TEXTO EN LA CIUDAD/ Perita Cernas
Cada cierto tiempo internet descubre a un nuevo villano cultural: los llamados nepo babies. Hijos de actores que también actúan, hijos de políticos que terminan en el poder, hijos de empresarios que dirigen empresas.
Y, entonces, aparece la indignación colectiva: «No se lo ganaron, todo lo tienen fácil. están robando oportunidades».
Hay algo curioso en todo esto, porque, al final de cuentas, las élites heredadas no son nuevas. En realidad, han sido la norma durante casi toda la historia.
El término nepo baby —abreviatura de nepotism baby— se volvió viral en redes sociales alrededor de 2022. Se usa para describir a personas que alcanzan fama o poder gracias a sus conexiones familiares.
Especialmente en industrias visibles como: Hollywood, la música, la moda, los medios, o incluso la política. Un ejemplo clásico es Dakota Johnson, hija de Melanie Griffith y nieta de Tippi Hedren. O Lily Rose Depp, hija de Johnny Depp y Vanessa Paradis. Pero el fenómeno no se limita a Hollywood, también ocurre en política, en empresas familiares, e incluso en redes sociales. Por ello, me surge esta pregunta: ¿realmente nos molesta el nepotismo… o nos molesta verlo tan descaradamente?
Durante siglos, la idea de mérito individual ni siquiera existía como ideal social. En la Europa medieval, por ejemplo, el poder se heredaba. La nobleza gobernaba porque había nacido en la nobleza. Las monarquías funcionaban exactamente así; si eras hijo del rey, eras el próximo rey. No había audiciones, competencia, meritocracia. Incluso el término nepotismo viene del latín nepos, que significa sobrino. Durante el Renacimiento, varios papas colocaban a sus sobrinos en posiciones de poder dentro de la Iglesia.
La idea de que el talento debería importar más que el origen familiar surge con la modernidad, especialmente después de la Ilustración del siglo XVIII.
Filósofos como John Locke defendían la idea de que los individuos debían tener oportunidades basadas en su capacidad. Y más adelante, las revoluciones liberales empezaron a cuestionar el privilegio heredado.
Pero el concepto moderno de meritocracia se populariza mucho después, en 1958, el sociólogo Michael Young publica el libro The Rise of the Meritocracy, curiosamente, el libro era una crítica, no una celebración. Young advertía que una sociedad que cree completamente en la meritocracia puede volverse cruel. Porque cuando alguien fracasa, se asume que es culpa suya.
Con la Revolución Industrial del siglo XIX, la meritocracia comenzó a mezclarse con el capitalismo moderno. Las nuevas fábricas, bancos y burocracias estatales necesitaban ingenieros, administradores y técnicos capacitados, no solamente aristócratas de sangre noble. Poco a poco, la educación se convirtió en la gran promesa del ascenso social: estudiar significaba, al menos en teoría, poder ganarse una mejor vida. Sin embargo, la realidad era mucho más desigual. Las familias ricas podían pagar universidades, contactos y tiempo para prepararse, mientras que las clases trabajadoras apenas sobrevivían. Así, aunque el discurso meritocrático prometía igualdad de oportunidades, el punto de partida seguía siendo profundamente distinto.
En el siglo XX y XXI, la meritocracia se volvió uno de los pilares culturales de muchas sociedades modernas, especialmente en países capitalistas. La idea del self-made man, el individuo que triunfa únicamente gracias a su esfuerzo, se convirtió casi en un mito contemporáneo. Pero numerosos sociólogos y economistas han señalado las limitaciones de esta visión. Pierre Bourdieu, por ejemplo, argumentaba que las élites no solo heredan dinero, sino también capital cultural: educación, lenguaje, modales y conexiones sociales que facilitan el éxito. De esta manera, muchas veces la meritocracia no elimina las desigualdades, sino que las vuelve menos visibles, porque el privilegio comienza a disfrazarse de talento individual.
Además, la meritocracia moderna ha generado una paradoja interesante: aunque promete premiar el esfuerzo, también produce nuevas formas de ansiedad y competencia permanente. En sociedades donde el éxito se interpreta como resultado exclusivo del mérito personal, las personas sienten una presión constante por demostrar productividad, talento y superación individual. El filósofo Byung-Chul Han sostiene que el sujeto contemporáneo ya no necesita un amo que lo obligue a trabajar; ahora se explota a sí mismo creyendo que siempre puede rendir más. Bajo esta lógica, el fracaso deja de entenderse como consecuencia de factores sociales, económicos o históricos, y se convierte en una especie de culpa personal. Por eso, varios críticos contemporáneos señalan que la meritocracia no solo organiza el acceso al poder, sino también la manera en que las personas perciben su propio valor dentro de la sociedad.
Aquí aparece el punto clave. Hoy vivimos en sociedades que repiten constantemente una promesa:
Si trabajas duro, puedes llegar a cualquier lugar. Pero la realidad es más compleja. El economista Thomas Piketty mostró en su libro El capital en el siglo XXI que la riqueza en muchas economías modernas tiende a concentrarse y heredarse, es decir: las familias ricas tienden a seguir siendo ricas. Y eso genera una tensión enorme entre la narrativa del mérito y la realidad del privilegio.
Incluso en espacios que supuestamente representan la meritocracia pura —como las universidades de élite, las grandes empresas o la política— las redes familiares y sociales siguen teniendo un peso enorme. Hijos de empresarios estudian en las mismas escuelas que futuros banqueros, políticos o jueces; las conexiones abren puertas que el esfuerzo individual por sí solo difícilmente puede abrir. Por eso, algunos autores sostienen que las sociedades modernas no eliminaron las viejas aristocracias: simplemente las transformaron. Ya no se legitiman mediante títulos nobiliarios o sangre azul, sino mediante diplomas, prestigio académico y discursos sobre talento. El privilegio no desapareció; aprendió a hablar el lenguaje del mérito.
