El pueblo “bueno y sabio” ya se cansó de los mártires inflados

Bien dice el dicho que “genio y figura hasta la sepultura” y esto le viene como anillo al dedo por su egolatría al senador Gerardo Fernández Noroña, presidente de la Mesa Directiva hasta dentro de unas horas, quien para llamar la atención después de los “manotazos” que se dieron entre él y el también legislador y presidente del PRI, Alejandro Moreno Cárdenas, llamó a una sesión extraordinaria para evidenciar mediáticamente la “violencia” de la oposición, aunque no se ha dado cuenta que lo que hizo fue resurgir los momios de “Alito”, que se convirtió en el “Canelo” Álvarez del momento.

Y no es broma, pero casi todo México celebró que el “pugilista” priista, ese que le han cuestionado su vida y levantado denuncias de las que ha salido limpio, le haya puesto un estate quieto al senador envalentonado por su posición y que ahora llora cuando en todo su pasado de porro no lo han bajado y esta vez el senador Rubén Moreira también selló su gestión en la Cámara de senadores al definirlo como el “facho”.

Gerardo Fernández Noroña cerró su ciclo como presidente de la Mesa Directiva en la Cámara de Diputados sin apartarse un milímetro del estilo que lo ha caracterizado durante años: desafiante, polémico, y siempre al borde de la confrontación. Su despedida no fue la excepción. Más que un acto institucional, pareció una prolongación de su constante necesidad de reafirmación, un último intento por dejar claro quién manda, quién tiene la voz más estridente, quién no necesita consensos si tiene la mayoría.

A tono con ese espectáculo, el Senado de la República amaneció vallado, rodeado por decenas de elementos de seguridad pública, como si se esperara una insurrección y no una sesión ordinaria. El mensaje era claro: aquí no se dialoga, se impone. Una escenografía diseñada no para proteger, sino para impresionar. Para mostrar músculo. Para alimentar, quizás, el ego de quienes confunden autoridad con poder y legalidad con autoritarismo.

Rubén Moreira, coordinador del PRI en San Lázaro y miembro de la Comisión Permanente, no tardó en señalar la incongruencia: “¿Por qué está cercado el Senado con granaderos? Si apenas somos cuatro senadores del PRI”. Una pregunta que vale más que mil discursos. ¿A quién querían contener? ¿A los legisladores o a la disidencia simbólica?

Moreira no se guardó nada. Acusó directamente a Fernández Noroña de haber llegado a la presidencia de la Mesa no por méritos parlamentarios, sino por un acuerdo político interno. Un acomodo más de esos que se negocian en lo oscuro y que luego se disfrazan de legitimidad. Pero lo más fuerte vino después: lo acusó de convertir el recinto legislativo en un escenario para un show cuidadosamente montado, cuyo único objetivo era polarizar aún más a un país ya profundamente dividido.

Y así fue. Lo que debía ser un trámite legislativo se transformó en un nuevo episodio del drama político nacional. La sesión empezó con tensión y terminó con acusaciones cruzadas que poco tienen que ver con el espíritu republicano.

“Ese fue el inicio de esa borrascosa sesión y eso fue armado, fue planeado por quien preside la Mesa Directiva porque hay un grupo dentro de Morena que le gusta polarizar, distanciar, generar enemigos”, sentenció Moreira. Una afirmación que retumba no solo en el recinto, sino también entre ciudadanos cansados del espectáculo permanente, de un senador al que le cuestionan su amistad con Nicolás Maduro.

Tal vez la frase más contundente —y la más dolorosa para quien alguna vez se definió como luchador social— fue cuando el priista acusó a Noroña de haberse convertido en lo que antes combatía. “De revolucionarios se convirtieron en fachos”. Una comparación que no es gratuita. Muchos de quienes llegaron al poder bajo la bandera del cambio hoy gobiernan con las mismas prácticas que antes denunciaban.

En el fondo, lo ocurrido en esa sesión no es un hecho aislado. Es un reflejo de una política nacional cada vez más ensimismada, más agresiva, más centrada en alimentar personalidades que en construir acuerdos. Es la consecuencia de anteponer los intereses de grupo al bienestar común. De preferir la confrontación a la construcción. Y, sobre todo, de creer que se puede dirigir una nación desde el atril de la arrogancia.

Sí, Fernández Noroña se despide con la arrogancia que le caracteriza, tratando de disuadir el consenso nacional de que su mansión de 12 millones de pesos, en una reserva ambiental, no coincide con el tamaño de sus ingresos, más ahora que le han descubierto que no recibe los miles de pesos monetizando las redes sociales. De esos mártires mexicanos, inflados, ya el pueblo “bueno y sabio” se ha cansado

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