Papel, tinta y verso…

Enrique Flores Amastal. Ciudad de México

La majestad de la escultura

La majestad de la
escultura
es la variedad de las miradas.
El deseo del
escultor, con su obra,
es encerrar el
alma para desearla.
Seguir ocultos
sueños de opio,
desesperanza de la idolatría,
en tu lejana existencia,
gaviota que
vuela otros cielos,
otean bellos Muslos destructores de sueños
piel en espera,
confrontación,
cementerio de
necesidades rotas.
Insomnio que se
sueña a sí mismo,
nunca una foto es más secreta
que tu piel
virginal y su deseo.
Dejas que te
toquen, porque así
confirmas que “no eres el sueño de nadie”.
Los parpados, pesadas lozas
cierran los ojos y tú estás en las pupilas,
la piel que cubre tu cuerpo, se desea,
también tus labios, y el alma a través de tus ojos
porque cuando dos almas coinciden
jamás se olvidan, crean su propio tiempo.
Si tu piel toca mi piel, se incendia el cielo
porque en tu
nombre lo llevas:
eres Mujer, altar del cielo.
Nuestros cuerpos se reconocen.
Imaginario colectivo
Tú existes en el
imaginario colectivo,
te arropan, y eres
mujer de mil colores,
aspiracional, de mente abierta,
de redes sociales y alcornoques.
Ojos verdes como la mar,
deseada por mil
pretendientes delirantes.
El poema recrea tu
belleza, la mistifica,
en un mundo de hombres niños,
que se enamoran de quinceañeras,
aunque es
cotidiano, no es normal
que sueñen despiertos.
¿Y la
experiencia adquirida?
Fruslerías, te
enamoras y ya.

Enrique Flores Amastal

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