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Sibelius Fractal, novela de Alejandro Aldana

José Natarén
Tuxtla Gutiérrez, Chiapas
Recibí con entusiasmo Sibelius Fractal de Alejandro Aldana Sellchopp, hombre y escritor excelente, cualidad tan difícil de hallar. Se dificulta comentar con justicia lo escrito por alguien a quien sentimos cercano en el aprecio. No obstante Aldana es un buen novelista, investigador, intelectual y académico: la misión se facilita.
Fractal Sibelius está protagonizada por Ángel Sibelius, sí, como Jan Sibelius, personaje que en la novela será hijo, amante, amado, niño, adulto, observador, narrador, actor, paciente, agente, es todos y sí mismo, Ángel. Novela breve o cuento extenso; escritura dialéctica, de oposiciones, de “giros de la trama, giros de tiempo y giros del lenguaje”, imágenes, símbolos, con personajes arquetípicos pero construidos con originalidad, o sea, yendo al fondo de nuestra condición, donde se origina toda posibilidad humana.
La obra refleja sus lecturas, manifiesta un diálogo con la tradición, con Goethe, con Lezama, Borges, con Joyce, con Ítalo Calvino, según nos dice el propio Aldana. Destaca la presencia de Shakespeare: personajes arquetípicos, el héroe joven y el viejo delirante; Hamlet y el rey Lear, los actores, el rey padre loco o el rey padre espectro se fusionan en la figura del “Diablo”. Ofelia no se escapa de la mirada de Aldana, la novela que es una rara ave de la tradición chiapaneca, acudiendo tanto a los textos de narrativa: cuento y novela, como a la antología crítica del género, producto de las investigaciones del propio autor, experto en el tema.
Algunos elementos de la novela que quiero resaltar: La relación entre el sueño y la vigilia. Fusión y confusión de ambas regiones en el relato. ¿Sueño, realidad, realidad interior? El otro y la psicología: El símbolo de la madre, sueño, horror, vacío nutricio. Todos eran ángel, los hermanos, el maestro, incluso.
El personaje del maestro, formador sui generis, el bribón envilecido por los años -más que sabio, curtido de experiencias mundanas- procede a iniciar a su pupilo, el protagonista de múltiples fases. Recuerda a Melquíades de Cien años de Soledad. El símbolo de la iniciación, del nuevo estadio en que se abren la puerta para unos cuantos, de par en par a lo terrible, es la carta XV del tarocchi, el tarot, que algunos datan a las dinastías de Memphis, a los templos de Nínive o al medievo, herramienta de magos y ocultistas, videntes, agoreros, sibilas y pitonisas. La presencia de la Bruja en Fractal Sibelius recuerda a madame Sosostris de la Tierra Yerma de Eliot y a las hechiceras al inicio de Macbeth, que sabiamente nos advierten: “Hermoso es lo feo y es feo lo hermoso”.
Cabe inquirir por el calificativo fractal. ¿No es acaso, sin entrar en la formalidad y en el rigor de la definición matemática, una estructura que se reproduce a escala en sus propios bordes, que se “copia” sí misma y se conforma a partir de estas réplicas? la posibilidad de encontrar analógicamente cierta estructura una y otra vez, ad infinitum, los desdoblamientos de Ángel Sibelius.
En Sibelius Fractal se advierte un equilibrio entre fondo y forma, entre el qué y el cómo. Se dice mucho y se dice bien. Por supuesto, al centro de esta pericia técnica, o malicia en la construcción de la narrativa, se encuentra una interpretación aguda, una comprensión de las pasiones que nos caracterizan. No hay arte sin lo profundamente humano.

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