El Hipsterbóreo
Luis Fernando Bolaños Gordillo
Afirmar que el reggaetonero Bad Bunny es ya un símbolo de las izquierdas latinoamericanas por encarnar una figura contestataria y de resistencia afín al pensamiento bolivariano no es precisamente un acto autonómico por enmarcarse dentro de una de las principales manifestaciones globales del imperialismo yanqui: el Super Bowl.
De igual forma, sostener que el puertorriqueño invadió poco más de trece minutos el espacio mediático estadounidense para elevar ante más de 123 millones de espectadores un mensaje lleno de amor, paz y unión entre las naciones americanas, también es legitimar el poderío socioeconómico y cultural de esa nación cuyo aparato económico convierte todo en mercancía.
El asunto es mercadotécnico, no hay que soslayar que desde el año 2019 el espectáculo de medio tiempo ha sido protagonizado por Shakira y Jennifer López, The Weeknd, Dr. Dre y Snoop Dogg, Rihanna, Usher y Kendrick Lamar, representantes de la música negra o latina. La intención es dotar a ese espectáculo de un toque pluricultural que sirva para dar un sentido de presencia mediática a sectores históricamente golpeados por el neoliberalismo.
Muchos de los problemas comunes de América Latina como la migración, pobreza, desempleo, tráfico de personas o inseguridad no nacen precisamente ahí, son el resultado de las políticas de gobiernos populistas y represores incapaces de pensar en alternativas distintas al capitalismo. Encarar temporalmente a los Estados Unidos en un evento de tal magnitud es reconocerlo como un villano cinematográfico que, paradójicamente, envuelve el sueño de todo migrante.
Elevar a Bad Bunny a la categoría de resistencia sistémica por el performance desarrollado es, al fin y al cabo, otra forma de enaltecer el poderío del capitalismo que, mediante los algoritmos, la mercadotecnia, la publicidad y el branding, impone formas estandarizadas de consumo musical que generan miles de millones de dólares en ganancias. Este cantante encarna un populismo que explota la subjetividad de la gente que ha sufrido todo tipo de injusticias y que, paradójicamente, tiene un consumo mediático capitalista.
La hipervisibilización de este pintoresco personaje, fue una estrategia de los medios, plataformas y redes sociodigitales de alcance global para instituirlo como símbolo del empoderamiento de América Latina, de la reivindicación del idioma español y de la riqueza de la diversidad cultural de los países de esta región. Cantar en español para compartir una rebeldía a modo es fue una manifestación rancia de una cultura woke que perdió el rumbo.
El hecho de aparecer ante más de 123 millones de espectadores en el mundo fue promovido como un triunfo sobre el capitalismo, el racismo, el clasismo o la exclusión, pero lamentablemente lo que se visibilizó es el estado actual que guardan el consumismo, el conformismo, un sentido distorsionado del entretenimiento y, sobre todo, la consolidación de la podredumbre musical de un género que no es para nada emergente.
Bad Bunny fue posicionado como la voz de millones de latinos que han sufrido de carencia, desempleo, hostigamiento e injusticias de parte del imperialismo yanqui, pero su repertorio, lejos de ser contestatario, es síntoma de la superficialidad, banalidad y ausencia de talento musical. Paradójicamente, quien está siendo reconocido por plantarle cara a Donald Trump es, al fin y al cabo, un constructo del capitalismo.
Las narrativas que tuvieron un ir y venir interminable después de anunciarse que el puertorriqueño protagonizaría este espectáculo, apuntalaron a que esto no se trataría de un show más, sino de algo contestatario. En ese marco al que se le ha intentado dotar de infinidad de significados autonómicos, ondear la bandera de Puerto Rico fue interpretado como la lucha por la independencia de su pueblo, pero esto fue un acto guionizado para atrapar miradas que construyen la revolución desde el sofá de la sala.
Este acto, por supuesto, no supone ningún tipo de amenaza para el sistema capitalista, por el contrario, fue una forma de absorber la atención de millones de latinos, aumentar las ganancias económicas y los dividendos políticos. Guy Debord escribió que “el capitalismo consumista fagocita todas las experiencias humanas auténticas, las transforma en un producto consumible y nos las revende a través de la publicidad y los medios de comunicación. el sistema debe infundir necesidades manufacturadas y deseos prefabricados, que a su vez pueden satisfacerse dentro de la estructura de la tecnocracia”.
El super bowl fue convertido por poco más de trece minutos en el gran escenario de la anarquía y el interrogante es ¿por qué reconocer el poder latino en un evento capitalista? Los beneficiados de este evento fueron los medios y redes sociodigitales, así como las plataformas digitales; Bad Bunny es una mercancía exótica que encarna al fetichismo expuesto por Karl Marx. Parece que ahora al imperialismo se le enfrenta con música y no con resistencias de fondo.










