Jorge Éver González Domínguez / Chiapa de Corzo, Chiapas

Nací en Chachí, al margen del río Grande. De niño conviví con las iguanas, con las culebras, con los perros de agua. Todos los días trepaba al cerro del Ishcán y disfrutaba el canto de las pavas. Baru¬llo de pericos era nuestra casa. Parvadas de perdices rondaban por los patios.
¡Del residón plantado por mi padre bajaban salmos de fragancia!
El tiempo olía a yerbabuena. A desgajada lima de pechito ¡De los trapiches llegaba enloquecida la mistela!, ¡la miel de dedo!, ¡la melcocha!, ¡la panela!
Con sorbos de aguardiente, mi abuelo destapó mi pecho. Clamé fuerte. ¡Mis gritos mordieron las estrellas!
Después entré a la escuela y me encontré con la Poesía: ¡Oh!, Dios mío. ¡Qué maravilla!, ¡los versos de Darío hervían en mi boca!, ¡picábame en la lengua un avispero! Agua encantada me pareció su Gran Poesía: Y la llevé a mi casa y me dormí con ella. Y desperté pensando, pensando sólo en ella.
Te gustaba -dice mi madre- que tus hermanas te leyeran en voz alta. Y cuando ellas se cansaban, pedíasme llorando que lo hiciera.
Y, tartamuda y toda, te leía hasta quedarte bien dormido entre las ramas del adelfo. Luego te levantabas y te subías al jícaro más alto, y desde ahí abrías tu sonrisa y la soltabas cual mágica granada.
Cambiabas tus dedos por canicas, tus pies por potros de carrizo.
Después creciste y recorriste los campos a caballo. La yegua que montabas, de tan arisca, entraba reparando hasta la casa.
Ahora lo recuerdo: rompí la tierra con mis manos. Domé caba¬llos en el agua. Bebí posol bajo los mangos.
Y ahí seguía, sonriente, desnuda, la Poesía. La llevé de nuevo hasta mi casa y me acosté con ella. La nombré con lengua de la¬briego y la hice completamente mía. Y desde entonces ella es mi sombra. Ella me alumbra. Ella es mi lumbre:
Yo, soy Poesía.

Tomé a la poesía como vehículo expresivo,
como quien hace de la roca su recinto,
su colmena.
Comprendí, que, quien escribe
“se libra de la camisa de fuerza”.
¿Quién surge ya de sí
como tañendo aquella flauta que apacigua?
¡Mirad, el rostro de la tierra cómo cambia,
cuando al soplar, conviértense las piedras
en laúdes!
¡Qué miel extraña la que vierto,
como de abeja extinta, como de flores pétreas!
He recibido en el corazón el rayo de la gracia.

Sobre el autor

Nació en Chachí, Venustiano Carranza, Chiapas, el 15 de abril de1960. Becario del Centro Chiapaneco de Escrito¬res. En 1984, obtuvo el Premio Estatal de Poesía Rodulfo Figueroa. En 1985, mereció el Premio de los Juegos Flo¬rales de San Marcos. Ese mismo año obtuvo el Segundo Lugar Nacional de Poesía de la Revista Punto de Partida de la UNAM. En 1993, recibió la Primera Mención de Ho¬nor de los Juegos Universitarios de Campeche. En el año 2013, fue galardonado con la Presea Armando Duvalier, por su trayectoria literaria. Ha publicado: Para Llorar a Solas (edición incompleta), El Agua Desbocada, Rescol¬do Bajo el Agua, Casa del Sur, Arpa Vegetal, Cantar del Fuego (antología poética), Triscar de la Serpiente, Cla¬mor de Luz, Clamor de Piedra, Lección de la Balanza y Yesca (Poesía reunida). Poemas suyos ha sido traducidos al Tsotsil y Portugués.
Radica en Laja Tendida, Chiapas.

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