Honrar a nuestros muertos

Después de dos años de los estragos que el COVID le propinó al pueblo de México, la ciudadanía vuelve a celebrar la llegada de sus muertos. La Milenaria tradición de los Santos difuntos tuvo una pausa crucial en 2020 y 2021, años en los que la pandemia se ensañó contra lo que no estábamos acostumbrados: limitar nuestra libertad para recordar, para festejar, para llorar.

Fueron fechas fatídicas, de las que muchos no quisieran acordarse, pero que justo hoy, en el inicio de la festividad del Día de Muertos, vendrán a la memoria sin que los llamen. Acá estarán entre nosotros amigos, parientes, hermanos, padres, todos aquellos que se adelantaron en el camino de la vida.

Aquéllos que los agarró desprevenidos, nunca antes, en la historia reciente, en pleno siglo XXI, donde se supone que la nueva era de la tecnología es superior a cualquier acontecimiento, se imaginaron que sus vidas quedarían truncadas.

Hoy, a casi tres años de esta desgracia, México empieza a tomar un nuevo respiro que le permita soñar despierto, con la esperanza de salir avante en circunstancias no experimentadas como lo fue el impacto brutal del COVID.

Qué caso tiene señalar las estadísticas. Decir que fueron o van más de 700 mil muertes oficiales, aunque en la realidad sea el triple el número de fallecidos, pues muchos prefirieron expirar en sus casas, frente a sus familias y no ser testigos de las terroríficas escenas que se vivieron en los hospitales. A toro pasado nada se resuelve.

Tampoco tiene caso decir en este momento que los miles de millones de dólares que se gastaron en la adquisición de vacunas anti COVID fueron un gancho espectacular para hacer más ricos a la industria farmacéutica, la cual no sólo duplicó sus ganancias, sino que su fortuna se volvió incalculable.

Menos citar si el manejo de la pandemia fue con tintes políticos o que la distribución de las vacunas tenía como fin hacer valer la importancia de un gobierno que quería ganar más simpatía. A cada acción, se dice en el argot popular, hay una reacción, y en esto del manejo que se le dio a la pandemia, sólo el tiempo pondrá a cada quien en su lugar.

Hoy, por lo pronto, a los que lograron superar la barrera de la muerte, a los que el COVID les dio una segunda oportunidad en esta vida, podrán disfrutar de la familia, platicar a la distancia con los que ya partieron, revalorar la importancia de estar con vida, de ser productivo, de trascender.

En este primero de noviembre, nuestras creencias nos dicen que los muertos llegan a visitarnos. Primero los niños, los llamados angelitos estarán en el recuerdo de la familia. Seguramente habrá anécdotas, risas, lágrimas y la nostalgia invadirá nuestros corazones.

En los pueblos de Chiapas, de acuerdo a sus tradiciones, cada hogar tendrá la oportunidad de festejarlos, de brindar por ellos. En cada cementerio de los cientos que hay en la entidad chiapaneca, las familias acudirán para decirles que “no están solos”.

No importa la religión, lo principal es la convivencia familiar, lo que el corazón dictamina y siente. Recibamos a los difuntos como se merecen. Los grandes, los mayores, llegan mañana y hay que armarles fiesta, que no se sientan olvidados, defraudados.

El llamado es a festejar y a recordar a nuestros difuntos en santa paz, sin trago que adultere el ambiente y provoque desenlaces fatales. El tema es cuidar a la familia, seguir protegiéndose de los embates del COVID que “no ha muerto” y tampoco hay que olvidarse de que existe otra enfermedad que nos quiere tirar: La influenza.

Honremos la memoria de nuestros muertos, de nuestra familia, de nuestras tradiciones. Bienvenida la festividad de “todos los santos”.

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