Fernando Trejo
Hay libros que nacen del alma y otros que nacen de una urgencia social; Damaris Disner, en su obra más reciente, ha logrado fundir ambos mundos. El tambor de la abuela sucede como un latido poderoso que resuena frente a una de las realidades más dolorosas de nuestro tiempo: la desaparición de las mujeres y el duelo suspendido que heredan las infancias.
A través de la voz de una pequeña, nos asomamos a la vida de su abuela, cuyo pecho alberga un tambor que no deja de retumbar: “Rom plon tom”. Es el sonido de la resistencia, de la búsqueda incansable de una hija que no regresó a casa y que ha dejado un vacío de “setecientos soles y trescientas lunas”.
Lo que más admiro de la pluma de Damaris, además de su compromiso siempre con la sensibilidad humana, es su capacidad para tratar un dolor inconmensurable (como dice ella) con una ternura que desarma. No evade la rabia ni el miedo, pero los envuelve en la calidez de un rebozo al viento y en la esperanza de que, mientras un gallo cante, la madrugada todavía puede esconder una respuesta.
Las ilustraciones de Karen Fernanda Chávez Torres (Atolito Torres) dan rostro y color a esa bruma que invade la casa, pero también a la fuerza de las mujeres que caminan juntas en los quioscos para que ninguna voz se apague.
El tambor de la abuela (Colección Alas de Lagartija, Secretaría de Cultura 2025) es una lectura necesaria para aprender que, ante la indiferencia que golpea, el amor y la lucha son los únicos caminos que mantienen viva la esperanza. Un libro valiente de una autora que, hoy más que nunca, demuestra que la literatura es nuestra mejor herramienta para sembrar palabras donde otros intentan imponer el silencio.










