Jorge Éver González Domínguez / Chiapa de Corzo, Chiapas
INSOMNIA
Fragmento
I
Con la certidumbre de la arena en los ojos me adentro a todos los insomnios
posibles e imposibles; con la certeza del polvo y la vigilia en cada página; entonces, no puedo afirmar si esto es un poema,
por lo menos una epístola de anacrónica manufactura y del centro de este silencio explota un grito, curvando cada línea de mi sueño apenas concebido. Recorro
cada páramo del lenguaje que se incendia.
Es este maremágnum, el
delirio, la calle, la rabia.
Es toda esta palabra que me habita y duele y persiste. Ni mil barriles de tinta bastarán.
La vasta noche es ahora fuego y herida, un blues a medianoche, a media calle, a media luna. Cada silencio noche adentro, es un presagio, detona la adrenalina, el ansia animal de la luz, quizá la esperanza de un amanecer o de una voz que enumere los instantes de lejana paz, que pronuncie mi nombre en un solo de sax.
No hay nada más valioso para
habitar este silencio que una
ventana que da al infinito y el jazz.
Una voz que renombre al
mundo y sus demonios.
II
Una última palabra, dijiste.
Como si las palabras fueran tragos, como si
fueran el agua que colme
todos nuestros desiertos.
Un último lamento de medianoche en alta mar.
Un último lamento antes de
reemprender la noche,
cielo arriba, roca abajo.
Y encendiste tu enésimo tabaco.
Y después de la última palabra, ¿qué?
¿Ya no más lluvias a mitad de la tarde?
¿Ya no más palabras?
¿Ya no más fotografías vintage al
borde de un despeñadero a donde se
precipiten los “likes” y los recuerdos?
Pero no dijiste nada.
Era tu ausencia diciéndolo todo.
Me queda claro que esa última palabra,
como la primera, era el silencio.
Tres cosas son muy necesarias en esta ciudad:
un cigarro para incendiar la noche,
una cerveza fría para no morirse de dolor
y una pistola cargada para
morirse si es necesario.
III
Cuando estos relojes marquen la hora
cero, desde ese maldito tic tac sobre los
muros, mis labios serán aún más silenciosos.
Los filos sanguíneos de la ventana, las palabras rotas esparcidas en el olvido,
una rosa seca entre las páginas
ambarinas de esta bitácora de vuelo;
todo, habrá de alinearse e inventariarse, incluidas las vísceras y las lágrimas.
Las deshoras y los olvidos, los adioses.
Esta ciudad fue diseñada
para ejercer el insomnio.
Que sea la noche el lienzo y el escenario.
Que no basten la memoria y la palabra.
Cuando estos relojes marquen la hora cero,
entregaré mis cuadernos al Río Grijalva.
De sobra sé que no me
salvará lo que he dejado escrito,
aunque lo escrito nadie me lo quita.
¿Cómo justificar que escribo a la antigua?
Con pluma fuente en hojas que el otoño me ha traído.
Con máquina de escribir en papel amarillento.
Cuando estos relojes marquen la hora
cero, habré de sumar todas las soledades
no sólo porque el mundo es un
lugar peligroso para la vida y el amor;
porque será propicio tirarse a los caminos a rodar una película en sepia, o en blanco y negro, entrar a una cantina y buscar pelea, y que la banda sonora sea el Black Album de Metallica. Una línea de pájaros en el cielo.
La tinta negra escurriendo
sobre la hoja forma mi nombre.
Ese maldito tic tac no se
detiene jamás, ni con la muerte.
SOBRE EL AUTOR
Tiltepec, Mpio. de Jiquipilas,
Chiapas, 13 de agosto de 1979.
El escritor ha sido miembro de diversos talleres literarios en México. Ha publicado en medios impresos y digitales, desde revistas literarias hasta semanarios.
Ney Antonio Salinas Domínguez, es autor del volumen de relatos: El retorno y otras nocturnidades, de las novelas: Sombras de la avenida, Sino de Lestrigón y, Venablos de ira.










