El avión presidencial sirvió políticamente, ahora ya estorba

Al final del día, al gobierno mexicano le ha servido hacer del avión presidencial un tema político para exhibir a los gobiernos conservadores que lo adquirieron como un aparato lujoso, poco funcional para la operatividad de las acciones institucionales y demasiado caro para su mantenimiento.

Pero pasado el tiempo, ha sido negativo este discurso, porque ya casi termina esta administración y no han podido deshacerse del pájaro de acero, ocasionando que mucho dinero se haya tirado a la basura. Si bien sirvió como un distractor en favor del presidente Andrés Manuel López Obrador, hoy han entendido que no debe estar más tiempo estacionado en un hangar de gobierno, ocupando espacio y como un carro, si no se usa, pues su estructura se va deteriorando.

Al mandatario mexicano le ha caído el veinte que ya no es “negocio” propagandístico manipular su compra, pues ya han pasado más de cuatro años que lo utilizó para exhibir al gobierno de Enrique Peña y de Felipe Calderón como administraciones que no tuvieron límites para “tirar el cash por la ventana”.

El avión presidencial tuvo un costo de 268 millones de dólares y hoy, según se escuchó del presidente AMLO, existe la posibilidad de que se venda en 100 millones de dólares. En realidad, se ha perdido más por el mantenimiento de éste en todos estos años que hasta suponemos que la coincidencia ciudadana es, incluso, que lo regale, si es mejor, para no estar pagando “tenencia”, estacionamiento y mantenimiento.

El dinero, al final de cuentas es lo de menos, porque ahora el avión empieza a ser una carga política para el presidente, ya que, si no salió ni en rifa, menos que alguien lo quiera adquirir.

Hace un par de años, la Sedena dijo que quien comprara el avión presidencial tendría que desembolsar, mínimo, 200 millones de pesos anuales para su operatividad.

Ya conocemos que la austeridad de este gobierno es no adquirir obras o productos suntuosas y el “José María Morelos y Pavón” -como se le bautizó a la aeronave-, sí que lo era, aunque en el debate que se practicó en su tiempo, se coincidió que, por seguridad, y en ello todos los mandatarios del mundo lo tienen, era necesario un lujo como este para el mandatario en turno.

Estamos seguros que, si el presidente AMLO lo utilizara, nadie en su sano juicio, criticara esta postura. Claro, podría argumentarse que se pasa de exótico, pero si se llevan la paga en otros fraudes o actos de corrupción, por qué no permitirlo.

Ahí está la odiosa comparación de los miles y millones de pesos que se gastan los partidos políticos para, eso sí, no hacer nada productivo por México. O también, acaso el ahora expresidente Enrique Peña Nieto se llevó el aparato o tiene algún beneficio de éste. No, ninguno. Hoy nadie quiere estar en su lugar, fuera de México, viviendo entre cuatro paredes, sin pareja sentimental y lo peor del caso, que se le critique la compra del avión cuando en realidad quien lo gestionó fue en el periodo de Felipe Calderón y que Peña disfrutó.

Le decíamos que los 200 millones de pesos anuales tienen que ver con el consumo de combustible, sueldos de la tripulación (ocho personas); póliza de seguro; mantenimiento anual de la aeronave; adiestramiento de la tripulación (un año); y actualización de software de los sistemas de la aeronave e internet satelital para su navegación.

Todo esto es el estimado que hizo la Sedena para operarlo, sin embargo, hay que precisar, que no contempla los vuelos especiales que podrían ejercer los altos jerarcas de la Defensa Nacional, por aquello de que está muy sonado los viajes de placer que se hicieron con cargo a la administración pública.  Mientras sean peras o manzanas, ojalá el avión presidencial se remate al precio que sea, que trascendió al interior del gobierno federal, el comprador se ubica en la República de Tayikistán, un país de Asia central. Ojalá salga, pero ya. Urge porque es una aeronave que ahora no funciona para estrategias políticas, ahora estorba

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