A 24 años de la masacre

Letras Desnudas

Mario Caballero

 

Acteal: 24 años y contando

Hace 24 años, el escritor portugués José Saramago visitó el lugar donde se cometió uno de los crímenes más funestos de Chiapas y de puro milagro no salió de ahí con los zapatos manchados de sangre.

Estuvo en Acteal en marzo de 1998 acompañado por su amigo Carlos Monsiváis y de su editor mexicano Sealtiel Alatriste. Los supervivientes de la matanza le contaron todo tipo de detalles de la acción criminal más brutal y salvaje cometida por el gobierno mexicano. Lloró. A partir de ese momento se convirtió en uno de los personajes más comprometidos con la revolución zapatista y la causa de los pueblos originarios de Chiapas.

A su regreso a España publicó en La Revista del diario El Mundo un artículo titulado “Todos somos Chiapas”, en el cual narró las impresiones recogidas durante su viaje.

 

TODOS SOMOS CHIAPAS

El primer párrafo, dice: “He visto el horror. No el que hemos observado en lugares como Bosnia o Argelia. No. Éste es otro tipo de horror. Estuve en Acteal, en el mismo lugar de la matanza… escuchando a los supervivientes. Es difícil expresar lo que se siente cuando uno sabe que se encuentra con los pies sobre el mismo lugar donde hace tres meses asesinaron a estas personas”.

Acteal es una comunidad perteneciente al municipio de Chenalhó, ubicado en la región Altos de Chiapas, donde el 22 de diciembre de 1997 fue atacado un grupo de indígenas tzotziles de la organización Las Abejas mientras se encontraba orando en el interior de una pequeña iglesia protestante.

El ataque fue perpetrado por paramilitares supuestamente ligados al PRI, que ametralló a campesinos desarmados. De nada sirvió la mediación del sacerdote de esa localidad para impedir aquella locura. El clérigo terminó juntando a todos los feligreses que podían haber sido víctimas “para que muramos todos juntos”, dijo. Lamentablemente, 45 indígenas fueron asesinados ese día, incluidos niños y mujeres embarazadas.

“Si alguna vez hubo en la historia de la humanidad una guerra desigual, no la hubo nunca como ésta. Es una guerra de desprecio, de desprecio hacia los indígenas”, escribió Saramago.

Ciertamente fue una guerra desigual de la que las autoridades han querido hacernos creer que fue un enfrentamiento entre dos bandas indígenas facciosas, pero eso fue cierto.

Las personas asesinadas eran gente humilde, pacíficas, en condiciones de pobreza extrema y marginación. No tenían agua potable, energía eléctrica, ni servicios de salud. Desde 1993 se habían separado de los zapatistas y no estaban en condición de guerra ni confrontados con nadie. Eran hombres, mujeres y niños indefensos.

Por eso tratar de hacernos creer que eran personas agresivas y enemistadas es agregarles agravio a los muertos, es agregarle calumnia a la niña de dos años que quedó ciega durante el tiroteo y que pedía que le encendieran la luz. Fue agregarle infamia al niño Gerónimo Vázquez, de cuatro años de edad, al que los paramilitares le amputaron cuatro dedos de la mano.

Nunca existió un conflicto entre dos grupos indígenas, sino un evidente operativo de exterminio ejecutado por fuerzas criminales que supuestamente obedecían órdenes de la Presidencia de la República.

También descubrí otra realidad -dice Saramago-, la de un territorio ocupado militarmente. Un territorio donde los paramilitares y el Ejército son la uña y la carne juntas. Por una razón muy sencilla: de no ser así, los paramilitares no podrían haber hecho lo que hicieron y lo que siguen haciendo.

Ese lunes gris, noventa paramilitares rodearon una pequeña capilla donde 45 personas estaban terminando un ayuno de tres días. Los atacaron con metralletas AK-47 y fusiles M16, y ninguno de los agredidos pudo responder al ataque porque ninguno estaba armado. Así que huyeron del lugar como pudieron y muy pocos lograron salvarse.

A 200 metros del lugar había un retén militar, pero extrañamente nadie escuchó nada, ni las voces pidiendo auxilio ni el estruendo de las poderosas armas.

Todo fue confusión y terror. Los que lograron salir de la capilla fueron perseguidos por los paramilitares hasta sus chozas, donde murieron baleados. A algunos los torturaron antes de ser rociados con metralla. Decenas de cuerpos quedaron regados entre los matorrales, en el camino de tierra, junto a un árbol o a unos cuantos pasos de la iglesia. Todos tenían orificios de bala en el abdomen, en el pecho y unos presentaban el tiro de gracia.

Fue una carnicería en la que 21 mujeres quedaron tendidas en el polvo. Mientras sus hijos lloraban alrededor de ellas suplicando que despertaran. Sacudían sus cuerpos, les pegaban, les gritaban y… nada.

Quince niños también murieron, uno de ellos de tan sólo un año de edad.

 

DEJA QUE SE MATEN

“Acteal es un lugar de la memoria que no puede de ninguna manera desaparecer. Sabemos lo que ocurrió y no lo podemos olvidar”, aconsejaba José Saramago.

Y no, no podemos olvidar lo que sucedió. Por ejemplo, que el operativo duró siete horas y que éste se había planeado con varios meses de anticipación. Que durante todo ese tiempo el gobernador interino de Chiapas, Julio César Ruiz Ferro, estuvo enterado de su desarrollo y que se comunicaba por radio con el entonces presidente municipal de Chenalhó, Jacinto Arias Cruz.

Según testimonios que constan en el expediente de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos Cometidos en Acteal, los sobrevivientes señalan a Ruiz Ferro de ser el autor intelectual de la masacre junto con el expresidente de México, Ernesto Zedillo.

Por su parte, Diego Pérez Jiménez, en su momento presidente de la agrupación civil Las Abejas, dijo: “Sabemos que son ellos los que planearon esa masacre, pero hasta la fecha no se ha hecho justicia… Sabemos que los grupos paramilitares fueron organizados, acompañados con los militares que existen aquí en las comunidades… Sabemos que a los militares quienes les otorgan las armas son los funcionarios del gobierno”.

Tampoco podemos olvidar que el 19 de diciembre de 1997, Ruiz Ferro le dijo a Jacinto Arias: “Mi presidente, no te preocupes, deja que se maten, yo voy a mandar la seguridad pública para que levanten a los muertos”.

Tres días después, en efecto, el exgobernador mandó a levantar los cuerpos.

 

HISTORIA DE INJUSTICIAS

“El pueblo de México tiene que reclamar a su Gobierno una paz justa y digna. Yo no puedo, sólo soy un escritor extranjero acusado de injerencia. El pueblo mexicano no puede quedarse parado, dejando que los gobernantes lo decidan todo, hay que bajar a la calle… no estoy pidiendo un levantamiento sino simplemente que las consciencias se manifiesten… estoy pidiendo una insurrección moral, desarmada, étnica…”, escribió Saramago.

Esa insurrección moral simplemente no ha podido llevarse a cabo. ¿Cómo levantarla cuando el fracaso de las demandas de justicia es continuo? ¿Cómo sostenerla sin el apoyo de la sociedad civil? Además, ¿cuántos participan y quiénes la organizan? ¿Qué ha sucedido con las investigaciones después de más de dos décadas?

Lo que puede decirse luego de 24 años de la masacre, es que lo de Acteal es una larga historia de injusticias. Y mientras el caso siga en la memoria de los mexicanos y sin recibir justicia, Acteal seguirá siendo una causa federal y priista.

 

@_MarioCaballero

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