Con mariachi, el palomazo, quién no canta

Se lucieron: porte elegante y orgullo evidente; trajes impecables, sombreros bien puestos, sonrisas que no se esconden

Cinthia Ruiz / Diario de Chiapas

No hacía falta preguntar dónde estaba la Plaza del Mariachi, bastaba con dejarse llevar por el sonido. Dos cuadras antes, la trompeta ya anunciaba la fiesta y la guitarra marcaba el camino, como si la música misma te tomara de la mano. Ayer se celebró el Día del Mariachi, patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, y el lugar no solo se veía distinto: se sentía distinto.

En la plaza, los mariachis ocupaban el centro del parque con porte elegante y orgullo evidente. Trajes impecables, sombreros bien puestos, sonrisas que no se esconden. Había mariachis de todas las edades, desde los de bigote canoso hasta uno que destacaba por su estatura y su juventud: quizá diez años, tal vez menos, siguiendo la tradición familiar como quien hereda no solo un oficio, sino una forma de sentir.

A un costado, se veían las bailarinas con vestidos coloridos, faldas amplias y listones vivos. Esperaban la música con paciencia y emoción contenida, listas para que el primer acorde les marcara el paso. Sus trajes brillaban incluso antes de bailar, como si también escucharan la trompeta desde dentro.

La gente rodeaba el espacio con calma. Algunos grababan con el celular, otros simplemente escuchaban. Sonaba un popurrí de Leo Dan y, de pronto, algo se movía en el ambiente: los recuerdos. Los adultos mayores tarareaban bajito, como si la canción les hablara al oído. ¿A quién no le gusta el mariachi? Si con eso nos reconocemos en cualquier parte del mundo.

Cada grupo que pasaba provocaba una nueva oleada de emoción. Y entre canción y canción, siempre aparecía alguien dispuesto a echarse un palomazo. Porque de eso se trata: de cantar con sentimiento. No importa si se sabe o no, ¿cómo no hacerlo si ahí está el mariachi, dispuesto a acompañarte?

El frío obligaba a cruzar los brazos, pero no apagaba nada; al contrario, parecía intensificarlo todo. El olor a tacos, a chucherías, a comida recién hecha se mezclaba con la música y con la gente que consumía alrededor. La plaza era una postal viva: sonido, aroma, color y memoria.

El mariachi no solo se escucha. El mariachi se recuerda. Si alguna vez me encuentro perdida y tú estás ahí, yo me quedo. Me quedo a escuchar… y a recordar.

Qué buen Día del Mariachi.

Que vivan los mariachis que se anuncian desde dos cuadras antes.

Que vivan las bailarinas que esperan la música para llenar el espacio de color.

Que viva la trompeta que eriza la piel.

Que viva la guitarra que despierta emociones.

Que viva el mariachi que, con una canción, hace volver lo que creíamos olvidado.

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