A migrantes, atole con el dedo
La situación política de la migración la conoce todo México, pero no así los cientos de hombres y mujeres que se aferran a la aventura de tener una vida llena de esperanza, progreso y paz, valores de los que carecen en sus países de origen y que, por ello, se animan a salir para alcanzar el llamado sueño americano o, en el último de los casos, ser agraciados con los apoyos que les brinda el gobierno durante su estancia en territorio mexicano.
Esta cruel realidad se refleja durante todo el año en la zona fronteriza de Chiapas con Guatemala, donde Tapachula es el punto en el que se concentran miles de migrantes dispuestos a desafiar la política del sistema mexicano, supeditado a lo que diga y ordene Estados Unidos.
Ahora que a una segunda caravana le permiten avanzar, supuestamente, hacia el centro del país, ilusionados por su caminata que desafía todos los pronósticos, las personas extranjeras creen que su peregrinar tendrá un buen fin.
Por ello es doblemente crítica la política del gobierno de México, a través del Instituto Nacional de Migración, que no les entrega permisos para transitar por el país y, en cambio, los anima a organizarse para iniciar una caravana que será desintegrada antes de que crucen el territorio chiapaneco.
En este escenario se involucran activistas que también hacen su negocio al alentarlos a recorrer miles de kilómetros, cuando en realidad saben que serán detenidos y regresados a Tapachula, pues la orden expresa es que no deben avanzar hacia el norte del país. Si lo hacen, en la frontera viven un viacrucis donde, arrepentidos, piden apoyo para que se les permita regresar a su país.
Cierto es que hay casos de hombres y mujeres que corren con suerte y logran alcanzar su objetivo, pero apenas 10 de cada mil; y aun estando en Estados Unidos, tienen que enfrentarse a la política racista que se ha endurecido con mayor fuerza y violencia por parte de Donad Trump.
La migración se ha convertido en un negocio redondo, desde agentes que se encuentran en aduanas y retenes, hasta directivos que, desde oficinas, esperan que los migrantes paguen grandes cantidades de dinero. Les venden pases que kilómetros adelante no les son válidos en las garitas, y son retornados.
Un cuento de nunca acabar que solo explota y viola los derechos humanos de los migrantes. Hasta hace poco, se veían caravanas de personas provenientes de Venezuela que buscaban el sueño americano. Hoy, en Tapachula, se observan grandes cantidades de personas de Haití, como la caravana que avanza por la costa chiapaneca y que emprendió su travesía la noche del pasado lunes.
En la zona costera de Chiapas, los migrantes deben soportar lluvias y calores infernales que rebasan los 40 grados. Si bien son custodiados por elementos de la Guardia Nacional División Caminos, patrullas de la Policía Municipal y Estatal Preventiva Vial, además de ambulancias de Protección Civil con paramédicos para cualquier emergencia, es sabido que la misión es ir desintegrando el grupo, minarlo para dificultar su avance como agrupación sólida.
Llegado el momento, el Instituto Nacional de Migración encabeza su política de prometer que ahora sí atenderá y extenderá permisos para recorrer el país sin ser retenidos.
Por eso persiste la insistencia de que el gobierno juega con la esperanza de miles de migrantes, quienes terminan convirtiéndose en pordioseros al pedir dinero y, en el peor de los casos, cometen actos vandálicos para poder subsistir.
En realidad, el fenómeno migratorio ha rebasado la política pública del gobierno para poder contenerlo. De hecho, los países centroamericanos se convierten en generadores de expulsión de sus propios habitantes y, al mismo tiempo, en cómplices al no controlar el paso de quienes provienen de otras partes del mundo y que, en teoría, deberían impedir que continúen su camino.
Sin embargo, el problema es de fondo cuando los gobiernos de los países de donde provienen los migrantes son encabezados por tiranos, dictadores o, simplemente, cuando la política económica no es la adecuada.
De ahí que los migrantes “vivirán engañados” todo el tiempo, se les da, una y otra vez, “atole con el dedo”. Y el final casi siempre es el mismo: regresar al punto de partida, con menos de lo que tenían y con la certeza de haber sido utilizados.










