El carisma se gana y se demuestra; ser pueblo son palabras mayores

Para autopromocionarse como un verdadero representante popular, que atraiga las masas, que sea consuetudinario, humanista, transparente, un ser natural, sin máscaras, y principalmente, que por sus venas corra una “química básica populacha”, entonces estaremos hablando de un verdadero líder que no necesita estar estableciendo decretos para que tenga motes que hagan patente y real su popularidad y su capacidad.

Bajo estos “principios básicos de la decencia” que debe tener cualquier ser humano que se jacte de ser un “mesías”, un líder nato o simplemente se le tenga la esperanza de que con él o con ella los problemas que haya se resolverán, entonces se podría decir que se está del otro lado y, en consecuencia, la jerarquía, esa que se presume, no tendría por qué ponerse en duda.

El panorama descrito tiene que ver necesariamente con los personajes de la vida pública que, con una poquita de suerte, en ocasiones logran escalar escaños que en su vida hubiesen pensado o creído que alcanzarían.

Los hombres y mujeres que no nacieron con estrella, pero que tuvieron la suerte de que en su camino se encontraron con políticos, empresarios, religiosos o quien usted diga y mande, que los catapultaron en lo más alto de los escenarios de la vida, en ocasiones aprenden rápido, son buenos alumnos que superan al maestro, pero que, debido a su ambición y codicia, creen tener el mundo a sus pies y es ahí donde yerran, donde equivocan el camino.

Hoy en día preocupa a una gran parte de la sociedad mexicana que haya especímenes que manifiesten superioridad cuando lo que hace falta es un poco se sensatez para encabezar “revoluciones” sociales de justicia y equidad. 

En el decaído Poder Judicial federal, ese que el Estado mexicano ha hecho añicos para tener el control del poder por el poder -ese que hasta antes de las elecciones de junio pasado daba la batalla por equilibrar la balanza entre el abuso y el respeto por los derechos del pueblo mexicano-, se libran batallas internas no entre quienes están aún instalados en la estructura y que dijeron que ya se van en agosto, sino con quienes están en funciones, aliados de la Cuarta Transformación, y que buscan por todos los medios llegar a la presidencia de la Suprema Corte de la Nación.

Sí, a esa dependencia se irán a trabajar por sueldos que no deben superar los 150 mil pesos mensuales, comparados con los 500, 600 y hasta 700 mil que ganaban los “corruptos conservadores”.

Los tiempos han cambiado y será la austeridad republicana la que sea el ejemplo a seguir. A partir de agosto mismo, tras la elección de junio próximo, veremos un nuevo Poder Judicial donde la humildad y la transparencia no se pondrán a prueba porque ya las mujeres que aspiran a ser ministras han dicho que todo lo que hagan será por el pueblo y para el pueblo.

Seguramente veremos a todos y todas las que integren la SCJN, las magistraturas, los puestos de juzgadores, jueces y demás, viéndolos cómo hacen fila a las seis de la mañana en el Seguro Social, el ISSSTE o alguna clínica local para recibir atención médica. Hoy afortunadamente ninguna mujer u hombre se le ha visto en los nosocomios públicos porque simplemente no se han enfermado, a pesar de los constantes cambios de clima que se han registrado.

Y aunque se preste a comentarios propios a un 28 de diciembre, en la celebración del Día de los Santos Inocentes, habrá que reforzar que la humildad de quienes andan promocionándose sin hacerlo oficialmente porque no está permitido y porque no son iguales a los conservadores, buscan ser los referentes que manden en el Poder Judicial para los próximos años.

En este rol del poder, no hay pero que valga. El primer paso ya se dio y fue el Senado el que operó el listado final de quienes quedarán al frente de las carteras que regirán la consolidación de la defensa de la justicia. Sí, aunque lo dude, la transparencia en toda la extensión de la palabra se hará posible a partir de agosto próximo cuando las loas y la presunción de la que democracia ganó no debe tener objeción, menos un acto de reproche.

Al inicio decíamos que los aspirantes se quieren consagrar como los salvadores de México, tanto que emulan prácticas o acciones mediáticas que en su tiempo llevaron a Andrés Manuel López Obrador al poder.

AMLO se dijo que era un resurgido de las clases sociales más castigadas, trabajo años para empoderarse y cuando lo logró, el tiempo tan efímero lo lanzó a las grandes ligas y de pronto desapareció, porque así está escrito, por lo menos es la tradición política que no se ha roto cuando un presidente deja el poder. Se destierra, desaparece, y aunque suene contradictorio, hoy sigue presente, está vigente, aun estando ausente físicamente.

Por eso la comparación de quienes quieren ser representantes del pueblo cuando ni en su casa los respetan, y, sobre todo, ya estando en el poder, han demostrado que no son aptos para representar y defender a la justicia.

Así muevan cielo, mar y tierra, no brillarán en sociedad, como dice la chaviza. Que conste que el comentario no es para Lenia Batres, que se autodenomina la “Ministra del Pueblo”, pues si a esas vamos, tendría que volver a nacer para lograrlo, y eso, quien sabe si funcione.

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