Quieren que se olvide la corrupción

El reciente anuncio del Instituto Nacional de Antropología e Historia sobre el hallazgo de huellas de dinosaurios en Tehuacán, Puebla —rastros herbívoros, carnívoros e incluso posiblemente de especies voladoras— despertó, por un momento, la curiosidad pública. Son descubrimientos fascinantes que amplían la comprensión de nuestro pasado remoto: impresiones de 120 millones de años conservadas en laderas y barrancas, testimonio silencioso de un mundo desaparecido.

Sin embargo, esta ventana a la historia contrasta con otra realidad más incómoda: en pleno siglo XXI, hay historias contemporáneas que también dejan huellas, pero que muchos preferirían cubrir con nuevos sedimentos. Y no son precisamente paleontológicas. Son rastros de corrupción, de opacidad y de privilegios, que distintos actores políticos se empeñan en que olvidemos.

Porque mientras celebramos los vestigios prehistóricos, parecen querer sepultar bajo capas de desgaste mediático los casos que han marcado a Morena en los últimos años, y que hoy le pasan factura a su credibilidad. Se ha repetido que “no somos iguales”, pero en apenas siete años la narrativa ya compite —y a ojos de muchos, se iguala— con lo peor de las prácticas atribuidas al antiguo régimen priista.

Ahí están los episodios que el país parece haber borrado demasiado rápido: la omisión “por error” en la declaración patrimonial de un departamento millonario de Mario Delgado; la compra en efectivo de una propiedad en Estados Unidos por parte del vocero Arturo Ávila; la casona nunca aclarada del senador Gerardo Fernández Noroña; la fortuna acelerada del senador Adán Augusto López y los señalamientos en torno a colaboradores suyos.

También la irritación social detonada por la marcha de la Generación Z, que golpeó la popularidad del gobierno capitalino; o el asesinato del exalcalde de Uruapan, Carlos Manzo, que pese a detenciones no ha esclarecido quién ordenó el crimen. Y, en paralelo, escándalos tan profundos como el de Segalmex, con presuntos daños multimillonarios al erario.

A ello se suman episodios que han involucrado a los hijos del expresidente López Obrador, acusados por la oposición de influir en contratos y adquisiciones públicas; o la compra consolidada de medicamentos a través de Birmex, donde persisten dudas sobre sobreprecios. Y el caso “La Barredora”, que volvió a exhibir vínculos incómodos en el sector de seguridad. Sin olvidar el llamado “huachicol fiscal”, señalado como uno de los mayores fraudes al Estado mexicano.

Frente a esta acumulación de temas no resueltos, es comprensible la sensación de que ciertos hechos intentan dosificarse, ocultarse o, simplemente, desgastarse en el tiempo hasta que ya no importe quién fue responsable ni cuánto costó a la nación.

Por eso la comparación con los dinosaurios no es gratuita. Lo descubierto en Tehuacán nos recuerda que la historia, cuando queda marcada en piedra, no se puede borrar. Lo que preocupa es que las huellas recientes —esas que afectan la vida pública y los recursos de todos— intenten volverse fósiles prematuros, enterrados antes de ser plenamente investigados o explicados.

Cuando los detalles se revelan demasiado tarde, ya no transforman nada. Y la corrupción, como los estratos geológicos, solo se endurece con el tiempo.

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