Choques en la globalización y una guerra

Bernat Riutort Serra

Cambio de marcha

Durante la segunda década del siglo XXI la crisis financiera y la ralentización económica del capitalismo global neoliberal financiarizado provocó en las economías occidentales un desigual “estancamiento secular” en los EE. UU y en la UE y una “crisis orgánica” social y política. Lo cual no comportó la emergencia de una alternativa de izquierda a la reproducción del sistema, por el contrario, los bucles neoliberales y neoconservadores reafirmaron su amplia hegemonía. Sin solución de continuidad, la irrupción de la pandemia del COVID-19 desencadenó una grave y extensa crisis de salud pública de alcance mundial que realimentó la crisis económica y social en los años veinte y veintiuno.

Después de varias olas víricas y de la masiva generalización de la vacunación en los países occidentales desarrollados, a medida que el año veintiuno avanzaba, los efectos víricos tornaban más leves. Cuando “parecía” que se podría encarar la reactivación económica estimulada por la gran liquidez aportada al sistema por los bancos centrales y los estados, con tipos de interés entorno cero y, el ahorro que, mientras tanto, al no poder gastarlo, se había acumulado en las cuentas de grandes segmentos de las “clases medias” y de sectores de mayor renta de los países desarrollados, supuestamente, se decía, estaban en disposición de estimular la recuperación económica, incrementando el consumo y la inversión, al tiempo que se auguraba el rápido retorno a la “normalización” social y política.

No obstante, la invasión militar de Ucrania por Rusia el 24 de febrero del veintidós desbordó el “cuadro” de la larga y estancada guerra del Dombas y provocó el enfrentamiento Rusia/Ucrania (-la OTAN) que trastocó por completo la esperada reactivación económica y la normalización social y política e incrementó la tensión político-militar hasta extremos difíciles de determinar. En los países occidentales, de inmediato, siguió una recesión y una rápida subida de la inflación, llegando al finalizar el verano a superar el diez por ciento de media. La respuesta de los bancos centrales fue la subida rápida de los tipos de interés, mientras ponían a disposición de Ucrania, a través de la OTAN, EE. UU y la UE, una inmensa cantidad de recursos económicos y militares, y activaban sucesivos paquetes de sanciones económicas contra Rusia. Entre tanto, los gravísimos acontecimientos ocurridos en la guerra entre las partes, han precipitado un fuerte enfrentamiento económico, político, tecnológico y militar.

Con anterioridad, paso a paso, se había ido gestado una disonancia en el sentido estratégico que occidente había otorgado a la dinámica de la globalización económica y al orden mundial, ambos dirigidos por los Estados Unidos, acompañados por el mundo anglosajón y por la Unión Europea, y la nueva realidad que estaba tomando forma en la vasta área euroasiática, en China, Rusia, la India, Kazajistán, Kirguistán, Turkmenistán, Uzbekistán, Pakistán, Irán o Turquía, con sus ondas resonando cada vez más fuerte en Indonesia, Vietnam, incluso en Arabia Saudita… Lentamente, se había desarrollado una dinámica divergente entre dichas áreas que en los últimos años de la pasada década emergía como una realidad que pugnaba por reconfigurar la globalización y el orden mundial.

De pronto, espoleadas por la guerra de Ucrania, jugando de catalizador, aparecían más y más tensiones y se adoptaban decisiones que polarizaban las posiciones; entre Ucrania y Rusia, entre Rusia y Estados Unidos, entre Rusia y la Unión Europea, entre Rusia y el Reino Unido, entre Rusia y Polonia, entre Estados Unidos y China, entre China y Taiwán, entre Corea del Norte y Corea del Sur, entre Armenia y Azerbaiyán, entre Polonia y Alemania, entre Turquía y Grecia, entre Turquía y el Kurdistán sirio, entre Italia y Francia, entre la UE y Hungría, entre Irán y occidente, entre Serbia y Kosovo, entre Israel y los palestinos … Las relaciones económicas y políticas en la globalización y el orden mundial establecido en el que se asentaban, entraban en una vía de colisión geoeconómica y geoestratégica dibujándose colateralmente dos bloques; uno más definido, el occidental, que se ha reagrupado y disciplinado en torno a EE.UU. aunque con muchas contradicciones internas; y otro más extenso y en crecimiento cuya articulación es, no obstante, más difusa e inmadura, cuyos anclajes se vinculan trasversalmente en torno a Rusia, China y la India[5]…

Dada la conjunción de problemas y de conflictos en torno a la globalización económica y a la guerra, respectivamente, los acontecimientos se han precipitado con gran rapidez activando conflictos y cambios largamente gestados. Sus dinámicas han adquirido dimensión global sin que pueda adivinarse aún que “sentido” van a tomar. Las acciones de los distintos agentes que intervienen en la misma y las graves consecuencias y contradicciones asociadas, generan movimientos tectónicos y anticipan cambios estructurales.

Estamos experimentando una crisis y un cambio en la conformación de la globalización y en el orden mundial que hemos conocido hasta ahora. No se trata tanto de una desglobalización, sino de una crisis y de un cambio en la globalización y en las relaciones de poder mundial. Los criterios hasta ahora disponibles en las narrativas hegemónicas occidentales para caracterizarlos han sido sobrepasados, no son suficientemente comprensivos para interpretar el conjunto cambiante de la realidad global, económica, social, cultural, tecnológica y política. Es preciso articular nuevas intuiciones en torno a dicho acontecer, a sus cambios, a los conflictos y a sus consecuencias, elaborarlas, contrastarlas y proponer respuestas.

La complejidad, la extensión y la proyección de las dinámicas tectónicas en movimiento entre áreas geoeconómicas y geoestratégicas y la intensidad y la peligrosidad de los conflictos que se han activado aconsejan acudir a la que Aristóteles consideraba la principal virtud de la política, la prudencia, e institucionalizar principios de precaución promoviendo acuerdos multilaterales de contención. No se trata de que estemos en condiciones de solucionar las disonancias y los conflictos en juego, con múltiples escenarios posibles, cuyo alcance es difícil de delimitar. Estas “soluciones”, si se dan, serán fruto de un proceso largo, incierto y peligroso. Se trata de pautar y acomodar los movimientos de las distintas partes para que no entren en una vía de colisión irreversible y de establecer foros en los cuales se puedan tratar los antagonismos y acordar compromisos que aminoren y neutralicen el enfrentamiento.

Sin la construcción por las partes enfrentadas de tales pautas, acomodos, foros y compromisos de contención, focos calientes como la guerra de Ucrania o la potencial guerra de Taiwán, entre otras, no tienen una solución pacífica hasta que un bando gane la guerra al otro, lo que, dada la escalada que significaría y la capacidad de destrucción masiva de cada uno de los contendientes, se antoja catastrófico para todos. Ambos bandos son conscientes de tal posibilidad, no obstante, parecen impelidos al enfrentamiento de poder hasta que uno de los contendientes desfallezca, si esta dinámica se impone el riesgo de conflagración nuclear no se puede, ni se debe, descartar.

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