Marco Alvarado / Diario de Chiapas
En el marco del Día Mundial de Lucha contra la Tuberculosis, especialistas e investigadores advirtieron que Chiapas se mantiene como un foco crítico de la enfermedad en México, enfrentando un panorama donde el rezago social, las barreras culturales y las secuelas operativas de la pandemia por COVID-19 impiden erradicar este padecimiento curable.
De acuerdo con datos de la Secretaría de Salud Federal, la entidad inició el 2026 con una alta incidencia, confirmando 106 casos positivos en las primeras semanas del año.
Esta cifra sitúa a Chiapas en el cuarto lugar nacional en contagios, superado únicamente por estados como Veracruz, y evidencia la persistencia de la bacteria en al menos 82 municipios del estado.
Durante un foro convocado por El Colegio de la Frontera Sur (Ecosur), las investigadoras Cristina Gordillo Marroquín y Carla Sales Soldan, de la Universidad Autónoma de Barcelona, destacaron que las poblaciones originarias, particularmente en la región de Los Altos, enfrentan las mayores dificultades.
Según las especialistas, la crisis sanitaria por COVID-19 profundizó las desigualdades preexistentes, generando “brechas en la cascada de atención”. Entre los principales obstáculos identificados se encuentran las dificultades técnicas y geográficas para confirmar la enfermedad.
Falta de enfoques que respeten las dinámicas comunitarias, lo que muchas veces lleva a una detección tardía, lo cual es un gran problema porque en paciente sin tratamiento puede contagiar de 10 a 15 personas por año, lo que vuelve crítica la identificación oportuna.
El diagnóstico clínico y de laboratorio también enfrenta desafíos operativos. René Jair Ruiz León, coordinador del Programa de Micobacteriosis en Tuxtla, y Sergio Giussepe Muñoz Jiménez, responsable del laboratorio en San Cristóbal, señalaron que la disponibilidad constante de insumos y equipos especializados es vital para frenar la cadena de transmisión.
El panel coincidió en que la tuberculosis no actúa sola; su control se complica por la presencia de comorbilidades como la diabetes mellitus, desnutrición, VIH-Sida, así como el consumo de sustancias.
Esta interacción de factores exige una “atención integrada en la persona” que considere el contexto de pobreza en el que viven los pacientes.