Hollywood es un ejemplo fascinante porque hace visible algo que ocurre en todas partes. La industria del cine está llena de hijos de actores. Algunos ejemplos conocidos incluyen: Jamie Lee Curtis, hija de Tony Curtis y Janet Leigh. Angelina Jolie, hija de Jon Voight, y Jaden Smith, hijo de Will Smith. Pero lo interesante es que el público no siempre reacciona igual. Algunos nepo babies son celebrados, otros son brutalmente criticados. Entonces vuelvo a preguntarme: ¿qué es lo que realmente nos molesta? No es únicamente el privilegio, sino la contradicción entre el discurso y la realidad. Hollywood vende constantemente la idea del descubrimiento milagroso: la persona talentosa que llega desde abajo y triunfa gracias a su esfuerzo, pero cuando vemos que muchas oportunidades circulan dentro de ciertas familias, entendemos que el acceso no está distribuido de manera equitativa. Sin embargo, el fenómeno tampoco es completamente nuevo; durante siglos, los oficios se heredaban, los hijos de herreros aprendían herrería, los hijos de músicos crecían rodeados de instrumentos y los hijos de artistas convivían desde pequeños con el mundo cultural. La diferencia es que hoy seguimos defendiendo el ideal meritocrático, y por eso el nepotismo moderno genera tanta tensión: pone en evidencia la distancia entre la narrativa de igualdad de oportunidades y las estructuras reales de poder.
El filósofo Friedrich Nietzsche hablaba del resentimiento como una emoción política poderosa. El resentimiento aparece cuando las personas perciben una injusticia estructural pero no pueden cambiarla. Entonces la frustración se dirige hacia individuos visibles. Y en la cultura digital actual, los nepo babies se convierten en símbolos perfectos. Son visibles, privilegiados, y representan un sistema que parece injusto.
Las redes sociales intensifican todavía más este fenómeno porque convierten la comparación social en un espectáculo permanente. Hoy millones de personas observan, en tiempo real, vidas marcadas por contactos, riqueza y acceso privilegiado, mientras ellas mismas enfrentan precariedad laboral, deudas o falta de oportunidades. En ese contexto, los nepo babies funcionan casi como personajes simbólicos sobre los cuales se proyecta un malestar mucho más amplio relacionado con la desigualdad contemporánea. El problema rara vez es únicamente una actriz o un cantante en particular; lo que generan es la sensación de que el sistema está parcialmente cerrado y de que el éxito no depende solamente del talento. Por eso, las críticas hacia ellos suelen ser tan emocionales: no hablan solo de celebridades, sino de una frustración colectiva frente a estructuras sociales percibidas como inaccesibles.
El sociólogo Pierre Bourdieu explicaba que las familias transmiten algo llamado capital cultural, es decir: formas de hablar, pensar, de moverse en el mundo… que facilitan el acceso al poder. Para él, el privilegio no se hereda únicamente en forma de dinero. También se transmite en hábitos cotidianos casi invisibles: saber cómo comportarse en ciertos espacios, qué referencias culturales mencionar, cómo hablar frente a personas influyentes o incluso qué tipo de ambiciones considerar normales. Un niño que crece rodeado de artistas, empresarios o académicos aprende desde temprano códigos sociales que otros tardan años en descubrir, si es que alguna vez llegan a hacerlo. Por eso, Bourdieu sostenía que muchas instituciones aparentemente meritocráticas, como las universidades o el mundo cultural, en realidad tienden a reproducir las diferencias sociales existentes, porque valoran precisamente esas habilidades y sensibilidades adquiridas dentro de ciertos entornos privilegiados.
Aquí quiero proponer una idea, quizá el problema no son los nepo babies, sino el mito de la meritocracia absoluta. Porque incluso fuera de Hollywood, casi todas las ventajas sociales se heredan: contactos, educación, redes sociales, capital cultural, oportunidades.
De hecho, muchas de las oportunidades más importantes en la vida aparecen a través de relaciones personales y contextos familiares antes que por concursos completamente abiertos. Recomendaciones laborales, acceso a ciertas escuelas, estabilidad económica para asumir riesgos o simplemente tiempo libre para desarrollar una vocación son ventajas desigualmente repartidas. La meritocracia absoluta parte de la idea de que todos comienzan desde el mismo punto, cuando en realidad las condiciones iniciales pueden ser radicalmente distintas. Algunos nacen con redes de apoyo, seguridad financiera y acceso a espacios de prestigio; otros deben dedicar gran parte de su energía únicamente a sobrevivir. Por eso, varios críticos contemporáneos sostienen que el verdadero problema no es reconocer que el privilegio existe, sino fingir que no influye en el éxito individual.
La conversación más honesta no consiste en preguntarnos si el mérito existe o no, sino en reconocer que el talento y el privilegio suelen coexistir. Hay personas talentosas que también nacieron con enormes ventajas, así como personas igualmente capaces que nunca tuvieron acceso a las mismas oportunidades. El problema aparece cuando una sociedad convierte el éxito en prueba absoluta de valor personal y el fracaso en evidencia de incapacidad individual. Entender esto no significa negar el esfuerzo, sino abandonar la fantasía de que todos competimos bajo las mismas condiciones. Tal vez una sociedad más justa comienza precisamente cuando dejamos de confundir privilegio con mérito puro.










