Antes de que caiga la noche

Antes de que caiga la noche

Ana Laura Romero Basurto

Marco Aurelio, el emperador filósofo, tenía una práctica diaria profundamente estoica: repasar cada noche sus pensamientos y confrontarse con una verdad ineludible: la vida es breve y puede terminar en cualquier momento.

 “¿Y si hoy fuera el último día?”, pero esa pregunta —tan simple como brutalmente honesta— atraviesa muchas de sus reflexiones. No como una amenaza, sino como un recordatorio: no dejar pendiente lo que importa. No vivir a medias. No relegar lo esencial.

Se dice que, durante una de sus campañas militares, en medio del fragor de la guerra, un mensajero llegó con una noticia devastadora: una de sus hijas se encontraba gravemente enferma. Marco no cayó en la desesperación, tampoco se ocultó tras una máscara de frialdad. Guardó silencio. Miró al cielo. Y escribió en sus Meditaciones:

“Si los dioses desean que parta antes que yo, no es crueldad, es orden natural.

Y si no es así, lo agradeceré como un regalo.”

No era indiferencia. Era aceptación profunda. No huía del dolor, lo miraba de frente, sin adornos. Porque entendía que la vida, en su forma más pura, viene sin garantías.

Esa es la sabiduría de quien ha comprendido que todo es transitorio: la dicha, el poder, la salud, el amor. Quien recuerda —no con tristeza, sino con lucidez— que el tiempo es frágil, aprende a no desperdiciarlo. A no vivir a medias. A no dejar sin decir lo que debe decirse. A no relegar lo importante tras lo urgente.

Inevitablemente, viene a mi mente la historia del director técnico Luis Enrique, figura de talla internacional que, desde otro rincón del mundo y de la vida, abrazó con dignidad una experiencia desgarradora: la pérdida de su hija Xana a una edad temprana. En medio de ese dolor inconmensurable, pronunció palabras que resuenan con la misma profundidad filosófica que las de Marco Aurelio: dijo que la vida de su hija había sido un regalo, que esos nueve años compartidos en este plano fueron un tesoro que agradecería por siempre.

No hubo amargura, ni reproche, ni negación. Solo la verdad más pura: que la vida es un bien frágil, breve y precioso. Que incluso en el dolor más agudo puede hallarse una forma de gratitud. Su testimonio —como el del emperador estoico— no es una negación del sufrimiento, sino una afirmación de lo esencial: vivir sin excesos, con un alma noble, no vulgar ni superficial, reconciliada con el tiempo, con la pérdida y con la fugacidad.

Ambos hombres, desde contextos tan distintos, convergen en la misma lección: quien entiende que nada le pertenece —ni el poder, ni los afectos, ni la permanencia— aprende a vivir sin demora, con propósito y con humildad.

Y esa misma conciencia es la que debería orientar a todo líder auténtico. Porque el liderazgo no se mide por el aplauso, sino por la consecuencia ética entre lo que se dice y lo que se hace. Gobernar con ética es asumir el tiempo como responsabilidad, no como ventaja. Es tener claro que el poder no es propiedad, sino encargo. Y que cada día cuenta —porque cada decisión toca vidas.

En ese sentido, el liderazgo del Dr. Eduardo Ramírez Aguilar encarna esta visión ética del servicio. Un liderazgo que no se deslumbra con el poder, sino que lo pone al servicio del pueblo. Que no posterga lo importante. Que entiende que no hay transformación verdadera sin integridad. Que asume, con humildad y firmeza, que la historia se escribe con actos, no con excusas.

Así es el ejercicio de gobierno del Dr. Eduardo Ramírez Aguilar. Con profunda conciencia del tiempo, de la historia y del deber, el gobernador ha asumido el servicio público no como un privilegio, sino como una responsabilidad ética ineludible. Su liderazgo no descansa en discursos vacíos, sino en acciones firmes orientadas al bienestar del pueblo de Chiapas.

Quienes somos servidores del pueblo y compartimos este tiempo con él —este momento irrepetible de transformación—, sabemos que no hay espacio para la distracción, el cinismo ni la espera pasiva. Como bien lo ha señalado el Dr. Eduardo Ramírez, gobernar con ética no es una opción: es una urgencia.

Fiscalizar, vigilar, corregir, actuar… no para figurar, sino para servir. Porque el tiempo también se agota para los pueblos, y cuando eso ocurre, la omisión no es un error: es una forma de traición.

Quizá hoy no sea el último día. Pero ¿y si lo fuera? ¿Estaríamos dejando un Estado más justo, más íntegro, más humano?

Porque gobernar —como vivir— es un acto de conciencia.

Y cuando uno ha comprendido que el tiempo no se repite, que las decisiones sí pesan y que la historia no perdona la indiferencia, entonces ya no hay espacio para la tibieza ni para la demora.

No se trata de temer a la muerte, sino de honrar la vida sirviendo con propósito cada día que nos es concedido.

Quizá hoy no sea el último día…

Pero que no nos falte nunca la valentía de actuar como si lo fuera.

Ahí comienza la verdadera rendición de cuentas: la que se hace frente al propio espejo, antes de que caiga la noche.

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