Marco Alvarado/Diario de Chiapas
La última noche del año no será para todos el cliché popularizado de abundancia en la mesa y costosos adornos.
Hay quienes en estos momentos se sienten bendecidos con el plato de unicel que tienen enfrente, la porción de espagueti y la pieza de pollo horneado que les regalaron.
La cena decembrina es para ellos un regalo inesperado, una oportunidad de convivencia en la mesa con otros desconocidos, algunos en peor situación, pero que comparten el plato con tortillas y las salsas que pasan entre manos.
Joselo es una de esas historias. Un joven nicaragüense al que una de tantas oleadas migratorias trajo a Tuxtla Gutiérrez, y que decidió sentarse con otros extraños en la explanada del parque Santo Domingo, para tener una cena decembrina en la calle.
Podría estar en peores condiciones, pero cuenta que en Tuxtla encontró algo de trabajo en la limpieza de las calles, y ya con eso pudo concretar un lugar donde dormir.
Fue al platicar con otros migrantes que se enteró de un comedor comunitario, y ahí le platicaron de la cena que ofrecerían al día siguiente.
“Estando aquí uno extraña muchas situaciones con la familia, los recuerdos están presentes, pero ayuda no estar solo, y saber que otros sentados aquí tenemos sueños, algunos muy parecidos”.
Joselo tiene a sus costados a otros dos migrantes, más tímidos y con más ganas de comer que de compartir su historia. En el otro extremo de la mesa un par de adultos mayores en situación de indigencia se intercambian señas con la esperanza de tener algo para comer esa noche.
Todos reciben una buena porción de la cena, un vaso con jamaica o café, y varios platos de tortillas. Mientras una voz femenina les recuerda que la cena dará pasó a la entrega de calzado y ropa, que recibieron como donativo de empresas y particulares.
Joselo sonríe cuando le acercan un par de zapatos y una frazada porque es lo más nuevo que ha tenido en mucho tiempo desde que comenzó su travesía por Chiapas rumbo a Estados Unidos, un país al que espera llegar para ver cómo es la nieve entre las manos, y qué tanto de la fantasía publicitada puede ser una realidad en su vida y ayudar a mejorarla. Después de todo tiene 23 años y un montón de sueños consigo para los que no necesita una maleta.










