Las palabras cambian

Un espacio dedicado a la Asociación de Escritores y Poetas Chiapanecos, A.C.

Edgar Colmenares Sol. [email protected]

La Asociación de Escritores y Poetas Chiapanecos, se reúne cada mes, dicen: Un viaje al corazón de la poesía, el ensayo y el cuento latinoamericano.

La poesía no cabe en un diccionario. Es más vieja que los libros y más joven que el suspiro que das cuando ves llover. Poesía es nombrar lo que duele sin que sangre. Es mirar a tu hija dormir y entender, sin palabras, que el universo entero te cabe en el pecho.

La poesía es el primer lenguaje del ser humano. Antes de la ley, antes del contrato, antes del Excel, existió el canto. Un hombre miraba el fuego y decía: “arde”. Y en ese verbo ya había asombro. Ya había poesía.

En la vida diaria, la poesía no está solo en los libros de Sor Juana o de Neruda. Está en el “te quiero” que se te atora a las 7 am. Está en el vendedor del mercado que grita “¡lleve la sandía, corazón rojo!”. Está en el niño que inventa que las nubes son dinosaurios.

La poesía nos entrena para ver. Y el que ve bien, sufre menos y ama mejor.  Les devuelve permiso para sentir. En un mundo que les pide dureza, un verso les recuerda que llorar también es de valientes. Que Octavio Paz también dudó. Que Benedetti también tuvo miedo. Les confirma que su voz no es “demasiado”. Que Alfonsina Storni ya dijo “tú me quieres blanca” hace 100 años y, que su rabia, su ternura y su cuerpo son territorio poético.

A niñas y niños les enseña que imaginar es un superpoder. Un niño o una niña que juega a rimar “luna-cuna” está aprendiendo que el mundo se puede reorganizar. Y quien reorganiza palabras, mañana reorganiza su destino.

Si la poesía es universal, la poesía latinoamericana es el acento. Es hablar con la boca llena de selva, de desierto, de barrio y de madre. No nacimos neutros. Nacimos con volcanes en la espalda. Por eso nuestra poesía no le teme al grito ni al susurro.

Aquí convive César Vallejo muriéndose de pena en París con Gabriela Mistral arrullando a todos los niños y niñas huérfanos del mundo. Convive Nicolás Guillén con su tambor mulato y Rosario Castellanos preguntándole a Dios por qué duelen tanto las mujeres.

La memoria: Escribimos con los muertos en la mesa. Desde las crónicas de la Conquista hasta los desaparecidos, el poeta latinoamericano carga nombres. No olvida. Y al no olvidar, nos salva del cinismo.

La mezcla: Somos hijos del español, del náhuatl, del quechua, del yoruba, del gallego. Por eso Juan Gelman puede llorar en ladino y Nicanor Parra puede reírse de todo con antipoesía. Somos impuros, y esa es nuestra riqueza.

La esperanza terca: Aunque nos maten la primavera, escribimos otra. Mario Benedetti lo dijo: “el sur también existe”. La poesía latinoamericana cree, contra toda evidencia, que mañana puede ser justo. En la fila del banco, en el metro a las 6 pm, cuando lees a Idea Vilariño en el celular, algo en ti se endereza. Recuerdas que eres parte de un continente que convierte el dolor en canto. Y eso, hermano, es medicina.

El ensayo es la conversación más honesta que puedes tener contigo mismo. No es tesis ni es sermón. Es un “no sé, pero quiero entender” puesto en papel. Montaigne lo inventó enfermo en su torre: “¿Qué sé yo?”. Y con esa duda fundó la libertad.

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