Perita Cernas/TEXTO EN LA CIUDAD
La historia de la filosofía suele presentarse como una conversación entre grandes hombres. Aprendemos sus nombres, sus teorías y sus biografías como si el pensamiento hubiera sido construido únicamente por ellos. No es una acusación contra esos filósofos ni una invitación a olvidarlos. Es simplemente una pregunta: ¿qué voces quedaron fuera de la fotografía?
José Vasconcelos es uno de los nombres más importantes de la historia intelectual mexicana. Su influencia sobre la educación, la cultura y la construcción de una identidad nacional resulta imposible de ignorar. Como secretario de Educación Pública impulsó campañas de alfabetización, promovió bibliotecas y defendió la idea de que el conocimiento podía convertirse en una herramienta de transformación social. Su proyecto era profundamente ambicioso: imaginaba un México educado, culto y capaz de reconocerse a sí mismo.
En La raza cósmica, una de sus obras más conocidas, propuso una visión de América Latina como el espacio donde surgiría una nueva síntesis cultural nacida del encuentro entre distintos pueblos. La idea ha sido celebrada, discutida y cuestionada durante décadas, pero sigue ocupando un lugar central en la historia del pensamiento latinoamericano. En *Ulises criollo*, por otro lado, dejó el retrato de una generación que soñaba con reinventar el país desde la educación y la cultura.
Sin embargo, cuando hablamos de filosofía mexicana, rara vez aparece el nombre de Graciela Hierro. Y esa ausencia es reveladora.
No porque Hierro haya sido una pensadora menor. Todo lo contrario. Fue una de las filósofas más importantes del siglo XX en México y una de las voces fundamentales del feminismo latinoamericano. Lo que ocurre es que durante mucho tiempo ciertas preguntas fueron consideradas más importantes que otras.
La filosofía tradicional dedicó enormes esfuerzos a reflexionar sobre el Estado, la nación, la verdad o el conocimiento. Pero cuestiones relacionadas con la experiencia cotidiana de las mujeres fueron vistas como asuntos secundarios. El placer, el cuidado, la culpa, la autonomía o la desigualdad dentro de la vida privada rara vez ocuparon el centro de la discusión filosófica.
Graciela Hierro decidió cambiar eso. Su trabajo partía de una observación sencilla y radical: no puede existir una ética justa si ignora la experiencia de la mitad de la población. Durante siglos, muchas mujeres fueron educadas para creer que su valor dependía de sacrificarse por otros. La obediencia era celebrada como virtud y el deseo era tratado con sospecha. Hierro cuestionó esa herencia cultural y propuso una ética orientada a la libertad, la autonomía y la construcción de una vida digna. En Ética y feminismo desarrolló una crítica profunda a las tradiciones morales que habían limitado la libertad femenina. En De la domesticación a la educación de las mexicanas mostró cómo la educación puede funcionar tanto como una herramienta de control como un camino hacia la emancipación.
Lo interesante es que tanto Vasconcelos como Hierro compartieron una misma confianza en el poder transformador de la educación. Ambos creían que las personas podían cambiar sus circunstancias a través del conocimiento. Sin embargo, mientras Vasconcelos se preguntaba cómo construir una nación, Hierro se preguntaba quiénes estaban pagando el costo de esa construcción y quiénes habían quedado excluidos de la conversación.
Tal vez por eso leerlos juntos resulta tan enriquecedor. Uno ayuda a comprender los grandes proyectos colectivos que marcaron la historia de México. La otra obliga a mirar aquello que esos relatos no siempre alcanzaron a ver: las experiencias concretas de quienes vivían en los márgenes de la narrativa oficial.
La memoria cultural nunca es neutral. Cada generación decide qué nombres conservar, qué libros reeditar y qué historias contar. Cuando una autora desaparece de los programas escolares o de las conversaciones públicas, no necesariamente desaparece porque carezca de valor. A veces desaparece porque las estructuras que seleccionan lo que merece ser recordado fueron construidas sin ella en mente.
Quizá la filosofía también consiste en eso: en revisar constantemente quiénes ocupan el centro de la conversación y quiénes permanecen en silencio. Porque ampliar nuestro horizonte intelectual no significa derribar estatuas ni sustituir unas voces por otras. Significa hacer espacio.










