Excélsior / Diana Oliva
El crujido de las hojas de totomoxtle (hojas secas de maíz) y el aroma a dulces tradicionales inundan las plazas mexicanas cada jueves de Corpus Christi. El obsequio de pequeñas mulitas artesanales despierta una enorme curiosidad colectiva, entrelazando la devoción religiosa con la herencia pluricultural del país.
Documentos históricos de la Universidad Panamericana y crónicas de la Archidiócesis de México, validan que esta práctica nació en el siglo XVI con la llegada de los primeros misioneros españoles, quienes instauraron la solemnidad litúrgica.
Se regalan mulas en Corpus Christi para recordar la llegada de los antiguos campesinos a las catedrales, quienes transportaban sus cosechas en estos animales, y para evocar el milagro de san Antonio de Padua y la mula que se arrodilló ante la Eucaristía.
En la época virreinal, los indígenas y agricultores de las regiones periféricas viajaban durante días con sus bestias de carga para rendir tributo a Dios. Las mulas, cargadas de flores y primicias (primeros frutos de la cosecha), se apostaban afuera de los templos principales.
Esta estampa cotidiana se transformó en una artesanía gracias a la creatividad de los maestros hacedores, quienes comenzaron a modelar figuras con barro, palma y hojas de maíz para conmemorar la fidelidad de aquellos hombres de campo.
El origen histórico y el milagro del animal que se arrodilló
El origen de esta tradición se conecta directamente con un relato medieval donde una mula hambrienta rechazó su avena para inclinarse ante la hostia consagrada. Este prodigio, atribuido a la intercesión de san Antonio de Padua, convenció a los escépticos de la presencia divina.










