta esa pequeña voz interior que te dice que deberías estar haciendo algo productivo.
Para comenzar con Cixous, elegiría La risa de la Medusa. Es más breve y tiene una energía completamente distinta. No intenta construir una teoría perfectamente ordenada. Es apasionada, poética y provocadora. Es filosofía que parece haber decidido ponerse perfume antes de salir de casa.
La reflexión que ambos nos dejan: no somos tan libres como nos gusta imaginar, pero tampoco estamos completamente determinados por aquello que nos ha construido.










