A salvar la Selva Lacandona
El reciente encuentro entre el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar, acompañado por la secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, Alicia Bárcena Ibarra, es un aliciente para buscar recuperar el pulmón ecológico no sólo de Chiapas sino de México que poco a poco se va extinguiendo.
En el marco de la entrega de recursos del Programa de Pago por Servicios Ambientales a comunidades de la Selva Lacandona, se destacó el respaldo que la presidenta Claudia Sheinbaum le brinda a Chiapas, a través de las instancias ambientales, con el propósito de conservar la biodiversidad de la selva y atender a las familias que la resguardan. Pero eso no basta, hay que hacer un frente común para ir contra aquellas organizaciones mafiosas que se han encargado de desnudar nuestra naturaleza y ésta, a hacernos pagar semejante osadía.
La Selva Lacandona, uno de los últimos pulmones verdes de México, ubicada en el corazón de Chiapas, está al borde del colapso. Su riqueza natural, su biodiversidad única y su valor cultural ancestral están siendo arrasados sin piedad. ¿La razón? La tala ilegal, el avance de actividades ilícitas y el silencio cómplice de quienes deberían protegerla.
Esta reserva está en peligro. Día con día, este tesoro natural de Chiapas sufre el avance implacable de la tala ilegal, el tráfico de especies y la apropiación del territorio por parte de organizaciones criminales. El deterioro no es una amenaza lejana: es una tragedia que ya está ocurriendo frente a nuestros ojos.
El gobernador de Chiapas, Eduardo Ramírez Aguilar, y la titular de la Semarnat, Alicia Bárcena, han expresado su compromiso con el cuidado del entorno ambiental. No es menor la responsabilidad que ambos tienen. La conservación de la Selva Lacandona no puede ser solo una promesa de campaña o un discurso en foros ambientales. Requiere decisiones firmes, presencia del Estado y, sobre todo, mano dura contra quienes destruyen este patrimonio de todos los mexicanos.
Porque seamos claros: no se trata solo de campesinos que talan por necesidad. Detrás del ecocidio hay organizaciones mafiosas que operan con poder, dinero e impunidad. Estos grupos saquean la selva, desplazan comunidades, amenazan a defensores ambientales y corrompen autoridades. La impunidad les ha dado licencia para seguir operando. Eso debe terminar ya.
La selva no puede seguir perdiéndose. El cambio climático ya nos está cobrando la factura: temperaturas más extremas, menos agua, suelos degradados, pérdida de especies. O cuidamos nuestros bosques, o Chiapas se convertirá en un estado que muere lentamente, víctima de su propia indiferencia.
Este es el momento de actuar. Es ahora o nunca. Los compromisos ambientales deben traducirse en acciones concretas: más vigilancia, más justicia, más inversión en conservación y desarrollo sustentable para las comunidades locales.
La tala no es solo una amenaza ambiental; es un crimen contra las futuras generaciones. Y lo más alarmante es que estas redes criminales han convertido la Selva Lacandona en un botín que se reparte a la sombra de la impunidad.
Ante esta realidad, no queda más que decirlo con claridad: se necesita mano dura, no hay de otra. El Estado debe asumir su responsabilidad con firmeza, aplicar la ley sin titubeos y proteger no solo el patrimonio natural de Chiapas, sino la vida de las comunidades que han cuidado la selva durante generaciones. El discurso ya no basta. Se necesitan acciones concretas, vigilancia, castigos ejemplares y protección efectiva para los defensores del medio ambiente.
O cuidamos los bosques o Chiapas se convierte en un estado más que va muriendo poco a poco. La destrucción de sus ecosistemas no es solo una tragedia ecológica, es también una tragedia social y económica. La pérdida de selva significa menos agua, menos vida, menos futuro.
Es ingenuo pensar que podemos frenar esto con medidas tibias. El momento exige una mano dura y la aplicación estricta de la ley. No podemos permitir que la ambición de unos pocos ponga en jaque el futuro de un ecosistema vital.
Si no actuamos ahora, Chiapas corre el riesgo de convertirse en un estado que se desvanece lentamente. Perderemos nuestra riqueza natural, el agua y el aire que respiramos, y con ellos, la oportunidad de un futuro sostenible para las próximas generaciones.
Salvar la Selva Lacandona no es solo una cuestión de ecología; es una cuestión de justicia y de supervivencia. Protegerla significa defender nuestro hogar y el legado que dejaremos a nuestros hijos.
Tanto Bárcena como Ramírez Aguilar tienen en sus manos un reto importante que no sólo los chiapanecos lo reconocerán, sino que tendría un timbre de gratitud para la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, pues sin el apoyo de la Federación, lo que se emprenda no podría concretarse de forma eficaz.










